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jueves, 21 de febrero de 2013

Regálame un vestido de palabras ( #HistoriasdeBar )

Puedes encontrarte con muchos regalos en esta vida, pero pocos pueden superar el encontrarte con personas con las que conectas con solo una mirada, o unas frases lanzadas al azar. Así  ha ocurrido con  @anitaideas [ blog ].  Sin su ayuda, su complicidad y sus collejas, no hubiera sido posible escribir este relato a 4 manos. Esperamos, sinceramente, que os guste.

Regálame un vestido de palabras.


Recién puesta la terraza y ya está hecha un asco, ¡qué ganas tengo de que acaben las obras del Parking de al lado!... No hago más que sacar las mesas y ya tengo que estar limpiándolas otra vez. Mientras yo le doy a la bayeta veo, por el rabillo del ojo, cómo se acerca Luis por la acera de enfrente, tan arreglado como siempre, de buena mañana. Me saluda con la mano y mirando a los dos lados, cruza la calle corriendo, directo hacia mi.

- ¡Buenos días, guapísima! - me saluda muy contento, a la vez que me planta dos besos, algo inaudito en él.
-¿Me puedes hacer un favor muy grande? - me pregunta casi sin aire después de la carrera.
- Hombre, si es fácil - le contesto, riendo.
- Muy fácil. Mira, cuando venga María dentro de un rato, le das este sobre. ¿De acuerdo? - me interroga con la mirada, para estar seguro de que lo había entendido.
- Pues sí que es fácil. ¡Cuenta con ello! - le contesto, cogiendo un pequeño sobre marrón que me pasa con las dos manos, como si su contenido fuera algo muy importante y valioso.
- Muchas gracias por el favor. De verdad. Te debo una - me dice, mientras se gira y comienza a alejarse sonriendo.
- ¡Oye! - le grito mientras se marcha - ¿Hoy no desayunas?
- Hoy no, gracias ¡Tengo prisa! - me contesta mientras vuelve a cruzar la calle corriendo.

Y allí me deja. Plantada en la acera con la terraza a medio montar y el sobre en la mano recordando, con una sonrisilla pintada en la boca, un par de magdalenas de chocolate que empezaron una hermosa historia hace unas semanas en el bar. Por desgracia, en este trabajo no hay mucho tiempo para pensar, porque enseguida llegarán a almorzar los trabajadores de la obra y será el caos. El tiempo pasa muy deprisa y cuando me doy cuenta de la hora que es, se me ha pasado la mañana.
A eso de las dos, justo cuando había salido a no fumar (no fumo, pero sí que me suelo tomar un respiro) veo llegar a María. Está guapísima con un vestido largo de verano y el pelo recién cortado de peluquería. Las uñas cuidadas y pintadas de color vino, un poco de colorete y un leve toque de brillo en sus labios. Menuda diferencia con la sombra de mujer que pedía las copas de anís de buena mañana hace poco más de un mes. No hay mejor medicina que la ilusión, para un corazón malherido, pensé.

Al verme sonríe y me pregunta:
- ¿Has visto a Luis?
- ¿A Luis? - le contesto mirándola extrañada - Si chica, ¡qué despistada estoy! Disculpa. Vino esta mañana por aquí.
- ¿Esta mañana? - me replica un poco contrariada - ¿Y entonces... no está aquí, ahora, esperándome?
- No. Vino esta mañana temprano y se fue sin desayunar - le contesté.
María, defraudada, se queda de pie delante de mí en medio de la acera. Sospecho que ella esperaba encontrarse con Luis en el bar. Al verle la carita de pena, de repente me acuerdo:
- ¡Calla! - le digo, golpeándome la frente - Me dejó un sobre para ti. ¡Qué despistada estoy! Espera y te lo acerco.
- Vaya. ¡Gracias! - me contesta María, todavía un poco confundida.
Entro rápido en la barra a por el sobre marrón que había dejado esta mañana en la caja y al salir me la encuentro con los brazos cruzados. Esperando. Mi instinto me dice que el hecho de que no esté Luis, la ha decepcionado.
- Toma - le digo dándole el pequeño sobre marrón.
- Gracias - me contesta mientras se gira ligeramente para abrir el sobre, apartándose un paso hacia la calzada, buscando un poco de intimidad cerca de un árbol.

A pesar de su maniobra, me doy cuenta de que le ha cambiado la cara al leer la carta que había dentro del sobre. Se ha girado hacía mi sonriendo de oreja a oreja, me ha dado las gracias justo antes de salir disparada a coger un taxi que, en ese momento, pasaba por delante. Y allí me he quedado yo, en la puerta del bar, con las manos en los bolsillos viendo cómo se alejaba el taxi y guardándome las ganas de saber qué había en ese sobre. En fin, espero que un día de estos, alguno de los dos se pase por aquí a contármelo.

"Hola María, estas últimas semanas me has hecho la persona más feliz del mundo y quisiera devolverte todo el cariño y el amor que me has dado, pero para ello necesito que confíes en mi. Ya sé que en el pasado, te han hecho mucho daño, pero quiero que eso quede ahí... en el pasado. Déjame ayudarte a volver a confiar en las personas, en los hombres y sobre todo en mí. Te espero en mi casa, a las tres.
Un beso.
Luis"

Mientras la relee por tercera vez en el taxi, María no puede dejar de sonreír. Lo cierto es que en las últimas semanas la relación con Luis se ha ido volviendo cada vez más importante para ella. Casi sin casi darse cuenta, cada día pasado con él ha resultado un día feliz. Desde que él le regaló esas magdalenas, mantuvo la promesa que le hizo aquella mañana y ha estado a su lado, ayudándola a superar su problema con la bebida y haciéndola sentirse como hacía mucho que no se sentía... sencillamente: una persona, una mujer.

El taxi se para al lado de la acera y María paga la carrera, saliendo justo enfrente de la dirección que indica la carta. Una pequeña casa, sencilla pero aseada, con unos macizos de flores delante. "Confianza", le pedía Luis. Era tan difícil después de todo por lo que ella había tenido que pasar. Recuerda cómo su matrimonio derivó en un infierno de malos tratos, golpes y gritos... pero todo eso quedaba en el pasado. El presente y quizá el futuro, estaba esperándola dentro de esa casa. Se ajusta el bolso y camina decidida hacia la entrada.

Está a punto de llamar al timbre cuando ve otro sobre, un poco más grande pegado a la puerta. Lo abre y dentro descubre otra nota y un pañuelo:
"María, confía en mí. Véndate los ojos con el pañuelo y llama al timbre. Luis".
No está preparada para esa sorpresa. ¿Confianza y además ciega? ¿No estará pidiéndome demasiado? Bien es cierto que había sido ella la que le había estado dando largas a este encuentro desde hace unos días. Necesitaba estar completamente segura de lo que quería hacer. María se queda pensativa con el pañuelo azul salpicado de estrellas blancas, en la mano, parada delante de la puerta. ¿Qué querría de ella, Luis? ¿Cómo se atrevía a pedirle todo eso, sabiendo además cosas de su pasado que no se había atrevido a contar a nadie más? Se tiene que sentar en un pequeño banco que hay en la entrada. Con el pañuelo en su mano todavía, recuerda el pasado que gracias a este hombre parecía muy lejano. Golpes y maltratos, humillaciones, sentirse menos que nada, una inútil... a punto estuvo entonces de ceder a todo y de perder hasta la poca dignidad que le quedaba después de tanto tiempo soportando ese infierno. Menos mal que su ex marido, un día como otro cualquiera se fue, dejándola sola y malherida, pero viva. Todavía tuvo que pasar mucho tiempo sola, dudando hasta de ella misma y de si habría hecho bien las cosas hasta que ese día Luis la rescató de su propio olvido. Hasta que él supo ver debajo de las capas de desesperación a la mujer que ahora estaba sentada dudando delante de su puerta. Y si él había sido tenido la paciencia y la intuición necesarias, si había sido capaz de descubrirla debajo de todas esas capas de dolor... Si la había ayudado con toda esa paciencia y cariño, ¿qué tenía ella que decir? ¿Cómo podía, ahora, desconfiar del hombre que la había rescatado de sus propios fantasmas?

María se puso lentamente en pie y plantándose decidida delante de la puerta, se ató la venda a los ojos y pulsó el timbre. A lo lejos, se escucharon unos pasos y la puerta se abrió. Un olor conocido. A lo lejos empezó a sonar "The Touch of Your Lips" de Chet Baker ...
- ¡Hola, Luis! - saludó María a una sombra delante de ella.
- ¡Hola, María!, me alegro de verte. Gracias por confiar en mí. Bienvenida - le contestó Luis cogiéndola de la mano.

