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domingo, 11 de noviembre de 2018

De vez en cuando...

Pienso.
Lo malo es que esos instantes de lucidez (o locura, según se mire) me suelen dar en sitios poco amables con lo de escribir, la ducha, el baño...

Entonces surgen las duchas de minuto o las prisas mientras anoto las ideas básicas sobre esa idea maravillosamente loca.

Y todo porque los zumos de Naranja se han de tomar recién exprimidos, porque si no, como muy bien dicen todas las madres del mundo antes de soltar su colleja voladora: "se les van las vitaminas".

De ahí a reflexionar sobre las esperanzas y la ilusiones... solo hay unas gotas de gel y algo de agua caliente.

Porque no son lo mismo.
Para nada.

Esperanza, etimológicamente hablando, viene de esperar. De no ejercer acción alguna, de la pasividad del no hacer nada y "esperar" a que algo suceda. En cierto sentido podría ser considerado una parte de la estrategia de nuestras vidas. Tenemos esperanzas de que algunas cosas sucedan pero las vemos tan lejanas, tan grandes que no podemos hacer nada por alcanzarlas.

Pero la vida no solo requiere de estrategia sino también de estrategia. Y ahí es donde entran las ilusiones. Las primas revoltosas de las esperanzas... Las que implican una acción, un hacer para que se conviertan en realidades, las que necesitan de la motivación para fabricarlas y de la determinación para ejecutarlas.
Las esperanzas llegarán, quizás; las ilusiones hay que hacérselas.

Así, después de la ducha rapida llego a la conclusión de que una esperanza no es más que una ilusión cansada o lo que es lo mismo, que las ilusiones hay que tomarlas recién hechas, si no, como al zumo de naranja, se le van todas las vitaminas y, al final, devienen en esperanzas. Eso si, las esperanzas toleran muy bien el congelador... esperando el día en que sean descongeladas.




miércoles, 3 de febrero de 2016

Listas...

Notas Mentales:

1-Nadie es mejor que nadie pero todos siempre, van a querer parecer mejores que tú en algún momento.

2-Busca un refugio donde regresar en caso de tormenta. Un recuerdo, un olor, un lugar,  un cuento... Y no se lo digas a nadie. Guárdalo bajo siete llaves. Lo necesitarás.

3-El dinero no da la felicidad. Es más, trae conflictos y problemas. Así que si te toca una primitiva, cállate y desaparece.

4-Ten siempre a mano un repuesto de púas. Ser erizo es cansado y se van desgastando con los roces de la vida.

5-Estudia a tu enemigo y cuando descubras su punto débil, vigílalo. Él esta haciendo lo mismo contigo.

6-Si te callas y dejas hablar aprenderás. Si hablas tú, tan sólo te escucharás a ti mismo y no aprenderás nada nuevo.

7-Ser invisible es una virtud. Hacerte el sordo es una estupidez.

8-Aprende cuando te riñan. Escucha atentamente, quien lo hace te está mostrando sus debilidades,  por donde puedes atacarle.

9-Apunta todo. La memoria es como las felicidad, esquiva, efímera y frágil.

10-No dependas de nada que no puedas llevar contigo la noche de la partida.

11-No te apegues a nada que no puedas llevar en tus bolsillos. Los del pantalón o los del alma...

12-Haz listas. Durante ese tiempo que usas para pensar, eres invencible porque nada ni nadie te a puede afectar.

13-El desamor es el mono que nos obliga a pasar nuestro cerebro, después de habernos atiborrado con drogas de la felicidad momentáneas.

14-Vivir mata. El principio y el final los debemos pasar solos y lo que sucede entre medias, encima, no depende de nosotros. Estamos jodidos...

15-Nunca te creas las listas de los demás. Debes elaborar las tuyas propias.
Aunque te duela.

16-Casi todo pasa...  Espero...

miércoles, 7 de octubre de 2015

El viaje de mi vida.

Tomo un pequeño sorbo de la cerveza mientras miro el mar, y pienso en el viaje de mi vida, ese que empezó hace un año y todavía no sé, exactamente, cuando terminará.

Tic, tac. Tic, tac. Tic, tac… Marcando el tiempo como el péndulo de un reloj, oscilando lentamente delante de mis ojos, vi acercarse por el pasillo una bolsa azul, grande y pesada. Tic, tac. Tic, tac… La observé fijamente, como si esa oscilación fuera capaz de volver a poner en marcha el tiempo que parecía detenido en la sala de espera de ese hospital. Durante unos segundos, no hubo nada más importante en el mundo que el movimiento constante de esa bolsa hasta que, me pareció escuchar que alguien pronunciaba mi nombre:
-¿Alicia López? – escuché desde el fondo de mi cansancio. Ya no sabía si era un sueño o una pesadilla, pero el sonido me llegaba atenuado, cómo cuando, hartos de todo, nos refugiamos del mundo en el fondo de una piscina.

– ¿Es usted Alicia López? – escuché otra vez preguntar. Pero ahora, más cerca.
De repente desperté: hablaban conmigo: yo soy Alicia López. Poco a poco, sin darme cuenta me había ido encorvando en ese asiento de plástico duro, dejando caer el cuerpo hacia delante, apoyando los antebrazos en los muslos, la cabeza en las manos y tan solo podía ver unos metros de pasillo, unos zuecos y la bolsa azul oscilando a pocos centímetros del suelo, delante de mi.

Tuvo que ser la enfermera, agachándose delante y poniéndose a la altura de mis ojos mientras sonreía de manera profesional pero educada, la que me volvió a preguntar:
– Disculpe señora: ¿Es usted Alicia López?
– Si – acerté a contestar de manera mecánica, mientras levanté despacio la vista del suelo.
-Veo que el calmante que le ha dado mi compañera ha hecho su efecto. No se preocupe, todo está ya dispuesto. Si es tan amable de firmar los papeles para autorizar la extracción de órganos – y mientras me decía esas palabras, que yo escuchaba aún lejanas, dejó en el suelo, a mi lado, la bolsa azul. Solo pude seguir su mano con la mirada, incapaz de reaccionar ante la presencia de ese bulto extraño para mí.

Supongo que la enfermera, acostumbrada a esos menesteres, detectó una muda pregunta en mi mirada extraviada hacia la bolsa porque me dijo:
-Esos son los efectos personales de su marido. Si es tan amable de firmar. Me permito recordarle que su marido era donante de órganos, disculpe que insista, pero en estos casos el tiempo es factor muy importante. – me pidió con esa mezcla de ternura y profesionalidad, sonriendo dulcemente, mientras me situaba un impreso delante y me acercaba un bolígrafo.

