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domingo, 11 de noviembre de 2018

De vez en cuando...

Pienso.
Lo malo es que esos instantes de lucidez (o locura, según se mire) me suelen dar en sitios poco amables con lo de escribir, la ducha, el baño...

Entonces surgen las duchas de minuto o las prisas mientras anoto las ideas básicas sobre esa idea maravillosamente loca.

Y todo porque los zumos de Naranja se han de tomar recién exprimidos, porque si no, como muy bien dicen todas las madres del mundo antes de soltar su colleja voladora: "se les van las vitaminas".

De ahí a reflexionar sobre las esperanzas y la ilusiones... solo hay unas gotas de gel y algo de agua caliente.

Porque no son lo mismo.
Para nada.

Esperanza, etimológicamente hablando, viene de esperar. De no ejercer acción alguna, de la pasividad del no hacer nada y "esperar" a que algo suceda. En cierto sentido podría ser considerado una parte de la estrategia de nuestras vidas. Tenemos esperanzas de que algunas cosas sucedan pero las vemos tan lejanas, tan grandes que no podemos hacer nada por alcanzarlas.

Pero la vida no solo requiere de estrategia sino también de estrategia. Y ahí es donde entran las ilusiones. Las primas revoltosas de las esperanzas... Las que implican una acción, un hacer para que se conviertan en realidades, las que necesitan de la motivación para fabricarlas y de la determinación para ejecutarlas.
Las esperanzas llegarán, quizás; las ilusiones hay que hacérselas.

Así, después de la ducha rapida llego a la conclusión de que una esperanza no es más que una ilusión cansada o lo que es lo mismo, que las ilusiones hay que tomarlas recién hechas, si no, como al zumo de naranja, se le van todas las vitaminas y, al final, devienen en esperanzas. Eso si, las esperanzas toleran muy bien el congelador... esperando el día en que sean descongeladas.




martes, 14 de octubre de 2014

Cenicienta


Cenicienta va descalza. Yo llevo sus tacones en una mano, mientras ella camina sin zapatos, despeinada, con las medias rotas y sin apenas carmín en los labios. Lleva el rimmel corrido pero una enorme sonrisa hace brillar sus preciosos ojos de felicidad.

Está jodidamente hermosa. Radiante. Y se cuelga de mi brazo mientras un nuevo sol pugna con los viejos neones y las panaderías empiezan a oler a croissant…

Podría haber puesto aquella foto que nos hicimos frente a un escaparte de moda, pero prefiero que la imaginación os permita disfrutar de aquella sonrisa increíble…
[R]

sábado, 29 de marzo de 2014

Vértigo

- Espera, no cierres, por favor!!!
El grito llega justo a tiempo. Pongo la mano en la célula fotoeléctrica y las puertas del ascensor vuelven a abrirse.
- Gracias - me dice una sofocada desconocida-. Creía que no llegaba, no es fácil correr con taconazos y esta falda tan estrecha...

Estrecho si. De pronto la caja del ascensor se convierte en un espacio muy pequeño. Ella no es muy alta, uno sesenta y algo, más o menos. Morena, melena rizada, vestido negro con la falda por la rodilla, taconazos y medias negras. Un pañuelo tapando estratégicamente su generoso escote; labios rojos y sensuales, manos pequeñas con las uñas cuidadas y pintadas del mismo color que los labios. Unos discretos pendientes, un bolso de marca y un buen reloj completan su atuendo.
- ¡Oye! - Su voz me devuelve a la realidad después de la radiografía - ¿Estas sordo? ¿Me puedes decir a que piso vas, por favor?

Está muy guapa con el ceño fruncido, pero su gesto de enfado me sugiere que conteste rápidamente.
- Discúlpame, no te había oido. Voy al último piso - le contesto educadamente, esperando que no se me haya notado mucho el rápido repaso que le he dado a su aspecto.
- Menos mal que has despertado... - me contesta, mirándome de reojo y con cara de pensar que, seguramente estoy un poco atontado, lo cual me provoca una media sonrisa.

Ella pulsa el botón del último piso de la Torre: el 65, y me da, orgullosa, la espalda dejándome sin saberlo que acabe de componer completa, su imagen. El ascensor cierra las puertas y empezamos a subir los dos solos hasta el último piso de la torre más alta de la ciudad. Ella sigue de espaldas mirando fijamente las paredes de cristal muy concentrada en su enfado. De pronto se gira y me pregunta a bocajarro:
- Oye... Porqué las paredes son de cristaaaaaaaallllllllll????

Un grito inhumano ha salido de su garganta, cortando la pregunta que estaba haciéndome. Parece mentira que un cuerpo tan menudo pueda tener esa potencia vocal - pienso - ¡Me ha dejado sordo!. Y eso no es todo, de un salto se ha agarrado a mi brazo y está clavándome las uñas con todas sus ganas.
- Auuuuu! - Ahora soy yo el que grita, pero parece que mi grito no le afecta lo más mínimo - ¿Pero que te pasa?
- Ascensor. Cristal. Subir... ¡Vértigo! - acierta a gritarme, mirándome fijamente aterrorizada.