A partir de ese momento, María recuerda todo lo que sucedió como si fuera un sueño... y así es como me lo cuenta esta tarde de lluvia, delante del café que le acabo de poner en la mesa del fondo del bar.
-¿Sabes? - me dice María mirándome fijamente mientras, pensativa, le da vueltas al azúcar en su café - Sólo los recuerdos hermosos que podamos atesorar en la vida, consiguen calentarnos el alma cuando el frío nos aprieta el corazón. Tengo que confesarte que cuando recuerdo lo que sucedió aquella tarde de verano en esa casa aún desconocida, me siento extraña. Como si no hubiera sido yo la mujer que entró allí con los ojos vendados. Lo recuerdo todo con muchísimo detalle, pero como si lo hubiera visto en una película, en la que nosotros dos éramos los protagonistas.
- Verás - me dijo - y María empezó a contar...
.
..
...
Era esa hora perezosa y tan peligrosa de la siesta en verano, justo cuando los sentidos se relajan y se dejan llevar hacia lugares donde las sombras refrescan el calor y nos permiten agudizar los sentidos. Ella, menuda y graciosa, mirando hacia el suelo sin ver, hablaba con un hilo de voz al aire. No sabía en qué consistía el juego pero intuía que él estaba atento a cada una de sus palabras. Podía notar que se bebía su presencia con la urgencia del que ha esperado mucho tiempo ese momento. Se sentía observada, estaba segura de que la miraba sin perderse detalle: de sus manos, de su gesto, de los mechones de cabello que se escapaban rebeldes. Eso las mujeres lo saben con una sabiduría antigua.

Así que ella le dijo al aire, citando una vieja película:
- "Y si alguna vez ellos se vieran a solas, podrían quedar en una habitación a oscuras, donde él se las arreglarías para vendarle los ojos. Hablarían durante horas (o lo que fuera que sucediera). Y cuando todo hubiera terminado, simplemente podrían decidir si verse o no. Ya que, a veces, las historias no tienen porque terminar", ¿no crees?

El sonrió. No le contestó, pero cogió su mano firmemente y la ayudó a caminar. La guiaba girando de vez en cuando la cabeza, comprobando que la mujer que le seguía no era un sueño que fuera a desvanecerse en cualquier instante. Ella dio un ligero traspiés e intentó protestar, pero él le puso un dedo en los labios, acallando su protesta. Aprovechando la circunstancia, ella le dejó un beso en el dedo. Parece que habían llegado a su destino. Él la soltó de la mano y ella se quedó quieta, indecisa. Solo se movían sus mechones rebeldes y el precioso vestido largo que había elegido para la cita. Lo tenía desde hacía tiempo, pero nunca había tenido ocasión de estrenarlo. Estaba hecho con una de esas telas tan sutiles que parecen tejidas con briznas de esperanza. De repente escucha unos ruidos, parece que él ha ido a bajar un poco más una persiana para amortiguar el sol que, a esas horas, inundaba de luz las paredes blancas. No puede verlo bien, pero nota cómo poco a poco las sombras ganan terreno en la habitación. Esta se ha quedado en penumbra y puede sentir el aire más fresco en la piel de sus brazos. Ella nota cómo él la ha cogido otra vez de la mano y escucha cómo ha cerrado una puerta detrás de ellos. Con mucha suavidad la ha acercado hasta tropezar con lo que cree serán los pies de una cama. Ella no puede reprimir un escalofrío, se siente segura con él cerca, pero también se sabe frágil a la vez. Además solo puede intuir sombras, adivinar olores, pero no puede verlo. Esta indefensa. Lo escucha moverse detrás de ella y al instante, lo siente pegado a su cuerpo abrazándola delicadamente por detrás, con todo su calor, sus olores de hombre y le oye susurrar con su voz grave al oído:
- Háblame de ti. Quiero saberlo todo de la mujer que me ha hechizado. De la mujer valiente que ha aceptado mi reto. Quiero conocer tus dolores y tus penas, tus sacrificios, tus pérdidas. Quiero que me las des todas a mi, que me las entregues confiada, despojarte de ellas, robártelas, para poderlas perder yo por el camino que vamos a emprender juntos. Quiero que me pases el peso de tus fantasmas, quiero todos tus miedos. Te quiero desnuda de ellos para que así, limpia, sólo quede la mujer con la que quiero compartir el resto de mi vida.

Mientras él le dice todo esto con su voz grave muy cerca de su oído, siente cómo sus fuertes manos la estrechan, a través de la fina tela del vestido, en un abrazo cálido, inmenso, lleno de amor y de pasión. Y ella no puede reprimir que resbalen unas lágrimas por sus mejillas.
- No llores mi amor - le escucha decir, mientras besa cada lágrima de su cara.
- Lloro de alegría - le contesta ella - lloro porque soy feliz.

Y ella se abre, deja escapar toda la pena acumulada y empieza a hablarle de cuando era niña, de sus miedos, de sus temores, de sus esperanzas. De su adolescencia y esos sueños que quedaron abandonados en un rincón demasiado pronto. De su matrimonio, cargado de dolor y rabia. Y con cada confesión él desabrocha un botón del vestido y ella completamente abandonada a ese juego, se deja hacer. Él va dejando caer así, uno a uno, sus miedos. La despoja de sus temores a través de su propia confesión hasta que el vestido, por sí mismo, cae al suelo. Se ha quedado en ropa interior, pero él todavía no la toca. Tan solo leves roces en la cintura, en la espalda, cerca del pecho, un beso leve y suave en el cuello que la hace estremecer... Esa intimidad suave y dulce hace que ella empiece a notar la excitación en su piel, comienza a sentirse realmente deseada. Sabe que la está mirando despacio, que no tiene prisa. Intuye que él memoriza cada rincón de su piel, cada peca, cada arruga para hacerlas suyas y un cosquilleo en el estómago le anuncia esa sensación que hacía tanto tiempo que ella no era capaz de sentir. Puro y simple deseo. Él le pide que cuente sus miedos más íntimos, sus deseos prohibidos. Aquellos sueños secretos que nunca se ha atrevido a confesar a nadie y mientras tanto, con movimientos suaves y delicados la ayuda a desprenderse de su última defensa, su ropa interior... Ella lo siente muy cerca, puede oler su presencia animal contenida. Nota cómo sus movimientos agitan el aire de la habitación, cada vez más pesado y no puede evitar sorprenderse al sentirlo completamente desnudo a su espalda. Otro abrazo, esta vez más íntimo y sensual, piel con piel. Nota su sexo duro, expectante, buscando refugio entre sus nalgas. Refugio que ella le concede abriendo ligeramente las piernas. Con abrazo tan especial la acuna lentamente unos instantes y luego se separa. Vuelve a coger sus manos, llevándola hacia delante, hasta el borde de la cama y la ayuda a tumbarse. Ella ha decidido dejarle atravesar todas las barreras y dejarse llevar por sus manos cálidas, por su pasión.

El calor ha aumentado en la habitación y las primeras caricias consiguen excitar su piel. Intenta pudorosa tapar su sexo, pero él le aparta las manos suavemente y las guía hacía arriba, ayudándola a sujetarse en los hierros del cabecero de la cama y ella le obedece. Nota cómo sus pezones se van poniendo duros cada vez que él los roza suavemente. Siente cómo su cuerpo, que creía marchito para siempre, despierta con la urgencia del que quiere sentir cada vez más. No le importa la venda, es más, ha descubierto que le gusta la sensación de guiarse por otros sentidos, por la intuición, las ganas y no solo por lo que sus ojos puedan ver. Nota sus manos y el sexo de él rozarse contra sus muslos. Acerca una de sus manos y le agarra con fuerza, no está dispuesta a dejar que se escape este sueño también. 

Lo quiere duro y todo para ella. Delicadamente, sin hacer movimientos bruscos, como temiendo espantarla, él se acomoda a su lado y le susurra:
- Ahora vamos a soñar en voz alta. Hemos atravesado muchas capas de miedo y soledad cada uno de los dos por separado hasta llegar aquí, así que quiero conocerte bien. Quiero que me cuentes todo y que lo sepas todo de mí. Quiero regalarte un vestido de palabras, para cubrir tu cuerpo y que nunca más los miedos se apoderen de tu corazón.
Despacio, con miedo a despertar de esto que tanto se parecía a un sueño, ella ha acomodado su cabeza en el hueco de su hombro y agarrada a su sexo, ha empezado a recitarle despacio un viejo poema...