En ese momento me vino a la memoria una escena en la casa del pueblo: Pedro agachado encendiendo la chimenea, y muy serio, sin venir a cuento en ese momento, pidiéndome que de ocurrirle algún accidente, lo incineraran, pero que antes procuraran aprovechar todos sus órganos…

– Supongo que eso es lo que él quería – me dije a mi misma, casi sin escucharme la voz. ¿Donde tengo que firmar? – pregunté, alzando la cara hacia la enfermera.
-Aquí, por favor – y me indicó un cuadrado al final de la hoja, mientras me acercaba el bolígrafo y la tablilla con el formulario.

Y yo firmé sin gafas, convencida de hacer algo bueno… aunque todavía no sabía muy bien el qué. No era consciente, no había podido asimilar aún, todo lo sucedido. Lo único que recuerdo es que llegó un momento en el cual todo pasó a discurrir muy rápido, pero a la vez, suavemente. Esos calmantes que me dieron debían ser muy buenos ya que sólo escuchaba rumores leves y las personas se movían como si fluyeran, sin movimientos bruscos. No sé exactamente cuanto tiempo estuve aquí después de recibir la llamada de la Guardia Civil, las carreras hasta el hospital, las horas de espera… y luego todo se diluyó en este leve sopor inducido por los benditos calmantes.

Una vez la enfermera tuvo mi firma, se incorporó apoyándose en la silla de mi derecha con un gesto de cansancio y dejó un instante su mano en mi hombro. Yo sentí que me daba las gracias con ese gesto mudo y volví a quedarme sola en medio del bullicio de pasillo de urgencias, pero ahora una bolsa azul me acompañaba como testigo mudo del accidente que había cambiado bruscamente toda mi vida. La miré y pensé:
-“Tantos años casada, durmiendo al lado de este hombre y, de repente, todo lo que me queda de él está dentro de una bolsa azul, manchada de sangre
Y ese es el último recuerdo consciente de la espera en ese hospital, la imagen que liberó el dolor y me permitió precipitarme en un llanto silencioso, lento, desconsolado y liberador, hasta notar que alguien me abrazaba suavemente…

..
.
Tres días tardé en poder rebajar la dosis de calmantes para dejar de parecer un zombi. Durante ese tiempo tuve que ocuparme de todo: papeles, familia, llamadas, la ceremonia de incineración, los niños y su dolor inocente… Eso es lo que peor llevé: intentar explicarles que su padre ya no volvería, que nunca más iba a poder jugar con ellos. Porque hay una gran diferencia entre lo que habíamos acordado y esta situación. No, para nada es lo mismo. Afortunadamente el tener que encargarme de tantos detalles me evitó, pararme a pensar en que vía muerta habíamos dejado nuestra relación; aunque la separación había sido pactada por el bien de ambos y sabíamos que era una cuestión de tiempo, esto me cayó encima como una avalancha que arrastró todo a su paso, sin poderla evitar. En quince años hay demasiados recuerdos acumulados, como para olvidarlos de un plumazo.

Pasados todos los trámites, al fin pudimos quedarnos solos, los niños y yo. Bueno, y mi madre que, olvidando todos sus achaques, se erigió como niñera y feroz guardiana de la madriguera. El cuarto día desperté muy temprano, después de una noche agitada. Todavía quedaban por firmar algunos papeles de la aseguradora, fue una jornada dura y me empezaba a encontrar muy cansada así que decidí irme a dormir pronto. Bajé la persiana, me tomé mi calmante y, sólo entonces, sabiendo que la pastilla me adormecería en poco tiempo, me atreví por fin, a abrir la bolsa azul que se había quedado tirada en el fondo de un armario. Extendí una sábana vieja sobre la colcha y abrí el nudo. Dentro encontré su ropa rasgada y manchada de sangre ya seca, su pluma, la alianza, esa horrible cartera que no me gustaba nada, unas monedas, el móvil y las llaves, un paquete de pañuelos y unas tarjetas. Dejé todas las cosas, conforme salieron de la bolsa y me quedé mirándolas abstraída:
– Así que… ¿en esto se resume todo? – me pregunté a mi misma, observando la colección de objetos que resumían la vida de Pedro esparcidos encima de la cama.

El señor de la aseguradora, me había explicado que el coche sería declarado siniestro total. Dentro aún habrían cosas de Pedro: su maleta con ropa, la mochila de trabajo, su ordenador, folletos, papeles… pero tal y como había sucedido el accidente eran irrecuperables. Todo, menos los objetos personales que llegaron con él al hospital.

Antes de meterme en la cama, que de repente me parecía enorme, tiré la ropa a la basura, vacié su cartera, guardé los documentos, la pluma, las llaves y las monedas en una caja de zapatos e intenté encender el móvil. No lo conseguí. Tres días habían sido demasiados, estaba, probablemente, sin batería. Cogí el cargador que teníamos en casa y lo enchufé. Efectivamente: estaba completamente vacía; así que lo dejé cargando encima de su mesa de trabajo y me fui a la cama a dejar que la pastilla hiciera su efecto y me permitiera descansar unas horas esperando el cuarto día, intentando descansar un poco.

Desperté tarde y con un extraño sabor metálico en la boca. Hice café y con la taza caliente en la mano me acerqué al despacho y, después de mucho pensarlo, encendí el móvil. Mientras se ponía en marcha lo dejé encima de los papeles pintarrajeados que Pedro usaba para tomar notas mientras hablaba por teléfono. Números, fechas, dibujos y letras cubrían la superficie del montón de hojas sujetas por una pinza, al lado de las cartas que, sin abrir, se iban amontonando. Cuando me pidió el PIN le puse el que tenemos todos y el teléfono volvió a “pensar” hasta que encontró la red móvil, activó la WiFi y me mostró, desafiante, el patrón de desbloqueo.

Y ahí me quedé, mirando como una tonta sin saber que hacer… La pantalla de seguridad me pedía un patrón, un dibujo, una clave que desconocía, si quería ver lo que había en el teléfono de mi marido muerto. Primero me sorprendió la existencia de esa barrera, pero luego pensé que yo misma tenía una por si los niños jugando me borraban algo importante y el móvil de Pedro era “su herramienta” de trabajo, sólo se lo dejaba a los enanos para jugar si estaba él delante. Entonces se me ocurrió probar mi propio patrón en su teléfono, pero no era correcto. Sabía lo complicado que podía llegar a ser averiguar la figura. Una vez se me olvidó la mía y estuve dos días hasta que encontré la forma de saltar esa barrera, pero el móvil de Pedro era un modelo nuevo y con este ya no servían los viejos trucos. Tomé otro trago del café, que se estaba quedado frío, y me fui a despertar a los niños porque se iban con mi madre al Zoológico. Les puse el desayuno, y después de llevarlos a rastras hasta la cocina, insistir para que comieran algo y luego fueran a vestirse mientras yo preparaba el lavavajillas y pensaba en algo para comer, me acordé del móvil olvidado sobre la mesa. Estaba secándome las manos, cuando un grito del pequeño me hizo asomarme al despacho.
– Mira mamá ¡el móvil de papá funciona!- me dijo riendo, mientras me enseñaba cómo en la pantalla del móvil de mi marido no paraban de amontonarse iconos de mensajes.
– Pero… ¿como lo has desbloqueado enano?- le pregunté todavía con el trapo de la cocina en la mano.
– Pasaba por aquí y lo he visto encendido. Se me ha ocurrido ponerle el dibujo de Papá – me dijo mientras señalaba un dibujo geométrico sencillo repetido muchas veces entre los números de teléfono y los nombres, en el montón de hojas que usaba para tomar notas.