Miro a mi alrededor y entonces la entiendo: el ascensor va por la planta tres y desde ese piso hasta el 65 es exterior. Un minúsculo prisma de cristal subiendo lentamente pensado para que se puedan admirar las vistas de la ciudad. Una delicia para cualquier persona... salvo que sufra de vértigo.
- ¿No sabias que era un ascensor panorámico? - le pregunto, a la vez que aprovecho para acercarme un poco más a su cuerpo, que tiembla como una hoja - Se construyó precisamente para eso, para disfrutar del paisaje. Precisamente ahora al atardecer, es cuando las vistas son más bonitas. Mira - le sugiero.
- No. Por favor - me ruega, mientras entierra su cara en mi pecho - no me hagas mirar. Sufro de vértigo y para mi es horrorosa esta situación. ¿Por qué piso vamos? - me pregunta mirándome directamente. Y puedo ver el terror pintado en el fondo de sus preciosos ojos verdes
- Piso 10 - contesto. Y se estremece. - Todavía faltan más de 50 pero todo está bien - le digo intentando transmitirle seguridad. A la vez que le paso mi brazo libre por encima del hombro, quedando así estrechamente abrazados y puedo comprobar que huele muy, muy bien. - Venga mujer, tranquila, que este ascensor es completamente seguro. Lo sé bien, porque es un diseño mio.

Al escucharme decir eso, sus ojos se convierten en dos estrechas ranuras que destilan un inmenso odio hacia mi persona, me temo.
- No se puede decir que sepas como tranquilizar a una chica en estas situaciones - me contesta con voz enfadada - al subir a este odioso ascensor me has parecido un pelín atontado y ahora, en medio de un ataque de pánico, ¿solo se te ocurre decirme que esta trampa mortal, la has diseñado tú?... te estás cubriendo de gloria chaval.
- Pero, lo he conseguido ¿Ves? - le contesto sonriendo. Sin soltarla del abrazo, claro. Me gusta sentir su calor. Al acercarse tanto, al estrecharse contra mí la profundidad de su escote ha adquirido dimensiones verdaderamente peligrosas... Un abismo tentador que me encantaría explorar despacio. Puedo notar su respiración agitada contra mi pecho y eso me excita todavía un poco más. Mi mano libre ha recorrido su espalda, suavemente, notando los finos tirantes de su ropa interior. Son dos hilos finos, lo que me lleva a imaginar puntillas delicadas y sutiles... y eso sigue excitándome un poco más. Me temo que de un momento a otro y dada la cercanía de nuestros cuerpos va a ser imposible disimular mi incipiente erección. Y este ascensor panorámico no se caracteriza por su rapidez...
- ¿Qué has conseguido? - me replica, todavía enfadada pero un poco más interesada. Ha relajado la presión sobre mi brazo, sin embargo sigue muy cerca y no rechaza mi estrecho abrazo. Me mira fijamente, muy seria. Y esta preciosa, tentadora.
- He conseguido distraer, un poco, tu atención y hemos avanzado hasta el piso quince. Al volcar toda esa ira sobre mi te has relajado y has olvidado tu problema. Ahora me miras de otra forma, creo que ya no te parezco tan atontado. He captado tu atención y, a partir de ahora, quiero que te relajes y te concentres solo en mi voz - mientras le cuento eso, mi mano ha ido bajando estratégicamente por su espalda hacia territorios más emocionantes...
- Vale. Si. Es cierto... Pero como no quites de inmediato tu mano de mi culo, por mucho vértigo que tenga, la hostia que te vas a llevar va a hacer temblar este ascensor. ¡Listillo!.
- Ja, ja,ja... - su mirada furiosa y el tono de sus palabras me han hecho reír, y subir la mano. Pero no he relajado el abrazo - De acuerdo me has pillado, pero tan solo era para distraerte otra vez. ¿No te das cuenta?, cada vez que consigo distraerte, han pasado varios pisos...

Sus ojos me dicen que no está segura de si lo que le estoy contando es una milonga o si, efectivamente, mis trucos funcionan. Ya vamos casi por la mitad del camino y quizá el darse cuenta de ese detalle le ayuda a relajarse un poco.
- Bueno - admite a regañadientes - quizá tengas razón. Y que esto del vértigo tan solo necesite distracción para que lleguemos arriba, pero como se te ocurra...
No la he dejado terminar. Para reñirme con convicción ha tenido que mirar hacia arriba, a la cara directamente y no he podido resistirme... Tan solo he tenido que bajar un poco la cara, sus labios son suaves y tentadores. El primer beso es un poco brusco, pero poco a poco se va relajando, sorprendentemente no me ha rechazado, más bien todo lo contrario, y me deja hacer. Me la he jugado a una carta y me ha salido el as. Estaba tan cerca, tan frágil y tentadora, que no tenía elección... Me separo un poco y veo que ha cerrado los ojos.
- ¡Funciona! - le digo suavemente - Ves como mi...
- ¡Cállate y bésame, tonto! - Me replica, rápidamente, sin abrir los ojos. Acercando su cuerpo al mío un poco más - necesito distraerme. Me gusta como besas y como hueles...

Sus deseos son órdenes, pienso, mientras la estrecho un poco más entre mis brazos, notando como su cuerpo se relaja poco a poco, beso a beso... Sus brazos me han rodeado el cuello y una pierna se mete entre las mías subiendo lentamente. A estas alturas (nunca mejor dicho) mi erección es más que considerable e inevitablemente, su rodilla roza mi parte más sensible... y compruebo como es capaz de sonreír mientras me besa.
- Puedo comprobar que no te afecta el mal de altura - me dice mientras me mordisquea el labio inferior, sonriendo traviesa - me gusta lo que noto a través del pantalón.
- A mi me encanta lo que noto a través de tu falda - le contesto, acariciando su espléndido trasero.
- Al final va a resultar interesante este viaje - me replica, susurrando mientras muerde suavemente mi oreja y me acaricia la nuca.
- ¿También vas a la fiesta? - le pregunto, bajando mis labios por su cuello, en dirección sur, hacia su escote.
- Si. Pero, recuerda que debes mantenerme distraída. ¿Cuántos pisos quedan? - pregunta, mirándome fijamente a los ojos comprobando mi reacción, mientras libera mi brazo y con la palma de su mano, me acaricia por encima del pantalón, mientras echa ligeramente el cuello hacia detrás aceptando mis besos explorando su escote.
- Piso 40. ¿Ves? Mi táctica funciona - le digo acariciando su pecho por encima de la tela del vestido.
- Y la mía, también. No queda nada para llegar, ¿verdad?...
- Muy poco -le contesto. Justo antes de coger su nuca y atraer sus labios otra vez hacia los míos dispuesto a ponernos azules por la falta de oxigeno. Un beso de los de película, que ella se esmera en replicar. Las lenguas buscándose en una danza frenética. Los dientes aplicándose en mezclar placer con la dosis justa de dolor.