"Regálame un vestido de palabras
con el que cubrirme cuando tenga frío
en esos días que la angustia aprieta
el corazón se encoge y gana el olvido"

Y allá se quedaron, tumbados el uno al lado del otro, construyéndose un mundo nuevo sin prisas, con palabras que creían los dos olvidadas, abrigados solo por el calor de una tarde cualquiera de verano, que siempre ella recordará como el sueño más hermoso de toda su vida.
-¿No crees? - me pregunta María, dándole el último sorbo a su café, al terminar de contarme su historia.
- Espera que deje de llorar - le contesto mientras saco el pañuelo del bolsillo y me sueno estruendosamente - ¡Ay! - suspiro.
- Hola chicas - saluda Luís desde la puerta. ¿Nos vamos María? - le pregunta inclinando hacia un lado la cabeza - va a empezar la película.
- Si. Vamos. Dime que te debo - me pregunta María.
- Deja mujer - le contesto - Invita la casa.
- Pues muchas gracias. Hasta mañana.
- Hasta mañana pareja - les contesto mientras ellos ajenos ya a mi saludo, se van cogidos de la mano por la acera hacia el cine.

Mecachis, pienso, hay que ver esta mota de polvo que se me ha metido en el ojo... no hay manera de dejar de llorar... pienso mientras limpio la mesa.


Comentarios: 

Yolanda Armas dijo

Que historia mas bonita. Mientras la leia, me sentia como Maria y podia verla revivir.

Luismi dijo

Una pega importante, se me ha hecho muy corto.

meco dijo

¡Hola Netbook!
Gracias por tu relato donde se expresa el amor de un hombre y una mujer en sus aspectos de juego, romance, pruebas de fe y confianza para la mujer por parte del hombre, dándose a suponer una maduración del romance hacia una relación estable, dentro de una descrición fluida, amena y colorida en sus detalles, dibujando con claridad cada escena y su atmósfera emocional a través de la psicología femenina, pues se trata de situaciones, encuentros entre los protagonistas, clientes o conocidos de la mesera y ésta, contados por ella, sobre todo la confesión que le hace María del primer encuentro amoroso pasional con Luís.
Los relatos de fidelidad entre personas tienen infinitas posibilidades en los que se mezclan, en un coctel interminable, todas esas variantes: amigos en que uno de ellos da la vida por el otro, compañeros de estudios en que uno de ellos arriesga su vida por salvar la de su compañero, e incluso enemigos entre sí y uno de ellos se compadece de su adversario: en el último instante, cuando va a caer en el vacío, le tiende su mano para que no muera, colgando de un madero, en un puente que está a punto de caer, puede asirse a la mano salvadora de su enemigo...
Las variantes son interminables. Así nos prueba a todos la Vida. Estos relatos nos ayudan a crear la Conciencia Despierta para hacer aquello que nos Ella dicta, en el momento justo, para beneficio del agobiado por una necesidad vital, aunque al realizar esa ayuda corramnos el riesgo de perder nuestra propia vida, o de echo la perdamos porque no hay otra alternativa.
Saludos cordiales Netbook.
Emilio Ubal López
emilioubal44@yahoo.es
 

sábado, 27 de octubre de 2012

Una ligera vibración.

Salió de su ciudad con calor, y al llegar al norte, le sorprendió una de las primeras nevadas. El frío de aquella ciudad se metía en sus huesos. Afortunadamente el trabajo solo la llevaría lejos de los suyos dos días. Con ese pensamiento, se subió las solapas de su abrigo y llamó al taxi. Reuniones, llamadas, citas. Apretones de manos, besos corteses, pero indeseados. Muchas horas sentada, cafés de máquina...y para rematar, la consabida cena con esos clientes tan importantes y tu jefe haciéndose el interesante.

Eres buena, muy buena interpretando tu papel. Aguantas carros y carretas, usas muy bien tu seductora sonrisa...hay que desplegar todo el arsenal, usar todos las defensas y tener la coraza bien pulida para sobrevivir en este mundo de hombres. Por suerte tu ya llevas mucha guerra en el maletín como para dejarte sorprender. La jovencita florero que os ha acompañado a la cena, no puede decir lo mismo, y ella se queda en el restaurante, mientras tu te vas.

Al salir del edificio, otra vez la noche y la nieve te hacen estremecer y arrebujarte en tu abrigo. En el bolsillo, bien agarrado, está tu móvil. Necesitas llegar al hotel cuanto antes, estás casi sin batería ya que no ha parado de enviarte mensajes durante todo el día. Has tenido incluso que quitarle el sonido. Pero te has negado a apagarlo...te has sorprendido a ti misma esperando esa ligera vibración que anunciaba un nuevo mensaje.

Lejos, muy lejos de todo esto, hay alguien que, casi sin conocerte, sabe mas de ti, que muchos otras personas. Y ese detalle, esa intimidad compartida te tiene extrañamente atrapada. ¿Como puede saber tanto de mi, si apenas nos conocemos? te preguntas cuando lees una observación o una frase suya. Te has dejado llevar por esa intimidad electrónica y distante pero que, a la vez es reconfortante y cálida. Es cortés y no usa palabras malsonantes. Saber ser suave, pero también te pinta escenas en tu imaginación que ya creías desgraciadamente olvidadas. Te vuelve a hacer sentir mujer.¿Que querrá? te preguntas. ¿Porque tanta atención? piensas.

Y al instante siguiente, notas una vibración en el móvil:
- Has llegado al Hotel?. Pregunta desde muy lejos.
+ Estoy pagando al taxista, contestas sonriendo, mientras bajas del taxi y te encaminas a la recepción. Coges la llave, otra vibración.
- ¿Como va esa espalda? De tantas reuniones, la tendrás hecha un cuatro.

No puedes evitar sonreír. Lejos, a muchos kilómetros de distancia, alguien hace la primera observación amable del día sobre tu posible cansancio. Y lo mejor de todo, es que suena sincero.
- Recuerda lo que te comenté sobre un baño caliente. Continua.
+ Ya estoy en la habitación. Contestas.
- Bien. Lo primero es llamar a casa y hablar con tus hijos - me dice, y yo me sonrío. Después, toca quitarse el vestido negro que me has dicho que llevabas - se acuerda, piensas - no lo dejes todo tirado por ahí, aprovecha y cuélgalo en la percha. Esos instantes los aprovecharé para imaginarte en ropa interior. Ese conjunto de la Perla que me has dicho que te sienta tan bien... - va a conseguir sacarme los colores - las medias y los zapatos de tacón.
Date la vuelta - y yo como una tonta, dando la vuelta delante del espejo, como si pudiera verme.

Claro que puedo verte delante del espejo - Ohhh!  exclamo mirando como una tonta la pantalla- ahora toca llenar la bañera de agua bien caliente. Yo voy a dejarte un rato a solas, toma tu baño despacio y prepárate, porque cuando salgas, quiero que, como te he dicho esta mañana, lo hagas solo con la toalla que cierres los ojos, te tiendas en esa cama King size y me dejes hacer a mi...
+ Ojala estuvieras aquí - le contesto a una pequeña pantalla brillante, mientras una lágrima rueda por mi mejilla.
- No llores cielo - me contesta - pronto volverás a casa. Cuando hayas tomado tu baño avísame, pero recoge el sujetador que se te ha caído, como siempre, al suelo.
La pantalla del móvil me dice que no hay mas mensajes, a pesar de ello, me quedo medio desnuda, sentada sobre la esquina de la cama durante unos minutos, agarrada el sujetador que acabo de recoger - tenía razón, lo había dejado caer al suelo.

Estoy lejos de casa y me siento sola. El consigue con unas pocas palabras desmontar todas mis defensas, quitarme las corazas y dejarme desnuda e indefensa como a una niña, pero en el mismo instante que rinde la plaza, cuando sabe que me entregaría en cuerpo y alma, me acoge y abraza con sus palabras haciéndome sentir extrañamente bien y en paz. Que tiempos más extraños vivimos en los que el amor, el consuelo, el cariño, la paz... viajan a través de los kilómetros y terminan, a veces, expresándose a través de un simple Blimp, que suena en nuestro móvil, o de una vibración en nuestra mano que nos anuncia que alguien está pendiente de lo que nos ocurra.

Dejo el teléfono cargándose en la mesita de noche y me meto en el cuarto de baño. Termino de desnudarme y me sumerjo en el agua caliente que me ayuda a desprenderme de todo el cansancio del día. Otra vez tenía razón. 

Un simple baño, en silencio ha sido suficiente para llevarse con el agua muchas de mis preocupaciones. Ahora tengo que llamar a casa, hablaré con los peques un rato y luego, como me ha pedido, le avisaré de que estoy preparada solo para él. Un simple "Ya estoy", una pequeña vibración y el mundo entero estará concentrado en la pequeña pantalla de mi móvil y mi soledad se tendrá que marchar fuera, con el frío y la nieve.

[R]


Photo Vía mlsg: Lost & found

sábado, 6 de octubre de 2012

Follamos ya…?

He de confesar que la pregunta tan directa, tan sincera, me ha sorprendido. Acabamos de dejar a tus hijos en el colegio, después de recogerme en mi hotel, tal y como habíamos quedado. Muy majos los gemelos, tan parecidos y, sin embargo, tan diferentes.