Resulta que la clave estaba ahí, delante de mis narices. Entonces me acordé de todas las veces que tenía que ir a por él para que dejara el móvil y viniera a cenar. Y siempre lo veía con un bolígrafo, pintando la misma figura en la hoja, una y otra vez, distraído, mientras hablaba. Mi hijo, orgulloso de su hazaña, me dio el teléfono que no paraba de vibrar y zumbar y se fue con su hermano. Lo dejé conectado, descargándose unas actualizaciones y le abrí la puerta a mi madre que se llevó a los niños rápidamente.
Una vez sola en la casa, camino de la ducha, me quedé un instante mirando el teléfono sobre la mesa desde la puerta, observando que no paraba de vibrar. Al salir del cuarto de baño, mientras caminaba de vuelta hacia el despacho secándome el pelo, todavía no era consciente de que mi vida ya nunca sería igual.

Tres horas después todavía estaba sentada frente a la mesa, con los pies en la silla, el pelo mojado y sin vestir. Las gafas en la punta de la nariz, mirando alucinada la pequeña pantalla de ese teléfono…
235 mensajes de WhatsApp, más de 400 mensajes entre Twitter, Facebook, Instagram. 125 mails, varias llamadas perdidas y hasta unos quince SMS…

Con la boca abierta, mi corazón latiendo a mil y el cerebro sin poder procesar todo lo que era y suponía para muchas personas, absolutamente desconocidas para mí, ese hombre que se acostaba a mi lado. Amigo, amante virtual (y en algún caso, por los mensajes intercambiados, seguro que más que eso), consejero, filósofo, fotógrafo, poeta, persona… En varias ocasiones estuve tentada de apagar, quitar la tarjeta de memoria del teléfono, romper la SIM y olvidar todo lo que había visto, pero mi curiosidad, pudo más que la sorpresa o la rabia… Necesitaba averiguar que, quien era ese personaje absolutamente desconocido para mí. La persona que decía ser mi marido pero que, a la vez, era ese otro hombre totalmente nuevo, pero, a la vez, muy importante para otras muchas personas, hombres y mujeres.

Nuestra situación de pareja no era la ideal, eso estaba claro. Pero lo que tardé cuatro días en descubrir estaba a años luz de lo que se suponía era un matrimonio aburrido y previsible. Revisando los mensajes por encima descubrí que había verdadero cariño, mucha ternura, algo de sexo (hasta cosas que nunca hizo conmigo), un abanico de sensaciones y sentimientos que comprendí me llevaría mucho tiempo descifrar… Al principio quise ponerme a contestar enseguida, pero luego lo pensé mejor. Leí con atención, aprendí los mecanismos, creé una cuenta en twitter y empecé a seguir a la gente que más interactuaba con Pedro. Sabía que no sería un trabajo fácil ganarme su confianza y averiguar que pensaban de él, pero si algo tenía era tiempo. El accidente, me trajo algo bueno: la cifra que nos pagó el seguro nos facilitó la vida. Ya no tendría que preocuparme por trabajar ni por el futuro de los niños. Me despedí de la tienda y mientras seguía leyendo todos los días los mensajes que entraban en la cuenta de Pedro y hacía crecer mi propia identidad digital. A los pocos meses, nos mudamos a una ciudad nueva más pequeña y me dediqué sistemáticamente a recomponer pieza a pieza, el puzzle de la persona que había sido Pedro porque entendiéndole a él, estaba segura que podría aprender a ser mejor persona…

Hoy hace un año del accidente y estoy esperando en la terraza de un bar, frente a una playa del norte, a una profesora de primaria, casada y con dos niños con la que Pedro mantuvo (ahora lo sé) una relación. Es la sexta persona de una lista muy larga y aún quedan muchas más. Algunas me han confesado, que prefieren no conocerme y las entiendo, a otras soy yo la que no quiero verlas… todavía.
Poco a poco voy formando el mosaico del hombre que no conocí, aquel que decía ser mi marido, pero sobre todo, voy formando la imagen de la mujer que quiero ser a partir de este viaje: el viaje de mi (nueva) vida.

Puedes seguir a @Netbookk en Twitter. Publicado el pasado 18/08/2015 en De Krakens y Sirenas.

viernes, 25 de septiembre de 2015

Inmóvil. - 3

El tercer relato de la serie con  @AukaTR ...

3



Inmóvil.

-Quieta. No te muevas. Separa las piernas.

Me sujeta las muñecas con fuerza, no puedo ni quiero resistirme. Una de sus manos comienza a palpar sobre mi ropa, se introduce bajo la camiseta e inicia un movimiento ascendente. Tiemblo. Esos dedos me hacen vibrar. 
Continúa el ascenso. Noto su aliento en mi cuello. Se cuela bajo mi sujetador. Gimo...
-¿Otra vez, Soraya?- Exclama el agente, sacando la papelina.
Joder, me voy a arruinar comprando al Johnny tanta coca sólo para que me toque ese hombre. 
Ains…

jueves, 30 de enero de 2014

Pero esta vez ella lloró...

Pero esta vez, ella lloró; aunque por la sonrisa que luce ahora su rostro, entiendo que por fin, son lágrimas de alegría.

Recuerdo las veces anteriores en las que no ha sido así. Hemos pasado muchos meses de sufrimiento. Días sin comer, noches en vela que nos dejaban con los nervios rotos... veintiuna veces. Se dice pronto, pero son demasiadas veces para cualquiera. Y casi consigue destrozarnos.

Pero creo que la sonrisa en su dulce rostro esta mañana rebela que, por fin, lo hemos conseguido. Los análisis que nos acaban de dar confirman que hemos ganado la batalla al cáncer.

Microcuento presentado a la semana 14 del VII Edición de Relatos en Cadena de La Ser

domingo, 5 de enero de 2014

Un lugar en el mundo.

Desde siempre, he tenido un sueño. Uno de esos grandes, que se intuyen casi imposibles de conseguir, de los que siempre te acompañan y que, en los malos tiempos, son como aquella luz que divisas a lo lejos en el bosque... como quien dice: la última esperanza a la que poder agarrarse.

Siempre he mantenido la ilusión, he soñado que algún día encontraría ese lugar en el mundo a donde siempre puedes volver. Ese rincón donde sabes que, por muy lejos que te hayas ido, siempre podrás regresar para descansar después de la tormenta; desde donde puedes disfrutar de las mejores puestas de sol; donde compartir esos momentos especiales con la gente que de verdad te quiere y te aprecia, sin prisas pero con la nevera eternamente llena de lo necesario para alimentar ese cariño, esa amistad, ese amor.

