- Tu sonrisa te va a delatar. Al fin y al cabo que no lleve ropa interior, no se nota, pero esa risita tonta...
Fuera ya no se oye ningún ruido, es tarde y la oficina está casi vacia, pero no podemos fiarnos. La redacción de un periodico no cierra nunca, y siempre puede aparecer alguien en el momento más inoportuno.
Eso no ha impedido este estallido de pasión descontrolada y absolutamente inesperada. Para los dos.
Te vuelves a pintar los labios, y es una buena idea, así parecerá que aqui no ha pasado nada. Pero ha pasado mucho más de lo que nunca hubiera imaginado, y los dos lo sabemos.
- Esta bien así? me preguntas.
- Preciosa. Te contesto. Un mohin, y dejas un beso en mis labios con la punta de tus dedos. Antes de salir, sin mirarme, vuelves a levantarte la falda, dejándome ver ese culo que tanto me gusta tener entre ms manos. En el último momento, te giras, dejas caer la falda, me giñas un ojo y sales pisando fuerte de la sala de fotocopias.
Menos mal. no habría podido mantenerme digno mucho tiempo más.
Todavía me cuesta controlar los latidos de mi corazón. Desde luego ha sido toda una sorpresa que después de todo un mes cubriendo las aburridas sesiones de los señores parlamentarios, te hayas acercado al despacho cuando ya estabamos terminando el número especial y te hayas sentado en el borde de mi mesa, con aires de tener un secreto que contar.
- Creo que deberías prestarle atención a esto, me has dicho. Y me has dejado una carpeta roja encima de las rodillas, mientras te sentabas en la mesa al lado del raton y tu falda se subia por tus muslos hasta límites poco habituales.
He tenido que , para disimular un poquito, desviar la mirada de tus piernas hacia la carpeta, pero he podido ver una sonrisa curiosa en tu cara. Al abrir la carpeta, casi me caigo de la silla: unas preciosas braguitas de encaje negras cuidadosamente dobladas estaban encima de unos cuantos documentos.
Al levantar mi mirada, asombrada por supuesto, pude ver tu sonrisa pícara, sin disimulos. No ha hecho falta decir nada, tan solo miraste hacia abajo y al acompañar tu mirada vi como separabas lentamente las piernas, dejándome descubrir mucho más que unas sombras inciertas. Tu pubis, con un leve trazo de vello rubio, se mostraba ante mí más que atenta mirada.
Supongo que se me quedó cara de merluzo, no me lo esperaba. Te has quitado las gafas, dejándolas en mi escritorio, me has cogido de la mandibula y acercándote me has preguntado si no deberíamos fotocopiar esos documentos.
Estaba claro que la palabra No,se había borrado de mi vocabulario. Me levanté y al hacerlo pude comprobar el color dorado de tu vello, tuve el atrevimiento de apoyar mi mano en tu muslo, mucho más arriba de lo que sería normal. Y sonreiste.
Bajaste de un salto de mi mesa, y me hiciste a un lado. El mensaje estaba claro: sabes que no llevo nada debajo de esta falda, sufre viendo como se mueven mis muslos y mi culo hasta que lleguemos a la fotocopiadora. Que, por cierto esta al otro lado de la redacción.
Dos paradas, en dos mesas. Dos conversaciones intrascendentes y un millón de miradas a su culo después, llegamos a la puerta del cuartito inmundo, hasta el momento, tan odiado. Era una habitación pequeñísima donde habián incrustado, literalmente, dos fotocopiadoras de la edad de piedra, que hacián tanto ruido y generaban tanto calor, que siempre había que hacer las fotocopias con la puerta cerrada para no molestar. Nunca había caido en la cuenta de que ese inconveniente pudiera, algún día, ser tan interesante.