Su cuerpo reacciona de manera involuntaria, me aprieta contra el cristal del ascensor, su sexo contra el mió. La respiración cada vez más acelerada y el ascensor casi llegando a su destino. De repente, ella se aparta, volviéndome a coger del brazo para no caer. Me mira muy seria y se inclina. Por un instante se suelta de mi, se mete la mano por debajo de la falda y empieza a estirar moviendo las caderas. Un pequeño tanga negro, asoma por el borde inferior de su falda. Piso 58. Levanta un pie, luego el otro. Y me pone el minúsculo trozo de tela delante de la cara.
- ¿Lo ves? - me pregunta sonriendo maliciosa. Mientras me abraza fuerte de nuevo. No puede ver a su alrededor y se concentra en mirarme fijamente a los ojos.
- Casi no. Es muy pequeño y de un precioso encaje. - le contesto sorprendido, mientras de reojo miro el panel de control: piso 60.
- Muy gracioso - replica con un mohín - toma - me dice muy seria, mientras mete el tanga en el bolsillo de mi americana - al terminar la fiesta, te espero en la puerta del ascensor, ya que te necesito para volver a bajar. Pero dado que te gusta jugar, he pensado que voy a jugar un poco contigo.
Me vas a ver en la fiesta, pero te prohíbo acercarte, o soy capaz de bajar andando. Me podrás mirar, me escucharás reír, olerás mi perfume. Cuando estés distraído, pasare cerca para recordarte con el movimiento de mis caderas que te estoy esperando mojada, excitada, y no llevo nada... - y mientras se me insinúa, coge mi mano y la acerca a su sexo por encima de la tela - vas a sufrir durante toda la fiesta sabiendo lo que sabes pero sin poder tocarme - me dice antes de soltar mi mano.

Piso 65. ¡Pling¡. La campanilla nos avisa de que el ascensor ha llegado al final del trayecto. Justo antes de que se abran las puertas del ascensor, ella me acaricia suavemente la mejilla, empujando mi mandíbula inferior con un dedo para ayudarme a cerrar la boca. Se alisa la falda y en unos de esos movimientos tan femeninos se atusa el pelo y recoge su bolso del suelo. Suelta mi brazo y justo antes de salir, se gira un instante para ponerse la mano en el culo y decirme:
- Empieza el juego. Recuerda cual es el premio... ¡Hasta luego listillo!.

Al abrirse las puertas, la música, el humo y el ruido de la fiesta inundan el pequeño cubo de cristal. Ella sale rápidamente, antes de que entren dos parejas en el ascensor.
- ¿Vas a bajar? - me preguntan.
- ¿Eh?, no, no. Quiero salir, por favor - les contesto distraído, mientras meto la mano en el bolsillo de la americana rozando el delicado encaje, acariciándolo, enredando el dedo en el hilo, como si fuese un amuleto y salgo justo un segundo antes de que se empiecen a cerrar las puertas.

Todo lo que sube, tiene que bajar - me digo a mi mismo en voz baja, mientras, al fondo del pasillo, puedo observar un precioso culo que se aleja, insinuante, hacia la fiesta...

 

Comentarios:

Nicolás A. dijo

Hola, Ricardo:
Soy Nico de Valencia. Nos conocimos en la cafetería del parque hará un par de semanas. No encuentro tu email (pensaba que lo tenía apuntado), así que te dejo mi web: http://tengaustedbuendia.wordpress.com/
Espero que coincidamos de nuevo en breve y en persona :-)
Me ha gustado mucho tu relato (también el anterior). Tiene el punto justo de picante y un buen ritmo.
Un abrazo,
Nico

malvarrosa dijo

He disfrutado muchisimo con este relato.
Gracias por compartir tu ingenio, y haceme reir,soñar....
Sigue contando historias...
Un beso.
 

martes, 24 de diciembre de 2013

50 Palabras.

A uno le gusta escribir... pero, que caramba, le gusta mucho más que le publiquen. He tenido la inmensa suerte de que la web de relatos breves 50Palabras me publicara un relato en pasado 19/12/13 (los debí de pillar flojitos)...
Espero que os guste:

PLEGARIA.


Estoy hablando y bromeando con todos mientras rezo en silencio para que te acerques ya. 
Sabes que te observo y cuando noto tu mano rozándome por casualidad, se me eriza el pelo de la nuca. Sonríes y el tiempo se para, anticipando lo que sucederá, cuando todos se hayan ido.



 
(ver en la web de 50 Palabras: aquí )

martes, 2 de abril de 2013

Estrellas fugaces.

Soy incapaz de pensar, solo puedo agarrarme a su pelo. Esa lengua suya me vuelve loco. No puedo hacer más que mirar su nuca mientras ella se afana en morder, lamer y acariciarme con su boca. La veo con las piernas abiertas, sus vaqueros y sus botas. Una camiseta gris ajustada pero que me deja meter la mano por la espalda buscando acariciar su piel, en un vano intento devolverle una mínima parte del placer que ella me está dando ahora.