Durante mucho tiempo, soñé con una casa en medio del monte al final de un camino de tierra, pero cerca del mar. Donde no importara lo alto que pusiéramos la música o lo largas que fueran las noches, ya que no podríamos molestar a los vecinos. Con un gran porche donde disfrutar de las veladas de verano y una chimenea para dejar fuera el frío del invierno o ese otro, terrible, que se aferra a los corazones heridos.

Sin lujos, sencilla. Blanco en las paredes, azul en las ventanas y cemento en el suelo. Con muchos colchones hinchables por si las visitas, grandes armarios llenos de mantas, toallas y velas, una terraza donde tomar baños de sol o de luna con estrellas y un paellero, donde disfrutar cocinando para todos. En el patio, una sombra de cañizo y en el camino de entrada una higuera. Algunos olivos y un gran pino en la parte de detrás.

Un sitio donde sobren los zapatos y que siempre me mantuviera anclado, una brújula que supiera donde está mi norte y donde mis amigos tuvieran la certeza que, por muy mal que se dieran las cosas, jamás se apagaría la bombilla sobre la entrada, señalando el camino hacia un refugio seguro...
Pero el tiempo me ha enseñado que también todo eso es innecesario... y, a la vez creo que me ha mostrado ese lugar soñado, siempre abierto y accesible a todos con quien de verdad, tengo algo que compartir. Está eternamente abierto, tiene la luz siempre encendida. Es fresco en verano y caliente en invierno, sea cual sea la fecha del año en la que quieras visitarlo.

Es tu casa, viajero; es tu refugio soñadora; es el hogar construido con mimo y paciencia. Con la inconsciencia de la intuición. Paso a paso, imagen a imagen, letra a letra.
Bienvenidos amigos, a mi universo digital, mi casa en la nube, mi castillo inexpugnable. Mi mejor yo. Que es todo tuyo.

Se bienvenido al llegar y ve con todas las bendiciones al partir. Nadie te dirá nada ni te pedirá nada (ni siquiera explicaciones), estés el tiempo que estés.
Cada una de las personas con las que me he tropezado hasta ahora en estos enormes y frágiles universos digitales, ha dejado su recuerdo (un dibujo, una sonrisa, una emoción, una idea, unas letras...) que son los ladrillos y el cemento con los que están construidas las paredes invisibles, pero firmes, de esta vuestra casa, nuestro refugio.
Bienvenidos.
Bienhallados.
Gracias por compartir este tiempo que nos ha tocado del viaje.
Gracias por leer.

  

Comentarios:

Teresa Santomil dijo

Aunque nunca comento me gusta leerte... lo hago siempre.
Saludos
 

sábado, 4 de enero de 2014

Bahati Mzuri! (Buena suerte).

El monte Kenia ofrece un impresionante espectáculo desde el aire, adornado por las innumerables tonalidades de verde que salpican el paisaje. Estamos cerca de nuestro destino y el avión, volando a baja altura, nos deja disfrutar de la belleza del paisaje africano. El largo trayecto me ha permitido dormir un poco y hasta creo que he soñado con él, subiendo a la Laguna Negra muy temprano, antes de que los turistas la invadan.

Nos gustaba la paz que se respiraba en ese lugar. El silencio, que casi se podía tocar, mientras estábamos sentados frente al impresionante circo de piedra y la lamina de agua oscura en esas horas iniciales del día, cuando el sol aun no ha disipado del todo la bruma de la noche. Entre la niebla y los enormes pinos creo haber visto la Shuka roja de Omboni, su porte distinguido, su sonrisa sincera, hasta me ha parecido ver como me saludaba con la mano... pero al despertar me doy cuenta de que sigo sentado en el avión que nos devuelve, a los dos, a su tierra. Su recuerdo viaja dentro de mi corazón y sus cenizas en la maleta que está en la bodega. Bueno, sólo la mitad. La otra parte ya se han quedado entre las raíces de un enorme pino que hay cerca de la que fue la granja de mis abuelos, en Santa Inés, una aldea abandonada al norte de Vinuesa en Soria. Esta otra mitad las devuelvo, personalmente a Una, su pueblo natal, para esparcirlas tal y como él me pidió delante de una higuera cualquiera en la ladera del Monte Kenia, el lugar mas sagrado para su tribu.

Me contó mi abuelo que un día de otoño, de hace muchos años, apareció por el pueblo aterido de frio y muerto de hambre. Más flaco que una sombra, buscaba trabajo, pero nadie le quiso ayudar. Él, se lo encontró esa misma tarde al volver de la taberna, sentado en una piedra al lado del camino. Dice que tan sólo le miró y al ver la desesperación y la soledad pintadas en sus enormes ojos se lo llevó a casa sin decir palabra, le dio de comer y le dejó un rincón donde dormir en el establo, encima de los animales. Que poco podía imaginar entonces el abuelo Tomás que ese gesto de caridad había hecho a Omboni, la persona mas feliz de la tierra. A la mañana siguiente, antes de salir el sol, se lo encontró, orgulloso, digno y dispuesto a ayudar en las puertas del establo. Vestía la Shuka roja que un Masai le regaló y una vara larga que se había fabricado. A lo largo de ese día y de todos los que vivió y cuidó de mis abuelos y de sus vacas, les demostró su enorme valía como pastor y su cariño y agradecimiento como persona, por haberle ayudado aquel día dándole un hogar tan lejos de su casa.

El avión esta girando y la luz del sol entre las nubes, me trae a la memoria recuerdos de los veranos pasados en la granja. Aquellos días en los que todavía era un chiquillo y que entonces me parecían eternos, paseando libres al ganado por el monte los dos solos, durante todo el día. Disfrutando del sol y de las sombras de los pinos, de los ladridos de los perros y las esquilas de las vacas, escuchando antiguas historias de guerras entre los Kikuyu y los Masai. Omboni me contó las viejas leyendas des su tribu sobre su dios Ngai, el hacedor de todas las cosas que vive oculto entre los riscos y las quebradas del Monte Kenia. Días felices donde aprendí gracias a él, las viejas canciones para conducir el ganado, calmar a una vaca nerviosa antes de un parto, a curar una torcedura o quitar una espina clavada en una pezuña... pero sobre todo, aprendí a ser persona. El viejo me cuidó esos días, pero además me hizo el fantástico regalo de contarme, más que su viaje, su experiencia vital.
De él aprendí que no importa el color de la piel, sino el de los sentimientos, y que cuando uno decide emprender un viaje tan largo, debe ser capaz de afrontar la posibilidad de que no exista un retorno. Tomó la decisión de abandonar su tribu, atravesó selvas y desiertos, para acabar delante de un mar tan grande como la peor de sus pesadillas, pero siempre persiguiendo el objetivo de una vida mejor y poder volver, algún día para ayudar a los suyos.