Al llegar has frenado de golpe y no he podido evitar chocar contigo, el paseo entre las mesas de la redaccion, al compas de tus caderas había logrado ponerme lo suficientemente eufórico como para que lo pudieras notar a través de la tela. Un ligero movimiento de tus caderas, como acoplandote a mi sexo, me ha hecho pensar que te gustaba. Has abierto la puerta. Sin concesiones a la galantería ni a las buenas formas y costumbres, te he cogido el culo en cuanto he cerrado la puerta. Atraida hacia mí, cogiendo tu nuca y tu culo he bebido de tus labios como si no hubiera mañana. Tu no te has quedado quieta, me has atraido hacia ti, vientre contra vientre, tu pecho contra el mio, con ganas de comerme, y yo con ganas de dejarme comer.
Tu pintalabios ha durado muy poco, besado, lamido y mordido no ha aguantado ni un minuto. Tampoco los botones de tu blusa, que me he apresurado a desabrochar. No se, no me he dado cuenta, de cuando me has quitado el polo naranja que llevaba, pero en un instante tenías la pierna derecha subida hasta mi cintura el sujetador desabrochado y a mi lengua recorriendo tus pezones, duros y expectantes.
Un instante, tan solo me he permitido parar un instante, para cogerte del cuello, tirar tu cabeza hacia detras y subir lentamente con mi lengua desde tu pecho izquierdo hasta detras de tu oreja, mientras tu ronroneabas, dejándote hacer. Un segundo después, mis dedos recorrian tus muslos hacia arriba buscando el centro de tu universo. Me he deleitado acariciando esa pequeña sombra de pelo que has dejado arriba de tu sexo, pero tu urgencia era grande y en un habil movimiento de cadera me has indicado donde debía hurgar. Primero despacio, y luego más deprisa. Ganando intensidad conforme tu ganabas humedad. Un dedo y luego dos se han deleitado explorandote y cuando he notado que ya estabas lo suficientemente excitada, me he dejado de tonterías y me he dedicado, en cuerpo y alma, a acariciar tu clítoris.
Tu respiración ha ido cambiado, tus movimientos se han hecho más bruscos, más urgentes...el mundo, de repente, ha dejado de girar para los dos. Me has mordido en el cuello, al principio fuerte, pero conforme alcanzabas el orgasmo, conforme tu cuerpo se abandonaba y te diluias entre mis dedos, has ido aflojando la presión en busca de aire que respirar. Un gruñido sordo y profundo me ha dicho que te dejabas llevar, que la pequeña muerte llegaba y te he sujetado fuerte, atrayendote hacía mi y evitando que cayeras. Tu cuerpo se ha estremecido y después de los estremecimientos, me has cogido la mano, indicandome que parara. No me has dicho que quitara los dedos, simplemente has susurrado "para". No nos hemos movido de esa posición, tu respiración ha tardado unos minutos en regularizarse y al moverte has liberado mi mano que estaba empezando a quedarse dormida, atrapada entre tus muslos. No he podido evitarlo. Me encanta chupar esos dedos que habian estado dentro de tí. Me has mirado y has sonreido. Después te has acercado muy despacio, me has puesto tu mano en mi mejilla y me has dado el beso más dulce, largo, intenso y sincero que me han dado jamás. Y un abrazo inmenso. Tus ojos brillaban.
Un ruido, al otro lado de la puerta, nos ha devuelto a la realidad. Yo me he puesto el polo, tu te has colocado el sujetador, te has alisado la blusa y te has bajado la falda a la velocidad del rayo. Era una falsa alarma, pero estaba claro que no podíamos seguir allí.
Has cogido el boli y me has apuntado una dirección en la mano.
- Veinte minutos. Si vienes en moto, quince. Quedamos en una hora? Me has preguntado sonriendo.
- LLevo algo para cenar?. Te he preguntado.
- Ya improvisaremos algo para cenar. No te preocupes.
Todavía me tiemblan las piernas, tengo que acabar la crónica de mañana y tengo poco tiempo. Encima se ha marchado y me ha dejado la carpeta roja a mi. Al llegar a mi mesa, me he encontrado sus gafas encima del teclado, y no he podido evitar esa sonrisa boba.
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