-Hoy te toca sufrir a ti - me dice sonriendo mientras me lame despacio, de abajo arriba.
Parece increíble lo que es capaz de hacer. Y yo que presumía de experto en la materia, de necesitar solo mi lengua para hacer feliz a cualquier mujer (y no estoy hablando de charlar)... Pues vaya repaso me están dando... Se para... Un segundo. Uf!. Se aparta, me mira sonriendo mientras se relame. Me agarra con fuerza y me muerde justo ahí donde sabe que mas me gusta... Mientras juega con sus uñas y mi piel, haciéndome arquear la espalda. Yo, tan solo soy capaz de agarrarme de sus hombros o de acariciar su cara.

Esa cara que me ha saludado alegre, antes de invitarme a sentarme al otro lado de la mesa y levantarse, andando muy despacio hacia donde yo estaba, dejando que admirara que bien le quedaban esos vaqueros y como se movía, tentador, ese collar sobre su pecho. Lo que ya no soy capaz de recordad es como he terminado sentado en la mesa, justo enfrente de ella, ni como ha sido tan hábil de bajar la cremallera, meter su mano y empezar a jugar conmigo. Ha sido todo tan rápido... Y luego tan lento. Ahora estoy a punto. Ella lo sabe, se relame... Y apoyando una mano en mi pecho me deja acariciar el suyo mientras procede a un ultimo asalto, porque esta segura de que no podré resistir sus embates mucho mas tiempo. Esa lengua...

Llega un momento que veo pasar estrellas fugaces en el techo de su despacho cuando consigue que llegue a gemir, olvidándome de todo.


Photo vía underview

jueves, 21 de febrero de 2013

Regálame un vestido de palabras ( #HistoriasdeBar )

Puedes encontrarte con muchos regalos en esta vida, pero pocos pueden superar el encontrarte con personas con las que conectas con solo una mirada, o unas frases lanzadas al azar. Así  ha ocurrido con  @anitaideas [ blog ].  Sin su ayuda, su complicidad y sus collejas, no hubiera sido posible escribir este relato a 4 manos. Esperamos, sinceramente, que os guste.

Regálame un vestido de palabras.


Recién puesta la terraza y ya está hecha un asco, ¡qué ganas tengo de que acaben las obras del Parking de al lado!... No hago más que sacar las mesas y ya tengo que estar limpiándolas otra vez. Mientras yo le doy a la bayeta veo, por el rabillo del ojo, cómo se acerca Luis por la acera de enfrente, tan arreglado como siempre, de buena mañana. Me saluda con la mano y mirando a los dos lados, cruza la calle corriendo, directo hacia mi.

- ¡Buenos días, guapísima! - me saluda muy contento, a la vez que me planta dos besos, algo inaudito en él.
-¿Me puedes hacer un favor muy grande? - me pregunta casi sin aire después de la carrera.
- Hombre, si es fácil - le contesto, riendo.
- Muy fácil. Mira, cuando venga María dentro de un rato, le das este sobre. ¿De acuerdo? - me interroga con la mirada, para estar seguro de que lo había entendido.
- Pues sí que es fácil. ¡Cuenta con ello! - le contesto, cogiendo un pequeño sobre marrón que me pasa con las dos manos, como si su contenido fuera algo muy importante y valioso.
- Muchas gracias por el favor. De verdad. Te debo una - me dice, mientras se gira y comienza a alejarse sonriendo.
- ¡Oye! - le grito mientras se marcha - ¿Hoy no desayunas?
- Hoy no, gracias ¡Tengo prisa! - me contesta mientras vuelve a cruzar la calle corriendo.

Y allí me deja. Plantada en la acera con la terraza a medio montar y el sobre en la mano recordando, con una sonrisilla pintada en la boca, un par de magdalenas de chocolate que empezaron una hermosa historia hace unas semanas en el bar. Por desgracia, en este trabajo no hay mucho tiempo para pensar, porque enseguida llegarán a almorzar los trabajadores de la obra y será el caos. El tiempo pasa muy deprisa y cuando me doy cuenta de la hora que es, se me ha pasado la mañana.
A eso de las dos, justo cuando había salido a no fumar (no fumo, pero sí que me suelo tomar un respiro) veo llegar a María. Está guapísima con un vestido largo de verano y el pelo recién cortado de peluquería. Las uñas cuidadas y pintadas de color vino, un poco de colorete y un leve toque de brillo en sus labios. Menuda diferencia con la sombra de mujer que pedía las copas de anís de buena mañana hace poco más de un mes. No hay mejor medicina que la ilusión, para un corazón malherido, pensé.

Al verme sonríe y me pregunta:
- ¿Has visto a Luis?
- ¿A Luis? - le contesto mirándola extrañada - Si chica, ¡qué despistada estoy! Disculpa. Vino esta mañana por aquí.
- ¿Esta mañana? - me replica un poco contrariada - ¿Y entonces... no está aquí, ahora, esperándome?
- No. Vino esta mañana temprano y se fue sin desayunar - le contesté.
María, defraudada, se queda de pie delante de mí en medio de la acera. Sospecho que ella esperaba encontrarse con Luis en el bar. Al verle la carita de pena, de repente me acuerdo:
- ¡Calla! - le digo, golpeándome la frente - Me dejó un sobre para ti. ¡Qué despistada estoy! Espera y te lo acerco.
- Vaya. ¡Gracias! - me contesta María, todavía un poco confundida.
Entro rápido en la barra a por el sobre marrón que había dejado esta mañana en la caja y al salir me la encuentro con los brazos cruzados. Esperando. Mi instinto me dice que el hecho de que no esté Luis, la ha decepcionado.
- Toma - le digo dándole el pequeño sobre marrón.
- Gracias - me contesta mientras se gira ligeramente para abrir el sobre, apartándose un paso hacia la calzada, buscando un poco de intimidad cerca de un árbol.