Gastó sus últimos ahorros en la travesía del estrecho, donde perdió a un amigo Masai en medio de una tormenta. La lluvia y el fuerte oleaje salvó a su patera de ser interceptada por la patrullera de la guardia civil, pero el mal tiempo les impidió ayudar a Nairuku que cayó por la borda. Me contó cómo el patrón los abandonó nada más llegar a tierra. Sin nada mas que frio hambre, tuvo que esconderse unos días en las ruinas de una casa, antes de seguir subiendo hacia el norte, buscando su sueño. El mismo que se le resistió durante los tres años que fue malviviendo de chabola en chabola, de empleo en empleo, sin papeles, muchas veces sin un lugar donde guardarse de la lluvia o del frío, hasta que, un día recogiendo melones en La Mancha, alguien le hablo de las vacas de Soria y creyó que allí podría ser útil haciendo algo que siempre había hecho: trabajar con animales. Durmiendo en donde podía y comiendo de lo que encontraba, o aquello que la caridad de alguna buena gente le ofrecía, llegó a Navalón y allí, al lado del camino, se encontró con mi abuelo

Recuerdo cuando, muchos años más tarde, le mostré todo orgulloso mi titulo de Veterinario recién estrenado. El viejo Omboni, le dio varias vueltas entre sus manos y mirándome fijamente a los ojos me preguntó muy serio:
-¿Y tu crees que este papel te va a servir para curar a las vacas cuando estén enfermas? Para hacer eso, solo necesitas recordar todo lo que yo te he enseñado - y me lo devolvió con un ligero gesto de desprecio, mientras por detrás se escuchaba la risa floja de mi abuelo Tomás.

Han pasado unos cuantos años desde aquello. Primero murió la abuela un invierno especialmente duro. No se recuperó de una neumonía mal curada por no dejar a su marido y al viejo Kikuyu solos en el pueblo. Al final esa enfermedad acabo llevándose al poco tiempo, de forma indirecta, al abuelo Tomás. Sin su querida Inés, decía que ya nada tenia sentido. Fue en ese breve tiempo de soledad compartida cuando Omboni se convirtió en el soporte de mi abuelo. Sin su presencia y su animo constante, estoy seguro de que se hubiera muerto de tristeza mucho antes. La compañía y el cariño que le ofreció en esos momentos difíciles fueron el único aliciente para que el viejo aguantara día tras día. Al final, el tiempo no perdona y enterramos a mis dos abuelos juntos en el cementerio del pueblo. Omboni se quedó a cuidar de lo poco que quedaba en la granja, al fin y al cabo aquellas tierras se habían convertido en su hogar. Los abuelos le habían dejado en herencia una pequeña casita que tenían allá arriba en Santa Inés, al lado del corral grande. Y allí es donde el viejo Kikuyu cuidaba del ganado de varios vecinos hasta que una mañana Andrés el forestal se lo encontró muerto en su cama. 

No creo que fuera muy mayor, aunque ni el mismo supo decirnos nunca su edad. Yo quiero creer que él sintió en esos momentos, que allí había acabado su viaje: había encontrado el lugar donde terminar sus días en paz, su hogar, y eso es mas de lo muchos podemos decir.

Y aquí estoy, abrochándome el cinturón a punto de aterrizar en Nairobi, cumpliendo la promesa que le hice un día de verano de hace muchos años. Desde allí me espera un largo trayecto hasta llegar a Ena. Una vez que termina esta tarea, podré empezar mi propio viaje.
La vida da muchas vueltas y ahora soy yo, el que busca un hogar en la tierra del viejo Kikuyu. He ofrecido mi tiempo y mi trabajo a una ONG en Embu, la capital del distrito. Voy a estar dos años trabajando en proyectos de desarrollo de la ganadería local, aprendiendo un poco más de sus tradiciones y enseñando nuevas técnicas para poder así devolver una pequeña parte de todo lo que aquel viejo guerrero hizo por nuestra familia.


Versión larga de un cuento presentado al I Concurso de microrrelatos de Casa África.
  Web

Dedicado a E.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Con las manos en la masa. (Versión concurso)

Amasarte lentamente con mis manos, mientras saboreo una copa de vino tinto. El sol llena de luz la cocina mientras nosotros damos rienda suelta a nuestra pasión.Dejo que el aceite resbale, caiga suavemente y se reparta sobre ti como lluvia sobre esa tierra seca que la recibe desprendiendo sus aromas más sensuales.

Fuera va cayendo la tarde, pero nosotros no tenemos prisa. La luz dorada del atardecer ilumina con ese color especial nuestro acto de amor, mientras en el salón suena música de piano. Suave, lenta, cadenciosa como las miradas de los amantes.

Dentro de poco tiempo la levadura habrá terminado su proceso y tú, querido pan, acabarás en el horno, para salir convertido en dorada y crujiente hogaza.


Micro relato presentado a la 3ª edición del Concurso Relatos Brevísimos Mandarín. 
Ver en su web

domingo, 1 de diciembre de 2013

Con las manos en la masa...

Me he despertado de repente, sobresaltado y excitado, sin saber muy bien donde estoy. Suele sucederme cuando el sueño es muy intenso. Creo que ese es el precio a pagar por recordarlo y compruebo que lo hago mejor y más intensamente cuando la vuelta al mundo real se produce de repente. No sólo mi mente consigue retener la esencia de lo que estaba soñando, mi cuerpo también responde, de forma evidente, a esa vivencia.
Soy capaz de recordar el lugar, la luz y muchos pequeños y sutiles detalles como olores, texturas, sabores... Veo la mesa llena de útiles de cocina e ingredientes: moldes, harina, sal y, en medio de todo como en un perfecto paréntesis de la vida estas tú, ofrecida, rendida y radiante. Completamente desnuda, esperándome... Mientras damos rienda suelta a nuestra pasión, el sol inunda de luz la cocina con los últimos rayos del atardecer iluminando suavemente tu piel.
...
..
.

Todo ocurrió en el momento en que me sorprendiste con las manos en la masa. Llevaba unos minutos preparándola para sorprenderte con un pan recién hecho durante la cena, pero la sorpresa me la diste tú al acercarte, silenciosa, por detrás y atacarme sin vergüenza, directa y desafiante, metiendo la mano en mi pantalón, buscando acariciar y sorprender mi sexo.
Oler tu perfume tan cerca me encendió y, complacido, te dejé hacer. Tu mano agarrando mi polla, tu cuerpo tibio pegado a mi espalda con la chaqueta abierta y tus labios junto a mi oreja susurrando: "Te he pillado con las manos en la masa..." tuvieron el efecto que deseabas, notar mi deseo creciendo de forma evidente entre tus manos.
-Buen chico -, me susurraste, mordisqueando suavemente mi oreja.