La idea de aparcar lo mas cerca de la puerta para que la pandilla de MILF's cotillas, me pudieran repasar a gusto, ha sido idea mía. Así tendrán de que hablar durante una temporada. A ti te ha hecho gracia y la verdad es que ha sido divertido. Ha sido por eso también, por las risa que nos ha dado al provocar esa situación divertida, por lo que me ha sorprendido tu pregunta tan directa. La has hecho mientras estirabas nerviosa la falda de tu precioso LBD a la vez que le dabas vueltas a las llave del coche, sin mirarme directamente, observando por el espejo retrovisor por si alguien nos miraba.
No he contestado. Me he quedado mirándote fijamente, esperando que levantaras la cara. Al no hacerlo, te he cogido la barbilla con suavidad y te he obligado a mirarme.

Cuando he visto tu mirada, solo he dicho: 
- Vamos a tu casa.
Tu has sonreído tímidamente, y has arrancado. En el corto trayecto no hemos dicho nada ninguno de los dos, no hacía falta. Llevábamos mas de dos años conociéndonos casi a diario, dándonos los buenos días y las buenas noches. Interesándome por las botas de los gemelos y tu preguntando por mi trabajo. Ya habíamos hablado, de casi todo, bastante.

Me he quedado de lado, mirándote. Observando el tirante de tu sujetador negro, los pendientes de plata. El moño que te has apañado en un momento con un palillo chino. Se nota que te has puesto guapa, el leve tono de color en las mejillas, el brillo en los labios...el vestido que te queda tan bien. Los dos esperábamos hace tiempo que llegara este momento, y este seminario había sido la excusa perfecta para romper el anonimato.

- Que miras? - me preguntas.
+ La forma de tu cuello, me encanta. Parece estar diciendo: "muérdeme" - contesto riéndome.
- Mira que eres payaso. Me dices, en un falso reproche.
+ Mira que te gusta. Le digo yo... Y otro silencio lleno de miradas y con mi dedo acariciando ese cuello. Dedo que tu no rechazas...al contrario. Lo agradeces, entrecerrando los ojos y mordiéndote ligeramente el labio.
- Ya hemos llegado. Anuncias al poco.
+ Entramos? - propongo yo.
- Mira, yo... Empiezas a intentar explicarte, pero te interrumpe mi dedo índice posándose, decidido, en tus labios.
+ No digas nada aquí. Entremos.

Me obedeces en silencio. Sacas la llave y salimos del coche. Te dejo pasar delante disfrutando de tus andares. Mientras nos acercamos a la puerta de tu casa, rebuscas las llaves en tu bolso y me miras mirarte de reojo. Sonríes. Sabes perfectamente que ese vestido te sienta muy bien. Llegamos a tu puerta, abres, y yo dejo que pases delante.

Cuando entro yo detrás, rápidamente empujo la puerta con el pie mientras te cojo de brazo y con la mano que me queda, dejo caer mi cartera al suelo. Al oír el ruido, te giras y me miras, sabes que no hace falta decir nada. Te dejas coger. Dejas que te quite el bolso y lo aparte con el pie, cojo las llaves y las dejo sobre la mesita de la estrecha entrada. Tu no puedes dejar de mirarme fijamente mientras me acerco todavía mas y te empujo suavemente con mi cuerpo contra la pared.

Cierras los ojos y ronroneas cuando hundo mi cara en tu cuello. Me coges la cabeza, pero yo no te dejo. Te cojo tus manos con las mías y las alzo hasta hacer que tropiecen con la pared. Estas atrapada, y te gusta, lo leo en tu mirada. Me quieres morder, pero no te dejo, me separo ligeramente , y entonces te hablo, mirándote a los ojos, muy serio:

+ No.
- No que? Me preguntas, mientras te revuelves, queriendo soltarte.
+ No quiero follar. - te digo suavemente al oído, mientras mi lengua recorre tu cuello, y mi cuerpo no te deja mover.
- Pues menos mal... - dices riéndote.
+ Te lo estoy diciendo en serio - contesto. - No me conformo con ser uno mas. Te intento explicar mientras me acerco un poco mas y tu me rodeas con una de tus piernas, notando mi sexo excitado a través del pantalón. Una sombra de duda pasa por tu mirada mientras tratas de averiguar si quien miente es mi boca o es mi cuerpo, aunque que claramente puedas notar que se muere por ti.
- Tu polla no dice lo que dicen tus labios.

Y entonces te beso por primera vez.
Es ese beso. El tantas veces soñado, el que reúne en unos segundos tantas horas de conversación, tanto llanto, tanta comprensión.
El que te afloja y hace que tengas que bajar la pierna que me apretaba y apoyar el culo contra la pared, para mantener una mínima dignidad. El que te marea y te hace sentir la mujer que tu quieres ser. Ese beso. Tímido y húmedo. Sexi y cariñoso. Con las lenguas imperiosas, reclamando su ración de deseo. Con las respiraciones acompasadas, el resumen de todos nuestros deseos cumplidos.

- Joder! - exclamas cuando paramos para poder respirar... Y tu dices que no quieres follar? Que pasará cuando quieras?
+ No he dicho eso. Lo que te quiero decir es que no quiero, solo, follar contigo.
Quiero poseerte, en cuerpo y alma. Quiero que seas mía y que tu sientes que quieres serlo.
Quiero, que pasado un tiempo, cuando estés en la cocina cortando patatas, tengas que sentarte porque las rodillas te flojean, solo por el recuerdo de este encuentro.
Quiero grabar en tu piel mi aroma, que me lleves dentro de ti, quiero que poseas hasta mi sombra. Que te la quedes, para que siempre te haga compañía. Te quiero toda y entera para mi, a pesar de que no podamos estar juntos. Quiero que sea quien sea tu compañero en ese momento, nadie pueda entrar en la habitación que me guardarás en tu corazón. Quizá nunca mas volvamos a tener esta oportunidad...solo quiero ser tu mejor recuerdo.

Mientras te digo esas cosa bajito al oído, mi mano ha ido subiendo, intrépida exploradora, por tu pierna, buscando el centro de nuestro pequeño universo. No me hace falta mirar a otro sitio mas que a tus ojos ni atender a otro sonido que el de tu respiración agitada cuando mis dedos entran por debajo de tus braguitas comprobando que estas completamente mojada. Un leve estremecimiento te sacude al notar mis dedos entrar despacio dentro de ti, eso me anima a seguir acariciándote, sin dejar nunca de mirarte.

Te has quedado con las dos manos arriba y mi cuerpo empujando al tuyo contra la pared. Mis labios recorriendo tu cuello, y mis dedos buscando tu clítoris, conforman un cuadro del cual ninguno de los dos queremos salir. Noto tu pecho subir y bajar cada vez mas rápido, y un sonido grave y profundo que llega desde lo mas recóndito de tu alma me dice que estas a punto de correrte. Has bajado las manos, te abrazas a mi cuello, temerosa que de las oleadas de placer que ya te recorren conviertan tus piernas en plastilina, y seas incapaz de mantenerte en pie. Notas aliviada que te cojo fuerte de la cintura y, sabiéndote segura, te abandonas dulcemente a otro orgasmo.

Cuando ya he notado tres, retiro mi mano de tu sexo suavemente y mirándote a los ojos me llevo los dos dedos a la boca, saboreando tu esencia mas íntima. Todavía no te has serenado, cuando me miras muy seria, y en un gesto de una ternura infinita, acaricias mi mejilla suavemente y me besas, dulce como la miel. En ese momento, me coges de la mano tu a mi y me llevas hacia tu dormitorio subiendo las escaleras. Menos mal - pienso, sonriendo - que son dos días de congreso, porque hoy, me parece que no voy a llegar a ninguna conferencia.

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Mil gracias a todas las amigas que me han ayudado a dar color a este cuento.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Baño.

Me ha costado un poco, ya que no conozco la casa y el hecho de que aceptaras mi invitación he de confesar, me pilló por sorpresa. Tantas conversaciones, tanto mails, y aquel día cuando te lancé el órdago de ir a tu casa, me sorprendió que aceptaras tan rápido. Pero ya lo tengo todo preparado. El agua no esta demasiado caliente, pero si lo suficiente como para que al entrar, sientas como todo lo malo que llevas adherido a la piel, todas la batallas perdidas, todos los disgustos y las penas, se deshacen por arte de magia.