A pesar de su maniobra, me doy cuenta de que le ha cambiado la cara al leer la carta que había dentro del sobre. Se ha girado hacía mi sonriendo de oreja a oreja, me ha dado las gracias justo antes de salir disparada a coger un taxi que, en ese momento, pasaba por delante. Y allí me he quedado yo, en la puerta del bar, con las manos en los bolsillos viendo cómo se alejaba el taxi y guardándome las ganas de saber qué había en ese sobre. En fin, espero que un día de estos, alguno de los dos se pase por aquí a contármelo.

"Hola María, estas últimas semanas me has hecho la persona más feliz del mundo y quisiera devolverte todo el cariño y el amor que me has dado, pero para ello necesito que confíes en mi. Ya sé que en el pasado, te han hecho mucho daño, pero quiero que eso quede ahí... en el pasado. Déjame ayudarte a volver a confiar en las personas, en los hombres y sobre todo en mí. Te espero en mi casa, a las tres.
Un beso.
Luis"

Mientras la relee por tercera vez en el taxi, María no puede dejar de sonreír. Lo cierto es que en las últimas semanas la relación con Luis se ha ido volviendo cada vez más importante para ella. Casi sin casi darse cuenta, cada día pasado con él ha resultado un día feliz. Desde que él le regaló esas magdalenas, mantuvo la promesa que le hizo aquella mañana y ha estado a su lado, ayudándola a superar su problema con la bebida y haciéndola sentirse como hacía mucho que no se sentía... sencillamente: una persona, una mujer.

El taxi se para al lado de la acera y María paga la carrera, saliendo justo enfrente de la dirección que indica la carta. Una pequeña casa, sencilla pero aseada, con unos macizos de flores delante. "Confianza", le pedía Luis. Era tan difícil después de todo por lo que ella había tenido que pasar. Recuerda cómo su matrimonio derivó en un infierno de malos tratos, golpes y gritos... pero todo eso quedaba en el pasado. El presente y quizá el futuro, estaba esperándola dentro de esa casa. Se ajusta el bolso y camina decidida hacia la entrada.

Está a punto de llamar al timbre cuando ve otro sobre, un poco más grande pegado a la puerta. Lo abre y dentro descubre otra nota y un pañuelo:
"María, confía en mí. Véndate los ojos con el pañuelo y llama al timbre. Luis".
No está preparada para esa sorpresa. ¿Confianza y además ciega? ¿No estará pidiéndome demasiado? Bien es cierto que había sido ella la que le había estado dando largas a este encuentro desde hace unos días. Necesitaba estar completamente segura de lo que quería hacer. María se queda pensativa con el pañuelo azul salpicado de estrellas blancas, en la mano, parada delante de la puerta. ¿Qué querría de ella, Luis? ¿Cómo se atrevía a pedirle todo eso, sabiendo además cosas de su pasado que no se había atrevido a contar a nadie más? Se tiene que sentar en un pequeño banco que hay en la entrada. Con el pañuelo en su mano todavía, recuerda el pasado que gracias a este hombre parecía muy lejano. Golpes y maltratos, humillaciones, sentirse menos que nada, una inútil... a punto estuvo entonces de ceder a todo y de perder hasta la poca dignidad que le quedaba después de tanto tiempo soportando ese infierno. Menos mal que su ex marido, un día como otro cualquiera se fue, dejándola sola y malherida, pero viva. Todavía tuvo que pasar mucho tiempo sola, dudando hasta de ella misma y de si habría hecho bien las cosas hasta que ese día Luis la rescató de su propio olvido. Hasta que él supo ver debajo de las capas de desesperación a la mujer que ahora estaba sentada dudando delante de su puerta. Y si él había sido tenido la paciencia y la intuición necesarias, si había sido capaz de descubrirla debajo de todas esas capas de dolor... Si la había ayudado con toda esa paciencia y cariño, ¿qué tenía ella que decir? ¿Cómo podía, ahora, desconfiar del hombre que la había rescatado de sus propios fantasmas?

María se puso lentamente en pie y plantándose decidida delante de la puerta, se ató la venda a los ojos y pulsó el timbre. A lo lejos, se escucharon unos pasos y la puerta se abrió. Un olor conocido. A lo lejos empezó a sonar "The Touch of Your Lips" de Chet Baker ...
- ¡Hola, Luis! - saludó María a una sombra delante de ella.
- ¡Hola, María!, me alegro de verte. Gracias por confiar en mí. Bienvenida - le contestó Luis cogiéndola de la mano.

A partir de ese momento, María recuerda todo lo que sucedió como si fuera un sueño... y así es como me lo cuenta esta tarde de lluvia, delante del café que le acabo de poner en la mesa del fondo del bar.
-¿Sabes? - me dice María mirándome fijamente mientras, pensativa, le da vueltas al azúcar en su café - Sólo los recuerdos hermosos que podamos atesorar en la vida, consiguen calentarnos el alma cuando el frío nos aprieta el corazón. Tengo que confesarte que cuando recuerdo lo que sucedió aquella tarde de verano en esa casa aún desconocida, me siento extraña. Como si no hubiera sido yo la mujer que entró allí con los ojos vendados. Lo recuerdo todo con muchísimo detalle, pero como si lo hubiera visto en una película, en la que nosotros dos éramos los protagonistas.
- Verás - me dijo - y María empezó a contar...
.
..
...
Era esa hora perezosa y tan peligrosa de la siesta en verano, justo cuando los sentidos se relajan y se dejan llevar hacia lugares donde las sombras refrescan el calor y nos permiten agudizar los sentidos. Ella, menuda y graciosa, mirando hacia el suelo sin ver, hablaba con un hilo de voz al aire. No sabía en qué consistía el juego pero intuía que él estaba atento a cada una de sus palabras. Podía notar que se bebía su presencia con la urgencia del que ha esperado mucho tiempo ese momento. Se sentía observada, estaba segura de que la miraba sin perderse detalle: de sus manos, de su gesto, de los mechones de cabello que se escapaban rebeldes. Eso las mujeres lo saben con una sabiduría antigua.