Y mientras me dabas la vuelta, con mi sexo aún agarrado, mirándome a los ojos, seguías exigiendo:
-Ahora quiero que me trates con toda la pasión que te he visto poner mientras amasabas el pan. Hace rato que estoy observándote y mi excitación ha ido creciendo viéndote hacer. Quiero ser como esa masa entre tus manos, moldeada a tu antojo. Usa el aceite, la sal. Cómeme entera, unta, lame, muerde, chupa y luego... quiero que me folles como si fuera la primera o la última vez que lo haces. Quiero sentirte dentro de mí, caliente, duro... eterno. Quiero que me hagas volar. Y lo quiero ya.

Mientras decías lo que querías de mi, muy seria y mirándome a los ojos, recuerdo que te quitaste la chaqueta y  desabrochaste tu falda, dejando que juntas, cayeran al suelo. Qué hermosa estás desnuda de miedos y temores reclamándome ese lado auténtico y apasionadamente animal. Ese aspecto tan íntimo y tan dulce que solo a los dos nos pertenece. De un golpe despejaste la mesa esparciendo los cacharros por el suelo y te sentaste sobre ella. Tus pechos desafiantes, las piernas descaradamente abiertas. Hermosa guerrera dispuesta a la batalla, con los ojos chispeantes y la piel hambrienta de mis caricias. Con todas tus ganas brillando en la mirada.

Y, recordando, puedo recrear perfectamente en mis dedos y en mi sexo, la sensación morbosa de moldearte lentamente con mis manos, mientras en mi boca persiste el sabor del vino tinto que compartimos. Dejaste que mis dedos te recorrieran entera, presionando aquí, acariciándote allá... Sé que escuchabas atenta mi respiración, lo sé, lo percibía en tu excitación... Podía sentir el olor y los colores que resaltaba el suntuoso aceite brillando sobre tu piel blanca cuando dejaba que resbalara, cayendo suavemente, deslizándose sobre todo tu cuerpo, como la lluvia fresca cae sobre una tierra seca que la recibe desprendiendo sus aromas más sensuales. Fuera caía la tarde, pero nosotros no teníamos prisa. La luz del sol iluminaba con su color especial nuestro acto. Mientras, en el salón, recuerdo que sonaba la música de un piano, suave, lenta y cadenciosa como suelen ser las miradas de los amantes. 
Cogí la sal, y la fui esparciendo por tu cuerpo. Los granos iban cayendo como gemas maravillosas, adornando tu piel sudada y solo sentía ganas de lamerte y degustar en la punta de la lengua ese sabor que me recordaba al mar del último verano. Aquellos baños a la luz de la luna, los dos desnudos y solos en la cala. Tu piel brillando fresca y sensual al salir del agua, orgullosa de que te estuviera mirando deseoso de beber las gotas que caían de tu sexo húmedo cuando te acercabas a mi, tentadora...

Y fue entonces cuando me cogiste de la mano, embadurnada de harina y te la llevaste a tu pecho, mirándome a los ojos... y en ese justo instante, me he despertado.
No estás en la cama, pero oigo como corre el agua en la ducha. Siento la boca seca. Aún medio dormido, me levanto con toda la excitación de mi cuerpo por delante y entro en la cocina directo hasta la nevera. Me he bebido media botella de agua fresca antes de parar... me he dado cuenta de que ya no se oye la ducha. Ahora escucho tu voz cantando y mientras, asombrado, me giro lentamente para observar lo que me ha parecido ver por el rabillo del ojo al entrar.

Me temo que nos va a llevar bastante tiempo arreglar el desastre de cocina que me rodea. El suelo, las paredes llenas de harina, aceite por la mesa, puñados de sal, los cacharros por el suelo...
Escucho tus pasos al acercarte y te veo sonreír desde la puerta de la cocina.
-¿Bueno, luego me enseñarás a hacer pan? - me preguntas, sonriendo divertida, vestida solamente con tu albornoz blanco.

Y, a mi, me da la risa...


Versión larga del Microcuento presentado al concurso Relatos Brevísimos Mandarín [ Web ]

Mil gracias a @TeresaOxxxOM por sus oportunas apreciaciones... sin ellas no hubiera salido un pan tan sabroso.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Coffee break.

No había sido el insomnio, no. Pero ese cosquilleo que sentía en la nuca, esas mariposas en el estómago que no le habían dejado descansar, no presagiaban nada bueno. Así que puestos a dar vueltas en la cama, ella decidió que era mejor levantarse y fue a la cocina sin hacer ruido. Preparó la primera cafetera de la madrugada y justo cuando empezaba a salir, encendió el móvil mientras miraba distraída la luna por el ventanal de la terraza. Rebuscó en el bolso el tabaco, el mechero y se encendió el primer cigarrillo. Cogió una taza, le puso el café, la leche y mientras buscaba el azúcar empezó a leer, distraídamente, los mensajes...

Si alguien entrara ahora mismo en su casa supongo que se dejaría llevar por el olor, dado que le sorprendería la absoluta ausencia de sonidos. No hay nadie para recibir al visitante y este, llevado por la curiosidad y el aroma del café recién hecho, quizá llegara hasta la cocina. Allí, sin embargo, nada de lo que viera podría indicarle lo que había sucedido, muy temprano, esa misma mañana. El observador sólo podría ver un cigarro consumido al fondo del cenicero de cristal y un café con leche a medio terminar encima de la mesa... Pero ni rastro de ella desde que encendió el movil, se puso a leer los mensajes, todavía con la pereza pegada en las pestañas, hasta que llegó al tercero. Cuando empezó a leer, apoyó el cigarrillo en el borde del cenicero, cogió muy fuerte el movil para que no se le escapara ni una sola palabra pero no pudo terminarse el café...
...
Logró encender el siguiente cigarro en plena curva. Afortunadamente, aún quedaban coches con mechero, pensó. Un punto rojo en el que hacer diana sin apartar la vista del retrovisor. Aspiró. Más fuerte, se dijo, y la calada le llegó al alma. La del tabaco, también.
Muy bien. Así mejor, le dijo la nicotina a su conciencia, la misma con la que jugaba a palabras encadenadas. Cualquier cosa con tal de no volver a sumar los kilómetros que restaban hasta llegar a su ciudad. 179 / 153 / 47...

Como una campeona. A ciegas. Sin más guía que la de un navegador desorientado y una ilusión a todas luces catastróficas. Y, sin embargo, siguió aferrada al volante mientras las nubes le levantaban la falda a la luna. No le hubiese importado parar a vaciar el cenicero, airear los humos a su garganta, enmascarar bajo un disfraz brillante de perfume el olor a tabaco de la ropa. Pero no lo hizo.
No fue voluntad, más bien impaciencia. De poco o nada sirvió que se pellizcara el muslo a la altura de la palanca de cambio. Esa noche mandaba el cuentakilómetros, el tanque de la gasolina y las ganas como planteamiento de vida.