No te he dejado entrar en el baño para ayudarme, y por eso me ha costado, pero al final he encontrado las velas y al fondo de un cajón (por cierto, luego me cuentas que es "eso") he encontrado un poco de sales minerales para dar un toque de olor. El baño esta caliente, para que no tengas frío y solo me queda cogerte de la mano y llevarte desde tu habitación hasta allí. Veo que has sido una buena chica y me has obedecido, te has desnudado y te has puesto la bata, pero aun así te pongo una venda en los ojos, quiero que abras unos sentidos y que cierres otros. Quiero que juegues con los aromas y los sonidos, te olvides de la vista y dejes libre tu imaginación.

Tu pelo, recogido en un moño muy gracioso, rebela tu cuello... pero ...ejem. No nos distraigamos que ya estamos casi.
-Uf. Que calor -me dices.
+Si, es necesario que abras todos los poros de la piel -te explico- para dejar salir todo lo malo que se te ha ido pegando como una costra. Ahora, te voy a quitar la bata. Me dejas?
-Si. Contestas bajito, todavía pudorosa, a pesar de haber aceptado las reglas de mi juego.
"Déjate llevar", te propuse. "Hasta donde me lleves", me contestaste tu, sonriendo.

Y aquí estamos. Suelto el cinturón de la bata y la dejo resbalar lentamente, sabes que estoy detrás de ti, y cuando ha caído del todo, giras levemente la cabeza y me sonríes. Yo te cojo de la mano, me la aprietas fuerte y desnuda en cuerpo y alma, me dejas que te ayude a entrar en la bañera.
Hay tantas cosas encerradas en esa media sonrisa que no hace falta explicar... Confianza, esperanza, sueños, cariño, tu deseo de ofrecerte desnuda y a la vez tu suplica muda para que abrace a la niña que todavía vive dentro de ti, y que tan indefensa está, a veces.

Te cojo de la mano, y te ayudo a entrar en el agua caliente.
-Uf!!! Esta quemando.
+Tranquila, enseguida pasará. Déjame que te ayude.
-Ay, Uy, uf! Exclamas mientras te ayudo a tumbarte en el agua, poco a poco.

Una vez dentro de la bañera, y al ir a quitarte le venda, me sorprendes:
-Déjala puesta. Quiero sentir a través de la piel... Me dices... quiero sentir.

No puedes verla, pero una gran sonrisa ilumina mi cara. Da igual la velas, lo importante es que has aceptado el juego y que ahora, dentro del agua, te relajas y apoyas la cabeza hacia detrás... escuchando los pequeños chapoteos de la esponja empapada. Cojo agua y te la dejo caer por los hombros y el tiempo se detiene, las prisas, las dudas, los problemas, se van disolviendo poco a poco en ese baño fragante y caliente. Estamos en silencio, no hace falta nada mas, yo tampoco espero nada mas, pero de nuevo vuelves a sorprenderme...

-Empiezo a tener frío. Entras y me abrazas? Me propones...
Sinceramente, no me lo esperaba. Ya es de por si un enorme placer el que hayas confiado en mi, para ayudarte. Pero esto...
-Ven. Me dices. Extendiendo tu mano. Necesito que me abraces. Ponte detrás, la bañera es grande, cabemos los dos. Abrazame. Hoy lo necesito.

La verdad es que no me lo pienso dos veces, y me quito rápido la ropa, y con tu ayuda, me meto en la bañera. Me sorprende la agilidad con la que te acoplas y te recuestas encima de mi pecho. Coges mis manos y me ayudas a vencer mi timidez abrazando tu pecho y tu estómago. Con la venda aún puesta, me susurras: 
- Cuéntame un sueño bonito"...
Y pienso que es en estos momentos, donde se esconde la verdadera felicidad...
+El sueño es estar aquí, contigo, ahora. Ahora hazte hacia delante, que te frote la espalda...

Tu media sonrisa, me dice que estas a gusto.
Y entonces yo también soy feliz.

viernes, 30 de marzo de 2012

Hotel Market. (Macao)

El día había sido largo y pesado. En Macao siempre hacía calor, así que cuando terminé el trabajo que me había llevado hasta ese rincón de Asia, me di un largo baño y me dispuse a bajar al comedor del Hotel Market, para cenar algo.

La suerte me hizo coincidir con Helen, su encantadora directora que se preocupó de encontrarme una mesa tranquila, ya que había cometido la torpeza de no reservar. Afortunadamente, su profesionalidad pudo resolver esa situación en un periquete.

La música, la comida, el ambiente relajado, ya que no había muchos huéspedes en el hotel, consiguieron que lentamente fuera olvidándome de todos los problemas que me habían llevado hasta ese rincón, al otro lado del mundo. La verdad es que no había sido fácil encontrar una salida digna para el embrollo en el que se había metido mi jefe, pero con un poco de suerte y paciencia el contrato estaría firmado en las próximas semanas y las mercancías podrían volver a viajar desde China.
Poco a poco, notaba como el cansancio acumulado me pasaba factura, 36 horas metido en ese despacho hasta conseguir que las piezas del puzle encajaran...me estaba haciendo viejo.
A pesar de ese cansancio, no pedí postre para poder pasar cuanto antes al Bar que se intuía a través de una cristalera. Una llamarada de color Rojo. Decorado como si estuviéramos en los tiempos de la vieja Macao independiente. Casi me pareció ver como un Lobo de mar, parecido a Corto Maltés salia por la puerta...


La suave luz del atardecer, se filtraba a través de las cortinas. En la Barra, una camarera agitaba una coctelera, como una metáfora, promesa de sensaciones exóticas y placenteras...me apetecía una copa.
Me busqué el rincón del fondo y cuando ella vino a ver que me apetecía tomar, le pedí que me preparara un Gin&Tonic refrescante. -Con Lima, Por favor. Con una agradable sonrisa, se retiró detrás de la barra, mientras yo empezaba a ojear el periódico.

A los pocos minutos apareció sobre mi mesa una enorme copa de balón con sus muchos hielos y su corteza de Lima...delicioso. El primer trago fue largo...lo necesitaba. No había pasado más de dos hojas del periódico cuando se abrió la puerta que comunicaba con el comedor del Hotel, y apareció ella...los grandes listones de madera del suelo hacían resonar sus tacones y al entrar un leve perfume a Lavanda la precedía. Se quedó parada en la puerta, como si buscara a alguien, el tiempo suficiente para poder admirar su presencia.

No era muy alta, pero sus tacones la hacían destacar. Unos zapatos negros, sencillos y elegantes. Medias negras y un vestido del mismo color con falda que le llegaba por debajo de las rodillas. Sencillo, pero de buen corte y mejor tela. Cerrado, sin escote delante y rematado con una discreta cenefa que le recorría desde la parte derecha del cuello hasta el final del hombro.
Al ver que no había nadie más que yo en el Bar se giró hacia donde había venido y pude comprobar entonces que el vestido se abrochaba en el cuello y dejaba una hermosa espalda, moteada de pecas, al descubierto.

Al no encontrar a quien buscaba, se quitó las gafas de sol que llevaba y las dejo sobre su pelo corto y rojizo que hacía destacar sus grandes ojos verdes. Un pequeño mohín de fastidio hizo que contrajera sus labios que apenas llevaban un brillo suave.

-Deliciosa, pensé. La copa y la aparición. Recuerdo que me pregunté entonces que sucedería si ella entrara en el bar...quizá me atreviera...?. En ese momento sonó su móvil. Al contesta la llamada, el mohín de antes pasó a ser una mirada que no hubiera querido que me dedicara jamás. Un soplido y la forma de cortar la llamada, me hizo ver que no había resultado una conversación agradable.
Miró su reloj y guardó el móvil en el bolso. Se dirigió a la barra y se sentó en un taburete justo enfrente de mí.. Desde donde yo estaba sentado, podía admirar su perfil, y hasta contar una a una las pecas de su espalda. Se pidió un licor, y lo apuró de un trago con gesto de fastidio. En ese momento el bolso resbaló de su regazo y fue a parar al suelo. 

Yo me había levantado para pedir otro Gin&Tonic, y ella me miró mientras me acercaba a recogerlo del suelo. Sentada en el taburete mantuvo las piernas cruzadas mientras yo me agaché y me levanté (despacio, lo confieso) para devolvérselo. Fue entonces cuando hizo algo que no me esperaba y que me cautivó. Sencillamente lo abrió, saco la funda de sus gafas y en un gesto de increíble dulzura (para mi), se las puso para poder ver bien a quien la había ayudado. Esos hermosos ojos verdes eran tan miopes como los míos, pero mujer al fin, se negaban a llevar siempre puestas las gafas...no pude evitar una sonrisa de oreja a oreja, mientras ella se ruborizó ligeramente. Encantadora.

-Muchas gracias, me dijo. Con un acento peculiar, del norte...
-De nada, le contesté. Sin dejar de mirarla. Le importaría si me siento con usted, le pregunté en un arranque que todavía no acierto a entender como me permitió mi timidez.
-Encantada, me contestó ella, pero quizá estemos más cómodos en su mesa, no?.
-Como usted quiera.