Así que ella le dijo al aire, citando una vieja película:
- "Y si alguna vez ellos se vieran a solas, podrían quedar en una habitación a oscuras, donde él se las arreglarías para vendarle los ojos. Hablarían durante horas (o lo que fuera que sucediera). Y cuando todo hubiera terminado, simplemente podrían decidir si verse o no. Ya que, a veces, las historias no tienen porque terminar", ¿no crees?

El sonrió. No le contestó, pero cogió su mano firmemente y la ayudó a caminar. La guiaba girando de vez en cuando la cabeza, comprobando que la mujer que le seguía no era un sueño que fuera a desvanecerse en cualquier instante. Ella dio un ligero traspiés e intentó protestar, pero él le puso un dedo en los labios, acallando su protesta. Aprovechando la circunstancia, ella le dejó un beso en el dedo. Parece que habían llegado a su destino. Él la soltó de la mano y ella se quedó quieta, indecisa. Solo se movían sus mechones rebeldes y el precioso vestido largo que había elegido para la cita. Lo tenía desde hacía tiempo, pero nunca había tenido ocasión de estrenarlo. Estaba hecho con una de esas telas tan sutiles que parecen tejidas con briznas de esperanza. De repente escucha unos ruidos, parece que él ha ido a bajar un poco más una persiana para amortiguar el sol que, a esas horas, inundaba de luz las paredes blancas. No puede verlo bien, pero nota cómo poco a poco las sombras ganan terreno en la habitación. Esta se ha quedado en penumbra y puede sentir el aire más fresco en la piel de sus brazos. Ella nota cómo él la ha cogido otra vez de la mano y escucha cómo ha cerrado una puerta detrás de ellos. Con mucha suavidad la ha acercado hasta tropezar con lo que cree serán los pies de una cama. Ella no puede reprimir un escalofrío, se siente segura con él cerca, pero también se sabe frágil a la vez. Además solo puede intuir sombras, adivinar olores, pero no puede verlo. Esta indefensa. Lo escucha moverse detrás de ella y al instante, lo siente pegado a su cuerpo abrazándola delicadamente por detrás, con todo su calor, sus olores de hombre y le oye susurrar con su voz grave al oído:
- Háblame de ti. Quiero saberlo todo de la mujer que me ha hechizado. De la mujer valiente que ha aceptado mi reto. Quiero conocer tus dolores y tus penas, tus sacrificios, tus pérdidas. Quiero que me las des todas a mi, que me las entregues confiada, despojarte de ellas, robártelas, para poderlas perder yo por el camino que vamos a emprender juntos. Quiero que me pases el peso de tus fantasmas, quiero todos tus miedos. Te quiero desnuda de ellos para que así, limpia, sólo quede la mujer con la que quiero compartir el resto de mi vida.

Mientras él le dice todo esto con su voz grave muy cerca de su oído, siente cómo sus fuertes manos la estrechan, a través de la fina tela del vestido, en un abrazo cálido, inmenso, lleno de amor y de pasión. Y ella no puede reprimir que resbalen unas lágrimas por sus mejillas.
- No llores mi amor - le escucha decir, mientras besa cada lágrima de su cara.
- Lloro de alegría - le contesta ella - lloro porque soy feliz.

Y ella se abre, deja escapar toda la pena acumulada y empieza a hablarle de cuando era niña, de sus miedos, de sus temores, de sus esperanzas. De su adolescencia y esos sueños que quedaron abandonados en un rincón demasiado pronto. De su matrimonio, cargado de dolor y rabia. Y con cada confesión él desabrocha un botón del vestido y ella completamente abandonada a ese juego, se deja hacer. Él va dejando caer así, uno a uno, sus miedos. La despoja de sus temores a través de su propia confesión hasta que el vestido, por sí mismo, cae al suelo. Se ha quedado en ropa interior, pero él todavía no la toca. Tan solo leves roces en la cintura, en la espalda, cerca del pecho, un beso leve y suave en el cuello que la hace estremecer... Esa intimidad suave y dulce hace que ella empiece a notar la excitación en su piel, comienza a sentirse realmente deseada. Sabe que la está mirando despacio, que no tiene prisa. Intuye que él memoriza cada rincón de su piel, cada peca, cada arruga para hacerlas suyas y un cosquilleo en el estómago le anuncia esa sensación que hacía tanto tiempo que ella no era capaz de sentir. Puro y simple deseo. Él le pide que cuente sus miedos más íntimos, sus deseos prohibidos. Aquellos sueños secretos que nunca se ha atrevido a confesar a nadie y mientras tanto, con movimientos suaves y delicados la ayuda a desprenderse de su última defensa, su ropa interior... Ella lo siente muy cerca, puede oler su presencia animal contenida. Nota cómo sus movimientos agitan el aire de la habitación, cada vez más pesado y no puede evitar sorprenderse al sentirlo completamente desnudo a su espalda. Otro abrazo, esta vez más íntimo y sensual, piel con piel. Nota su sexo duro, expectante, buscando refugio entre sus nalgas. Refugio que ella le concede abriendo ligeramente las piernas. Con abrazo tan especial la acuna lentamente unos instantes y luego se separa. Vuelve a coger sus manos, llevándola hacia delante, hasta el borde de la cama y la ayuda a tumbarse. Ella ha decidido dejarle atravesar todas las barreras y dejarse llevar por sus manos cálidas, por su pasión.