Veintiún días con veneno entre las venas. Resulta curioso que ambas palabras compartan, no solo, fonemas. Recibiendo, guardando la ropa en plena orilla sin atreverse a mojar los dedos siquiera. Reservándose cual noche de bodas virginal. Porque así se lo había pedido. Tragándose cada sexo en las intenciones, escupiendo cualquier deseo antes de masticarlo, encerrando bajo llave el miedo a fracasar, obligando a la dignidad a darse un paseo, acallando cualquier pretensión con un ‘hay ropa tendida'. Lo hizo porque así se lo pidió. En cada conversación robada a la factura del teléfono.
Alimentó la curiosidad hasta convertirla en necesidad, y la necesidad inevitablemente, dio lugar a la locura. Y esa locura consiguió arrancar el motor que le separaba de la imprudencia. Y la imprudencia sonrió, hermosa y tentadora, con los labios pintados de rojo emoción.

Llegó. Aparcó. Devolvió las medias a su lugar y los miedos al suyo, se aferro a su deseo... Y comprobó que allí estaban: la barra y el taburete del fondo. Esperándola. Tiró de manual. Un vistazo invidente al libro de las citas a ciegas. Quizás le hubiese mentido y, en realidad estaba allí; detrás de alguna columna, de esas que con derecho a roce, dejan sus colores impresos en la carrocería de algún conductor suicida. Pero demostró, hasta antes de ser lo que ya era, fue y seguiría siendo después del adiós: un caballero. No estaba.

Respetó su deseo confeso de ser la que llegase primero. Ella quería ser quien le esperara con la comisura de los labios entreabierta y reclinada en la barra de aquel bar, cuya iluminación favorecía a su maquillaje. Jugando con cartas marcadas ese punto de penumbra que envuelve con papel pinocho el primer contacto visual. Con la perspectiva de la vida puesta en el ventanal, le vio aparecer por la izquierda, por donde siempre aparece lo que acaba en pecado. Y entonces, entro por la puerta, directo, aparentemente seguro, como cazador cazado, clavando su mirada en la nuca de la presa aparentemente despistada, aún estando ella de frente,haciendo que se le erizarán las emociones justo debajo del broche de su collar.

Porque las cosquillas se inventaron en la nuca, en esa almohada emocional que todos llenamos con mariposas muertas en forma de recuerdo. Ella se incorporó con una suficiencia programada, que no real, levanto la barbilla con más pavor que desafío y en aquel instante comprendió con una aterradora precisión que, hasta entonces, su objetivo en la vida no había sido otra cosa que conseguir soportar su ausencia. A pesar de todas las conversaciones, de todas las confidencias y de los deseos expresados y los no intuidos todavía, de los errores y de los aciertos, de tanto llanto contenido en los silencios del teléfono, en esas larguísimas conversaciones sobre las maltrechas esperanzas, de los espesos silencios y de algunas ilusiones que los dos guardaban por estrenar, él, al verla, se estremeció. No pudo contener un escalofrío que le recorrió la espalda, cuando la vio al final de la barra: levemente apoyada en un taburete, esperando en una media penumbra acogedora. Hermosa, herida y radiante, síntoma inequívoco de unos nervios que la atenazaban por dentro. Ella no dijo nada, tan solo observó como él se acercaba lentamente. Dejó que la distancia se fuera haciendo insoportablemente pequeña y que mientras tanto él la desnudara con la mirada, que absorbiera todos y cada uno de los detalles que, estaba segura, ya había imaginado él tantas y tantas veces.

Se ofreció , generosa, como nunca antes lo había hecho con ningún otro hombre, hasta que estuvieron frente a frente y él la miró a los ojos. Entonces ella comprendió lo que él había hecho mirandola de esa manera. Entendió como se había apoderado para siempre, generoso, loco y valiente, de todos sus miedos, como la había despojado con su mirada de angustias y soledades, dejando solamente a una mujer con unos labios nuevos dispuestos a besar y ser besados como nunca nadie antes lo habían hecho. Él cerró los ojos un instante, bajó la mirada, tomó aire y al volverla a levantar se encontró con el regalo de su sonrisa más luminosa y sincera.

La locura, las ganas, la ilusión y el miedo mezclados en un cóctel imposible de olvidar. Pasado el primer trago: ese beso tan deseado, lento, largo y dulce. Silencioso y apasionado. Se atrevieron a pedir otras muchas rondas más. Una vez calmados los nervios y la sed urgente del primer encuentro, decidieron que era el momento de buscar un lugar más intimo, donde seguir aprendiéndose sin prisas. La camarera sonreía al recordarlos mientras recogía las copas vacías, de fondo sonaba una canción de Sabina que hablaba de levantarle las faldas a la luna...

La noche era fresca y húmeda. Pero sus cuerpos tampoco hubiesen podido apreciar cualquier otro tipo de temperatura. En realidad, tenían los sentidos erizados, en estado de alerta y, sin embargo, eran incapaces de percibir nada de un modo concreto. De repente la farola escupía una luz mucho más intensa, los olores se multiplicaban en su nariz, cualquier sonido aparentemente escondido se arrimaba con descaro a las orejas y hasta el tacto de la blusa pegada por el sudor, se había exagerado en cuanto a sensaciones y le parecía provocadoramente caliente, cada vez que rozaba su piel.
Pero eran incapaces, ninguno de los dos de percibir nada de un modo concreto... no podían dejar de mirarse.

Quizás hubiese sido el beso. Un beso de artículo determinado femenino y singular. Esa forma de lenguaje que sólo entiende del sabor de la saliva y del regusto a hierro por la sangre de un mordisco impaciente. O no. O el beso sólo había sido la descarga eléctrica que actuaba a modo de albarán y pagaré, pensó ella. Y al final, resulta que el pellizco que se le había atravesado entre la campanilla y el rabillo del ojo era la antesala de una cicatriz. Una de esas estrías emocionales que hacen la piel añicos pero que permanecen a modo de tatuaje en el alma para recordarte a cada instante que si duele es porque estás viva. 

O no. O igual no había cabida para la angustia. Y todo era mucho más sencillo. Quizá es que ya era su turno y creyéndose olvidada había tirado el número de quién da la vez. Ya no importaba.
Sí. Era eso. Tenía que ser eso. Hay cosas que no pueden ser de otro modo. Era mucho guión para acabar siendo, tan solo, un cortometraje de serie B.

Qué amalgama de pensamientos corriendo despavoridos como pollos sin cabeza. No. Se gritó en silencio. ¡No, no! se regañó. Y cerró de un portazo su cabeza a las ganas de pensar, y se aferró aun mas a su esperanza. Ahora sólo tocaba dibujarle con la yema de los dedos, deletrearle con las pestañas cada una de las cosas de las que su boca, su sexo, su muslos, eran capaces de escribirle. A espuertas, sin más factura que un:
- Continúa, por favor - susurrado muy bajito al oído.