No sé que me parecía más cautivador de ella. Si el leve roce de las medias contra su vestido de seda, el aroma a lavanda que emanaba su piel, las pecas de su escote que, en un gesto de caballerosidad al cederle el paso me atreví a rozar, o la coquetería con las gafas que inmediatamente volvió a guardar en su funda. Después de dos copas más, ya éramos íntimos. Ella también estaba allí por trabajo y volvía en el vuelo del día siguiente hacia Londres. Su compañera la había dejado plantada en el último momento...un novio chino me contó. Era su ultima noche allí y había decidido celebrarlo a lo grande, pero la habían dejado tirada.

-Bueno, no está todo perdido, le contesté. No cree?.
-Si, creo tiene razón. Estos encuentros casuales... No está todo perdido, me contestó ella.
En ese momento se disculpó para ir al baño.
-Vuelvo enseguida, no se vaya a ir usted también me dijo.
-No se preocupe, no pienso moverme de aquí!.
Y claro, me dispuse a esperar lo que la noche podía dar de si...

-Disculpe señor.
La voz de Helen, la directora, me sorprendió. Desconcertado, me incorporé rápidamente en el sillón con el periódico encima de las piernas.
-Es tarde y tenemos que cerrar el Bar, me dijo.
-Disculpe, pero...y la chica? Le contesté yo.
-Que chica?. No hay nadie más en el Bar a estas horas. De hecho todavía tiene Vd. la copa casi sin tocar. Se nota que estaba cansado, porque ha sido sentarse y quedarse dormido en poco tiempo. Si lo desea podemos llevarle la copa a su habitación.
-Si gracias, creo que será lo mejor. Realmente si que estaba cansado...

Al ir a salir del Bar, pasé por al lado del taburete donde había estado sentada la chica de mis sueños. Y creí ver algo...con la copa en la mano me acerqué y descubrí una tarjeta de las que dan acceso a las habitaciones. 212 ese era el número...Helen se había ido, nadie me miraba...con la tarjeta en la mano pensé que no perdía nada por comprobar si había sido todo un sueño...o no...

Al abrir la puerta del Bar noté que en el aire flotaba un suave aroma a Lavanda.


( Fotos, cortesía de la Web del Hotel Market en Barcelona )

Agradecimientos:

> a Sonia por la recomendación.
> a Eva por la inspiración.

lunes, 20 de junio de 2011

Una carpeta roja.

- Quien sale primero?.- Buena pregunta. Y nos reimos los dos a la vez. Arreglate el pelo y la falda se ha rodado. Póntela bien.
- Tu sonrisa te va a delatar. Al fin y al cabo que no lleve ropa interior, no se nota, pero esa risita tonta...
Fuera ya no se oye ningún ruido, es tarde y la oficina está casi vacia, pero no podemos fiarnos. La redacción de un periodico no cierra nunca, y siempre puede aparecer alguien en el momento más inoportuno.

Eso no ha impedido este estallido de pasión descontrolada y absolutamente inesperada. Para los dos.
Te vuelves a pintar los labios, y es una buena idea, así parecerá que aqui no ha pasado nada. Pero ha pasado mucho más de lo que nunca hubiera imaginado, y los dos lo sabemos.
- Esta bien así? me preguntas.
- Preciosa. Te contesto. Un mohin, y dejas un beso en mis labios con la punta de tus dedos. Antes de salir, sin mirarme, vuelves a levantarte la falda, dejándome ver ese culo que tanto me gusta tener entre ms manos. En el último momento, te giras, dejas caer la falda, me giñas un ojo y sales pisando fuerte de la sala de fotocopias.

Menos mal. no habría podido mantenerme digno mucho tiempo más.

Todavía me cuesta controlar los latidos de mi corazón. Desde luego ha sido toda una sorpresa que después de todo un mes cubriendo las aburridas sesiones de los señores parlamentarios, te hayas acercado al despacho cuando ya estabamos terminando el número especial y te hayas sentado en el borde de mi mesa, con aires de tener un secreto que contar.
- Creo que deberías prestarle atención a esto, me has dicho. Y me has dejado una carpeta roja encima de las rodillas, mientras te sentabas en la mesa al lado del raton y tu falda se subia por tus muslos hasta límites poco habituales.

He tenido que , para disimular un poquito, desviar la mirada de tus piernas hacia la carpeta, pero he podido ver una sonrisa curiosa en tu cara. Al abrir la carpeta, casi me caigo de la silla: unas preciosas braguitas de encaje negras cuidadosamente dobladas estaban encima de unos cuantos documentos.
Al levantar mi mirada, asombrada por supuesto, pude ver tu sonrisa pícara, sin disimulos. No ha hecho falta decir nada, tan solo miraste hacia abajo y al acompañar tu mirada vi como separabas lentamente las piernas, dejándome descubrir mucho más que unas sombras inciertas. Tu pubis, con un leve trazo de vello rubio, se mostraba ante mí más que atenta mirada.
Supongo que se me quedó cara de merluzo, no me lo esperaba. Te has quitado las gafas, dejándolas en mi escritorio, me has cogido de la mandibula y acercándote me has preguntado si no deberíamos fotocopiar esos documentos.

Estaba claro que la palabra No,se había borrado de mi vocabulario. Me levanté y al hacerlo pude comprobar el color dorado de tu vello, tuve el atrevimiento de apoyar mi mano en tu muslo, mucho más arriba de lo que sería normal. Y sonreiste.

Bajaste de un salto de mi mesa, y me hiciste a un lado. El mensaje estaba claro: sabes que no llevo nada debajo de esta falda, sufre viendo como se mueven mis muslos y mi culo hasta que lleguemos a la fotocopiadora. Que, por cierto esta al otro lado de la redacción.

Dos paradas, en dos mesas. Dos conversaciones intrascendentes y un millón de miradas a su culo después, llegamos a la puerta del cuartito inmundo, hasta el momento, tan odiado. Era una habitación pequeñísima donde habián incrustado, literalmente, dos fotocopiadoras de la edad de piedra, que hacián tanto ruido y generaban tanto calor, que siempre había que hacer las fotocopias con la puerta cerrada para no molestar. Nunca había caido en la cuenta de que ese inconveniente pudiera, algún día, ser tan interesante.

Al llegar has frenado de golpe y no he podido evitar chocar contigo, el paseo entre las mesas de la redaccion, al compas de tus caderas había logrado ponerme lo suficientemente eufórico como para que lo pudieras notar a través de la tela. Un ligero movimiento de tus caderas, como acoplandote a mi sexo, me ha hecho pensar que te gustaba. Has abierto la puerta. Sin concesiones a la galantería ni a las buenas formas y costumbres, te he cogido el culo en cuanto he cerrado la puerta. Atraida hacia mí, cogiendo tu nuca y tu culo he bebido de tus labios como si no hubiera mañana. Tu no te has quedado quieta, me has atraido hacia ti, vientre contra vientre, tu pecho contra el mio, con ganas de comerme, y yo con ganas de dejarme comer.

Tu pintalabios ha durado muy poco, besado, lamido y mordido no ha aguantado ni un minuto. Tampoco los botones de tu blusa, que me he apresurado a desabrochar. No se, no me he dado cuenta, de cuando me has quitado el polo naranja que llevaba, pero en un instante tenías la pierna derecha subida hasta mi cintura el sujetador desabrochado y a mi lengua recorriendo tus pezones, duros y expectantes.

Un instante, tan solo me he permitido parar un instante, para cogerte del cuello, tirar tu cabeza hacia detras y subir lentamente con mi lengua desde tu pecho izquierdo hasta detras de tu oreja, mientras tu ronroneabas, dejándote hacer. Un segundo después, mis dedos recorrian tus muslos hacia arriba buscando el centro de tu universo. Me he deleitado acariciando esa pequeña sombra de pelo que has dejado arriba de tu sexo, pero tu urgencia era grande y en un habil movimiento de cadera me has indicado donde debía hurgar. Primero despacio, y luego más deprisa. Ganando intensidad conforme tu ganabas humedad. Un dedo y luego dos se han deleitado explorandote y cuando he notado que ya estabas lo suficientemente excitada, me he dejado de tonterías y me he dedicado, en cuerpo y alma, a acariciar tu clítoris.