El calor ha aumentado en la habitación y las primeras caricias consiguen excitar su piel. Intenta pudorosa tapar su sexo, pero él le aparta las manos suavemente y las guía hacía arriba, ayudándola a sujetarse en los hierros del cabecero de la cama y ella le obedece. Nota cómo sus pezones se van poniendo duros cada vez que él los roza suavemente. Siente cómo su cuerpo, que creía marchito para siempre, despierta con la urgencia del que quiere sentir cada vez más. No le importa la venda, es más, ha descubierto que le gusta la sensación de guiarse por otros sentidos, por la intuición, las ganas y no solo por lo que sus ojos puedan ver. Nota sus manos y el sexo de él rozarse contra sus muslos. Acerca una de sus manos y le agarra con fuerza, no está dispuesta a dejar que se escape este sueño también. 

Lo quiere duro y todo para ella. Delicadamente, sin hacer movimientos bruscos, como temiendo espantarla, él se acomoda a su lado y le susurra:
- Ahora vamos a soñar en voz alta. Hemos atravesado muchas capas de miedo y soledad cada uno de los dos por separado hasta llegar aquí, así que quiero conocerte bien. Quiero que me cuentes todo y que lo sepas todo de mí. Quiero regalarte un vestido de palabras, para cubrir tu cuerpo y que nunca más los miedos se apoderen de tu corazón.
Despacio, con miedo a despertar de esto que tanto se parecía a un sueño, ella ha acomodado su cabeza en el hueco de su hombro y agarrada a su sexo, ha empezado a recitarle despacio un viejo poema...

"Regálame un vestido de palabras
con el que cubrirme cuando tenga frío
en esos días que la angustia aprieta
el corazón se encoge y gana el olvido"

Y allá se quedaron, tumbados el uno al lado del otro, construyéndose un mundo nuevo sin prisas, con palabras que creían los dos olvidadas, abrigados solo por el calor de una tarde cualquiera de verano, que siempre ella recordará como el sueño más hermoso de toda su vida.
-¿No crees? - me pregunta María, dándole el último sorbo a su café, al terminar de contarme su historia.
- Espera que deje de llorar - le contesto mientras saco el pañuelo del bolsillo y me sueno estruendosamente - ¡Ay! - suspiro.
- Hola chicas - saluda Luís desde la puerta. ¿Nos vamos María? - le pregunta inclinando hacia un lado la cabeza - va a empezar la película.
- Si. Vamos. Dime que te debo - me pregunta María.
- Deja mujer - le contesto - Invita la casa.
- Pues muchas gracias. Hasta mañana.
- Hasta mañana pareja - les contesto mientras ellos ajenos ya a mi saludo, se van cogidos de la mano por la acera hacia el cine.

Mecachis, pienso, hay que ver esta mota de polvo que se me ha metido en el ojo... no hay manera de dejar de llorar... pienso mientras limpio la mesa.


Comentarios: 

Yolanda Armas dijo

Que historia mas bonita. Mientras la leia, me sentia como Maria y podia verla revivir.

Luismi dijo

Una pega importante, se me ha hecho muy corto.

meco dijo

¡Hola Netbook!
Gracias por tu relato donde se expresa el amor de un hombre y una mujer en sus aspectos de juego, romance, pruebas de fe y confianza para la mujer por parte del hombre, dándose a suponer una maduración del romance hacia una relación estable, dentro de una descrición fluida, amena y colorida en sus detalles, dibujando con claridad cada escena y su atmósfera emocional a través de la psicología femenina, pues se trata de situaciones, encuentros entre los protagonistas, clientes o conocidos de la mesera y ésta, contados por ella, sobre todo la confesión que le hace María del primer encuentro amoroso pasional con Luís.
Los relatos de fidelidad entre personas tienen infinitas posibilidades en los que se mezclan, en un coctel interminable, todas esas variantes: amigos en que uno de ellos da la vida por el otro, compañeros de estudios en que uno de ellos arriesga su vida por salvar la de su compañero, e incluso enemigos entre sí y uno de ellos se compadece de su adversario: en el último instante, cuando va a caer en el vacío, le tiende su mano para que no muera, colgando de un madero, en un puente que está a punto de caer, puede asirse a la mano salvadora de su enemigo...
Las variantes son interminables. Así nos prueba a todos la Vida. Estos relatos nos ayudan a crear la Conciencia Despierta para hacer aquello que nos Ella dicta, en el momento justo, para beneficio del agobiado por una necesidad vital, aunque al realizar esa ayuda corramnos el riesgo de perder nuestra propia vida, o de echo la perdamos porque no hay otra alternativa.
Saludos cordiales Netbook.
Emilio Ubal López
emilioubal44@yahoo.es
 

sábado, 3 de noviembre de 2012

Cartas marcadas

Bueno, hoy toca. En realidad la partida empezó ayer, pero por unas cosas u otras, conseguí escurrir el bulto, a pesar de varios "mensajes" que fui recogiendo a lo largo del día. Las últimas semanas pesaban demasiado.

Ayer por la noche, ya tenía claro que hoy me tocaba a mí. Así que me marche a dormir pronto, cerré todos los canales de comunicación y solo conseguí leer dos páginas del libro... hay veces que la intuición puede mucho más que la razón y apague la lámpara de la mesilla de noche.

Esta mañana, el sol que entraba por la ventana, pálido y sin brillo, ya anunciaba que de hoy no pasaría que no podría seguir esquivando mucho más tiempo el encuentro. Así que me he recortado la barba, me he duchado despacio y hasta me he lavado el pelo. Dedicándome con esmero a asearme, eligiendo una camisa y un pantalón cómodos, he dejado pasar el tiempo. Pero ya es hora, ya toca.
Me acerco despacio, he sido nombrado y todos saben perfectamente que me están esperando al fondo de la sala. Al llegar delante de la mesa hay una última fila de curiosos. Me paro detrás y ellos, como obedeciendo a una señal no escrita, se apartan en silencio para dejarme pasar.

Ella  está esperando al otro lado. Sonríe, se que no tiene prisa. Yo me quedo de pie, al lado de la silla que me ha guardado justo enfrente suyo y me permito el lujo de dedicar un par de minutos a observarla despacio, desde arriba. A nuestro alrededor el mundo se ha detenido. Las luces, los ruidos del casino ya no existen, tan solo estamos ella y yo sosteniéndonos la mirada. Como hemos hecho tantas otras veces.

Todos nos observan como estamos el uno frente al otro, observándonos en silencio. He de confesar que, a pesar de todo lo ocurrido, me sigue volviendo loco: Morena, con unos enormes ojos verdes. Su cara pecosa de niña buena y la boca pintada de rojo putón. No puedo evitar fijarme sus sus delicadas manos, con las pequeñas y cuidadas uñas pintadas con el mismo tono que sus labios. El semblante serio, pero se la ve contenta. Con un brillo especial en la mirada. Va vestida muy formal, pero ella sabe que me conozco su cuerpo de carrerilla y soy capaz de recorrer de memoria todas y cada una de sus espléndidas curvas. Como si intuyera lo que estoy pensando su sonrisa se amplia un poco más y se endereza en la silla.

Camisa blanca abrochada hasta el cuello, pajarita granate y chaleco del mismo color. Intuyo que, bajo la mesa, lleva una falda corta y tiene las piernas cruzadas con lo cual se le podrá ver el inicio del encaje de sus finas medias de seda. Recuerdo que tenía la manía de dejarse el zapato de tacón colgando de la punta de su pie derecho. Balanceándolo impaciente en el aire. Jugando con él y con los nervios de los demás. Aparto lentamente la silla y tomo asiento. En ese mismo instante se rompe el hechizo que había mantenido unidas nuestras miradas. Ella baja la cabeza y hace un gesto, levantando la derecha en el aire y chasqueando los dedos. De alguna parte cae una baraja nueva sobre le verde tapete. El ruido sordo del plástico al golpear contra el fieltro se me antoja igual de macabro que el sonido de una lápida cayendo sobre una tumba. La mia. Ella sonríe al ver mi expresión.
Mirándome directamente a los ojos, rompe con maestría el precinto de plástico y extienden en un movimiento muy profesional las cartas boca abajo en la mesa. Ahora está en su salsa, la que manda en este juego es ella. Sonríe abiertamente y eso me temo que no son buenas noticias para mi. Intuyo que las cartas están marcadas y ella con su sonrisa no hace sino acentuar ese dolor sordo que empiezo a sentir en el costado.

Ya sabía yo que hoy no sería un buen día. Que la partida con la vida no iba a ser fácil, que las cartas estarían marcadas. Lo único que me ha sorprendido es que, además, la botella esté en su lado de la mesa. Encima me toca pedirle, por favor, que me sirva uno doble. Ella deja de barajar, coge la botella y es generosa con su contenido. Me vuelve a mirar, junta los labios mandándome un beso envenenado y se queda esperándome con el mazo en la mano, preparada para repartir las cartas. Yo me tomo mi tiempo para dar ese trago que necesito antes de empezar el juego, la miro a través del cristal del vaso y le pido cartas con un gesto indolente.

Ya que vamos a perder la partida, al menos que sea con dignidad.
[R]


lunes, 17 de octubre de 2011

Sin palabras.

No ha sido planeado, tan solo ha surgido así. Ese pilar siempre ha estrechado un poco el pasillo y nunca se me hubiera ocurrido que ese fuera el mejor lugar, pero la vida a veces te sorprende.

Al cruzarnos he visto un brillo en tu mirada y por eso me he parado con la intención de preguntarte...ya no recuerdo que. No había podido decir nada y si no se te hubieran caído los libros, si no nos hubiéramos agachado a recogerlos, si no los hubiéramos dejado apartados en el suelo, levantándonos con nuestros brazos y nuestras lenguas ya entrelazadas...supongo que ahora no estaría escribiendo esto.

Tu respiración se ha hecho de repente, más urgente y tu boca jugando con la mía, más exigente. Has cerrado los ojos, has levantado tus brazos hacia arriba y yo me he quedado sujetándote por la cintura mientras arqueabas tu espalda. Y el mundo se ha parado de repente cuando he levantado tu falda. He notado tu corazón latir excitado, a través de tu blusa. Tu perfume nos ha envuelto en su dulce aroma y mi mano se ha perdido en dirección a tu vientre, acariciándote, acercándose lentamente hacia el centro de tu universo.

Un gemido. Y en un instante te veo con la boca y los ojos abiertos. Sin hablar, tu mirada me ha contado de tus deseos, no han hecho falta palabras cuando mis dedos han llegado al interior de tu secreto más húmedo.

Luego todo ha sido temblor, y un dulce abandono...sin palabras.

 

Comentarios:


esaotra dijo
Las mejores poesías se escriben a veces sin palabras. Sencillo, sensible, ímtimo, precioso.