Tu respiración ha ido cambiado, tus movimientos se han hecho más bruscos, más urgentes...el mundo, de repente, ha dejado de girar para los dos. Me has mordido en el cuello, al principio fuerte, pero conforme alcanzabas el orgasmo, conforme tu cuerpo se abandonaba y te diluias entre mis dedos, has ido aflojando la presión en busca de aire que respirar. Un gruñido sordo y profundo me ha dicho que te dejabas llevar, que la pequeña muerte llegaba y te he sujetado fuerte, atrayendote hacía mi y evitando que cayeras. Tu cuerpo se ha estremecido y después de los estremecimientos, me has cogido la mano, indicandome que parara. No me has dicho que quitara los dedos, simplemente has susurrado "para". No nos hemos movido de esa posición, tu respiración ha tardado unos minutos en regularizarse y al moverte has liberado mi mano que estaba empezando a quedarse dormida, atrapada entre tus muslos. No he podido evitarlo. Me encanta chupar esos dedos que habian estado dentro de tí. Me has mirado y has sonreido. Después te has acercado muy despacio, me has puesto tu mano en mi mejilla y me has dado el beso más dulce, largo, intenso y sincero que me han dado jamás. Y un abrazo inmenso. Tus ojos brillaban.

Un ruido, al otro lado de la puerta, nos ha devuelto a la realidad. Yo me he puesto el polo, tu te has colocado el sujetador, te has alisado la blusa y te has bajado la falda a la velocidad del rayo. Era una falsa alarma, pero estaba claro que no podíamos seguir allí.

Has cogido el boli y me has apuntado una dirección en la mano.
- Veinte minutos. Si vienes en moto, quince. Quedamos en una hora? Me has preguntado sonriendo.
- LLevo algo para cenar?. Te he preguntado.
- Ya improvisaremos algo para cenar. No te preocupes.

Todavía me tiemblan las piernas, tengo que acabar la crónica de mañana y tengo poco tiempo. Encima se ha marchado y me ha dejado la carpeta roja a mi. Al llegar a mi mesa, me he encontrado sus gafas encima del teclado, y no he podido evitar esa sonrisa boba.

jueves, 5 de mayo de 2011

Silencio que llama a silencio. ( Dos años )

Segunda Parte. 


La verdad es que hoy me venia fatal esta reunión porque tenia hora en la peluquería. Si estos pesados hubieran hecho las cosas bien, no tendríamos que estar dorándoles la píldora ni dándoles explicaciones. Hemos tenido que estar mucho tiempo de pie y me duelen las piernas. Por mucho que me alise la falda mientras me masajeo los muslos, no se me pasa esa sensación de pesadez, y encima estos zapatos nuevos me están haciendo polvo los pies.

Afortunadamente, la cosa ha ido mejor de lo que yo creía al principio. Estos ingenieros, tan arrogantes ellos, tan pagados de si mismos... Menos mal que en su equipo había una chica, muy maja y muy competente: Sofía, que me ha echado un capote enseguida. Solidaridad femenina o interés personal. Me pregunto si se habrá dado cuenta.

De pronto alguien mas, ha entrado en la sala. Parecía como muy despistado y en una primera impresión, un poco descolocado. Como si lo hubieran hecho salir bruscamente de su mundo para aterrizar en este. "Mira el gafapasta" he pensado, con su barbita de tres días y sus aires de no haber roto nunca un plato. Pero una mirada que le he pillado a Sofía me ha hecho cambiar de opinión. Aquí hay algo mas, he pensado. Se ha detenido a hablar con el Boss, a atendido sus instrucciones y no ha dicho nada mas. Silencioso, se ha acercado al rincón de la mesa donde estábamos nosotras y se ha colocado al lado de ella, pero sin dejar de mirarme.

Y ahí es cuando me he dado cuenta. Sofía esta pilladita por su jefe!. Porque resulta que es su jefe.
Se hablan de tu, se complementan, se nota la complicidad en el trabajo. En diez minutos me han demostrado dos cosas: que como equipo de trabajo valen mas que todos los demás de la sala juntos y que a Sofía se le cae la baba por él.

Que fastidio, he pensado al principio, a mi que me gustaba esta chica y la quería invitar a tomar algo después de salir...y justo entonces, mirándola como lo miraba a él, es cuando se me ha ocurrido la idea. Esta chica esta colada por el, pensé, si quiero llegar al lado de ella, tendremos que incluir al chico en el lote.

Un par de preguntas y dos soluciones ingeniosas después, el ha puesto su mano sobre la miá. Yo ya me había percatado de las miraditas al escote y de que hablara quien hablara no podía quitarme el ojo de encima. Así que le he dejado hacer. Y la pobre Sofía bebiendo los vientos por él, pobrecita. El amor es ciego, y sordo y mudo y tonto. Esta circunstancia me ha permitido poder observarla a voluntad, yo tampoco podía apartar la vista de su pelo negro y rizado, de su piel y de unos pliegues muy graciosos que tiene en sus orejas. No he podido evitar un mohin divertido, al levantar la mirada y ver a Sofía sonreír una broma de su jefe de una forma muy dulce.

De pronto una llamada ha roto ese circulo mágico de miradas entre los tres y "nuestro" chico se ha tenido que ir. Perfecto, he pensado. Al fin solas. El poco tiempo mas que ha durado la reunión, lo he dedicado a camelarme a Sofía y a conseguir el numero de su móvil. El trabajo ya estaba claro y lo único que quedaba es que los financieros ultimaran el presupuesto y pusieran fecha para empezar a trabajar.

No me ha sorprendido encontrarlo "casualmente" delante del ascensor con unos papeles que, vaya por Dior, eran para Sofía. A mi me hubiera gustado despedirme de ella en último lugar, pero no ha podido ser. Allí estaba el, esperándome, dando vueltas nervioso. He cogido disimuladamente a Sofía de la mano, y nos hemos apartado un poco. "Cosas de chicas" habrán pensado, los muy estúpidos. No le he soltado la mano para poder acariciar su piel y ella me ha sonreído con esa luz tan especial que tiene en los ojos, me he acercado lentamente para disfrutar de su aroma y del contacto de su pelo. Nos hemos dado dos besos como en esas escenas del cine, a cámara lenta.

Creo que a ella también le ha gustado, o al menos eso he creído leer en su mirada. "Te llamaré" he dicho antes de soltar su mano, sintiendo su ultimo apretón. Mientras se giraba para preguntarle a su jefe, enfadada pero cariñosa, sobre "esos papeles". El ha esperado hasta el final como un buen chico, dentro de su papel, y eso merecía una recompensa. "Dos años" le he susurrado bajito al oído y al instante se le han encendido los ojitos.

Dos años tengo, he pensado, para tejer la tela donde caerá Sofía y aunque tenga que usarte como cebo chaval, valdrá la pena el esfuerzo por la recompensa de sus rizos.Quien sabe si ademas lo pasamos bien tu y yo. Una punzada de dolor en el pie izquierdo me ha devuelto a la realidad y no he podido evitar morderme el labio fastidiada, mientras las puertas del ascensor se cerraban detrás de mi.

Dos años.

viernes, 29 de abril de 2011

Silencio que llama a silencio.

Primera Parte

"Nada es verdad ni es mentira, todo es según el color, del cristal con que se mira".

Silencios que duran una eternidad. Esa mano nerviosa, apartando un mechón de pelo. Te has alisado ya varias veces la falda, con ese gesto que delata tu incomodidad.

La reunión ya había empezado cuando me ha llamado Andrés, para consultarme sobre la estructura. En la sala, sobre la mesa, todos los planos extendidos, los portátiles enchufados y ese ambiente q denota un par de horas de trabajo realizado y otro par, por lo menos, para poder llegar a algún acuerdo. De entre todos y todas las personas de la sala, tu pelo corto y tu traje, tan elegante, han captado inmediatamente mi atención.

Las preguntas que me habéis formulado, claras y bien planteadas, han resultado después de explicarlas, muy clarificadoras. Y los puntos de discrepancia se han convertido con tus aportaciones en soluciones muy ingeniosas. No he podido rozar tu mano. La primera vez ha sido casualidad, al señalar en el plano de planta, donde podríamos instalar ese módulo. Pero la segunda ha sido intencionada. Lento mi gesto, se ha recreado en la suavidad de tu piel. Estabas atendiendo a Sofía, y al sentir mi roce has girado la cabeza, mirando mi mano sobre la tuya y has sonreído. Un segundo, solo un instante y la he retirado para disimular el gesto con una pregunta sobre el plano q tenias delante. Tu no has cambiado la sonrisa e incluso has hecho una mueca graciosa, al pillarme mirando la oscura tentación de tu escote.

No te has movido un milímetro de tu postura, inclinada junto a Sofía sobre el plano, y el tiempo se ha detenido en la sala. Tus ojos y los mis han cruzado una de esas miradas silenciosas, capaces de parar el mundo. Una llamada telefónica ha roto el hechizo, tenia una visita y debía atenderla. Al salir, he vuelto a mirarte, y tu has vuelto a levantar tu mirada.

He hecho malabarismos para quedarme en la oficina hasta q terminarais la reunión, conteniéndome para no volver a entrar a la sala. Por fin, he oído abrirse las puertas y os he visto salir. Todos con caras sonrientes: la reunión había sido un éxito y el proyecto estaba casi terminado. He procurado hacerme el encontradizo y os he alcanzado cuando estabais despidiéndoos delante de la puerta del ascensor. La excusa: entregarle unos papeles a Sofía. Has sido la ultima en saludarme, casi todos te han dado dos besos. Yo no. Yo quería tus ojos, tu mirada. Al darte la mano, me la has dejado unos segundos mas de lo normal, unos instantes mágicos. No ha sido un saludo formal, ha sido una caricia y un beso profundo y lento, regalado con esos hermosos ojos verdes.

Poco a poco hemos retirado las manos, y al girarte. Mientras te alisabas otra vez la falda, al entrar en el ascensor he podido ver como te mordías el labio inferior...ese gesto. Las puertas se han cerrado y ha tenido que ser Sofía quien me preguntara por "esos papeles tan urgentes" que tenia para ella. Sonreía y no he sabido contestarle. De repente me he acordado. Este proyecto nos asegura dos años de trabajo.

Y no he podido evitar sonreír, con esa sonrisa tan boba, pensando en el deseo encerrado esos ojos verdes.

(continuara...)

jueves, 7 de abril de 2011

Perfecta desconocida.

Querida vecina de asiento, 

me gustaría tener valor para decirte que pareces cansada. Pero te miro, y me limito a estudiarte, no me atrevo a hablar contigo. En tu rostro se nota que ha sido un día duro y tu semblante refleja el fragor de la batalla. Me gustaría decirte que esa huella, tan humana, te da un aspecto tierno y otorga a tu mirada una dulzura especial. Creo que no eres el tipo de mujer despampanante que llamaría la atención de los hombres al pasar; lenta y cadenciosa, por el pasillo del avión arrastrando tu maleta roja hasta llegar a tu asiento. Pero hay algo en tu mirada y en tu sonrisa sincera que ha llamado mi atención. Quizá sea ese rasgo tan humano del bostezo, algo tan natural. Ya es tarde cuando va a despegar el avión y los dos, en eso coincidimos, no paramos de bostezar. Ha sido curioso cuando nos hemos visto el uno al otro con la boca medio abierta y nos hemos reido. Vaya par!.

El avión va casi lleno, pero curiosamente entre nosotros hay un asiento vacio. Tu has escogido ventanilla, yo pasillo. Y hemos tenido suerte: nadie que nos moleste. En realidad, pienso egoistamente: nadie que me moleste. Así con la excusa de mirar las maniobras de despegue y el paisaje, puedo observarte, sin que te des cuenta. o al menos eso quiero creer (que no te das cuenta de que te observo).

No tengo ganas de leer y me seduce más fijarme en tus manos, pequeñas y cuidadas, pero que te empeñas en esconder porque seguramente no estás muy orgullosa de ellas.
Tu peinado, cuidado. con ese aire tan "casual", un buen reloj en la muñeca y un bonito anillo en tu dedo corazón. Un sueter gris y unos vaqueros ajustados, zapatillas planas: comodidad para viajar. Ningún artificio. Sencillez. Me gusta la idea que transmites, que reflejas en el brillo de tus ojos marrones.

Tus ojos, que cuando se han cerrado, intentando conciliar un breve sueño, no han parado de moverse inquietos debajo de los párpados. Intuyo que te sabes observada. Pero tu aspecto no delata intranquilidad, creo que más bien te dejas mirar y esperas... Es imposible sustraerse al ruido que hace un grupo de chiquillas en el fondo del avión y un comentario casual hace que te gires y me mires. Tu sonrisa resplandece, me parece muy atractiva, ilumina tus facciones, pero giras enseguida la cara. Me he dado cuenta de una sombras en la piel de tus mejillas y que no llevas maquillaje ni colorete. Te averguenzan esas manchas? Porqué?. Forman parte de todo el camino que llevas recorrido y que te ha traido al asiento de este avión hoy. No hay nada de lo que arrepentirse o avengorzarse.

Tu edad la calificaría de indefinida, pero tu manera de moverte te hace tener un aspecto muy juvenil. Pero tu cuerpo se revela, a través de la ropa holgada, delgado y flexible (te has doblado por completo para coger algo que se te ha caido al suelo). Lamento el examen al que te sometí, como verás tan solo me atreví a mirarte como lo más interesante que había en un avión de vuelta. 

Lamento profundamente no haber reunido el valor suficiente para empezar una conversación contigo. Sobre qué?. No sé, algo intrascendente que me hubiera permitido ver tu sonrisa otra vez.

Quizá en el proximo vuelo. Hasta siempre perfecta desconocida.

martes, 25 de enero de 2011

Viaje al pasado

Fue su olor lo que la delató. Tantos años y seguía usando el mismo perfume que, al contacto con su piel, tenía aquel olor tan característico, aquel olor que me traía tantos recuerdos. El tren avanzaba lento al salir de Praga. El invierno estaba llegando a su fin y ya se veían algunos signos de que la primavera llamaba a las puertas de la vieja ciudad. En los jardines empezaban a despuntar los primeros brotes y las flores se abrían paso entre los restos de nieve. En ese momento yo estaba de espaldas, asomado a la ventanilla del tren, y no la vi llegar. 

Cuando pasó por detrás de mí, pude darme cuenta. Solo ella olía así. No pude evitar girarme para seguir sus caderas por el estrecho pasillo del tren. Había que reconocer que sabía caminar, el vestido negro favorecía su silueta y los discretos zapatos, sin mucho tacón, le hacían más esbeltas las piernas. Los años no habían alterado el color natural de su pelo, ese naranja intenso que tantas veces me embrujó. Me dí cuenta de que se instalaba en un compartimento al otro lado del vagón. Cuando desapareció de mi vista, no me lo podía creer. Ella, allí, tan lejos. Un fantasma del pasado.

A veces la vida te lleva por caminos insospechados, pensé. Resultaba muy curioso que una cadena de coincidencias me habían llevado hasta ese tren nocturno hacia Berlín y que ella estuviera en este mismo tren era “casi” imposible. No pude evitar sonreír al recordar nuestro último encuentro. En otro tiempo, en otro país, y en otra estación de tren. Fue ella la que decidió aceptar aquel trabajo lejos de casa, lejos de todos. Simplemente me dijo adiós y se marchó. Y ahora volvía a encontrarla,
El sol se ocultaba, lentamente, detrás de las montañas. La vía seguía el curso de uno de esos ríos europeos que lentamente, van dejándose caer hacia el mar. Encajonado en un estrecho pasillo entre montañas, veía pasar el agua lenta, reposada. De vez en cuando alguna barcaza se situaba en paralelo al tren y durante unos instantes compartíamos el mismo viaje. No me había sentado en mi butaca. Me había dejado llevar por la placidez del río y los recuerdos acumulados de los años que pasamos juntos. Al pasar la frontera de Alemania,  decidí a ir a buscarla. Pensé que al estar en un país extranjero para los dos, una tierra de nadie, podríamos conjurar juntos los fantasmas que nos separaron en el pasado. Buscaba una respuesta. No es que fuera importante encontrar respuestas ahora que ya habían pasado muchos años, pero si no lo hacía, sabía que ne arrepentiría siempre.

Me acerque lentamente por el pasillo, preguntándome como abordarla. No bastaba un simple “hola como estás”, tendría que ser algo más original. Caminaba distraído en esos pensamientos cuando al llegar delante de la puerta de su compartimento, en ese mismo instante, ella la abrió y salio al pasillo. La agarré por la cintura justo cuando se abalanzaba sobre mí. Se quedó de piedra. Pude ver la sorpresa pintada en su rostro. Al principio por el tropezón, y luego como iban abriéndose su hermosos ojos marrones conforme su cerebro reaccionaba y me reconocía. Casualmente, yo no había dejado de abrazarla por la cintura, cuando ella me puso la mano en la cara y con voz entrecortada por el susto me preguntó: “Vaya, que sorpresa. Hola, que tal, como estás?”.

Ahora, el sorprendido fui yo. Me entró la risa floja y, sin soltar su cintura, empecé a reír. Ella, sin quitar su mano de mi cara, se contagió de mi risa y acabamos abrazados en mitad del pasillo. Después de unos momentos interminables, me cogió dulcemente de la mano y me sentó a su lado en el compartimento. Cerró la puerta y corrió las cortinas, se agarró de mi brazo y recostó su cabeza contra mi hombro, haciéndose un ovillo en su asiento. No hablaba, tan solo me abrazaba fuerte.
Fuera el sol se había ocultado ya detrás de las montañas. En esa hora mágica, entre el día y la noche, en un viejo tren camino de Berlín, un amor del pasado reencontrado de forma casual lloraba, en silencio contra mi hombro. 

No había nada más que decir, sobraban todas las palabras.