¿Cuánto tiempo había pasado tejiendo esa cesta de inquietudes? ¿Minutos?... Sólo minutos, a juzgar por el pequeño trayecto de calle que habían recorrido con apenas unos centímetros de distancia entre sí, pero sin atreverse a rozarse siquiera, como si el bullicio de la acera les hubiese devuelto la timidez. O como si los dientes rechinasen de tanto placer acumulado en años de relaciones amputadas.
Giró la cabeza y sonrío. ¡Mucho!. Como ella sabía sonreír cuando ejercía su profesión de alegradora de almas. Y sonrío tanto, que la sonrisa acabó convirtiéndose en carcajada fresca, limpia, desnuda, dispuesta. Seguro que ahora todo iba mucho mejor. Sí. ¡Seguro!. La canción que sonaba en su cabeza, llevaba la letra y la melodía escrita por ambos.

Se agarró a su brazo. Le gustaba esa sensación de exhibición ostentosa a los ojos de los demás como escaparate de todos los posesivos: mi, mío, nuestro... que, estaba segura, ahora no podían ser dañinos.
- Vamos a casa, le dijo él, apretando su hombro contra el brazo de ella.
- Si. Vamos a casa - le contestó ella muy bajito.
Y por alguna ventana lejana se escaparon alegres, las notas de aquella canción:
-Y nos dieron las doce y la una...


Este cuento no hubiera sido posible sin ti M.: es tuyo.
Gracias.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Resaca de Verano.

El sol estaba entrando a raudales por la ventana entreabierta y empezaba a darme de lleno en la cara. Una brisa fresca, me hizo estremecer poniéndome la carne de gallina y obligándome a buscar, sin abrir los ojos, algo con lo que taparme...
- Que extraño - pensé con el sueño pegado a los párpados todavía - ayer hacía calor a estas horas. Que poco tapa este pijama.

Al buscar a tientas la sábana y la colcha me rozo la pierna y lo que noto no es el tacto que esperaba: el suave algodón del pantalón corto. Palpando mi propia piel, abro los ojos de golpe comprobando una sospecha que acaba de hacerme despertar: ¡estoy desnuda!, ¡Completamente desnuda, en medio de la cama! Al reaccionar lo primero que hago es buscar inmediatamente algo con lo que taparme, pero encima de la cama no hay nada, tan solo está la sabana bajera...
- ¿Esta sabana? ¡Yo no conozco está sábana, ni esta almohada! - pienso espantada. ¡Ni esta es mi cama¡ ¡Ni esta mi habitación! ¿Pero donde demonios estoy?

Despierto de golpe. Esta extraña situación ha conseguido despejarme del todo en un instante. Absolutamente anonadada compruebo que la situación es la siguiente: estoy completamente desnuda en una cama extraña, en una habitación que no conozco de nada...
- Tranquila Anita - pienso para mis adentros. Lo primero es encontrar tu ropa...
Me levanto rápidamente, pero al intentar ponerme erguida, de repente la habitación se tambalea a mí alrededor y me tengo que sentar. Noto como todo se desvanece, veo borroso y tengo que cerrar los ojos y dejarme caer en la cama otra vez. Cuando el temporal que agita mi estómago se aquieta un poco, noto que en mi cabeza parece que hay una caldera a punto de estallar. El dolor me obliga a respirar despacio para tranquilizarme. A través de la ventana puedo escuchar a lo lejos voces, llantos de bebé y ruidos de un tráfico que no parecen corresponder con el tranquilo pueblo de pescadores donde quería pasar unos días de vacaciones con mis amigas...
- Ahora que caigo: ¡Mis amigas! ¿Donde estarán? - pienso asustada.

Pero el punzante dolor de cabeza, me obliga a recapacitar: ahora no es el mejor momento para ponerse nerviosa. Respiro hondo y cuando me noto un poco más calmada voy incorporándome despacio procurando, esta vez, no hacer movimientos bruscos. Me acerco hasta los pies de la cama y allí, revueltas entre una sábana y la colcha, en el suelo, encuentro mis braguitas. El sujetador está colgando de la lámpara que hay sobre una cómoda situada al lado de la puerta.
- ¡La puerta! - pienso. Voy hacia ella, pero no tiene ningún pestillo. Cojo una silla que hay justo a su lado e intento bloquearla para que no pueda entrar nadie. Recojo mi ropa interior y mientras me la pongo veo la camiseta. Debajo de la ventana, encuentro mis tejanos. Me los pongo. Sigo buscando y encuentro una zapatilla debajo de la cama y la otra encima del sillón. Al pasar por delante del espejo de la cómoda miro de reojo mi imagen, solo para comprobar los estragos que ha causado esta noche, de la cual no recuerdo nada.
- Mejor sería que no hubiera mirado. ¡Que desastre! - pienso en voz alta...

Poco a poco, la cabeza se va asentando, pero me sigue doliendo como si tuviera un martillo neumático dentro golpeando constantemente mis sienes.
- Anita, tienes que frenar, bajar el ritmo. No puedes seguir así - me digo a mi misma, mientras vuelvo a mirar por debajo de los muebles y en un armario que hay abierto, buscando mi bolso.
No recuerdo nada de lo que pasó ayer, pero juntando las piezas que se me presentan parece más que evidente: se me fue la mano con el alcohol y que he cometido una (o varias) tonterías. Por fin encuentro el bolso al otro lado de la cama debajo del revoltijo de sábanas y colcha, busco dentro y encuentro una goma para el pelo. Rápidamente me recojo ese mocho que llevo en la cabeza en lugar de mi melena e intento disimular el desastre con una coleta más o menos decente. También encuentro en el neceser una funda de preservativo abierta... y respiro:
- Al menos, no fui estúpida, y tomé precauciones - pienso aliviada

Buscando un poco más aparece, oportunamente, una pastilla para el dolor de cabeza que me trago con un poco de agua de la botella que siempre llevo encima. Eso me hace sentir un poco mejor, pero ahora que he logrado recoger una mínima cantidad de la dignidad perdida anoche, he de pensar en como salir de la habitación y largarme de esta casa. Muevo la silla despacio y abro la puerta sin apenas hacer ruido, asomo la cabeza y mirando a la derecha veo un pasillo pintado de blanco que parece desierto. No tiene muebles, tan solo unos cuadros con motivos marineros colgados en las paredes y un par de sillas, todo parece muy funcional y limpio. Al fondo puedo distinguir, medio tapada por un visillo ligero que se mueve con la brisa, una puerta de cristal que da a un jardín. Veo unos árboles y pienso que por ahí puedo escapar. Muy despacio salgo de la habitación y me encamino hacia la puerta sigilosa. No había dado más de tres pasos, cuando escucho una vocecita que me pregunta, curiosa:
- ¡Hola! ¿Quien eres tú? - escucho horrorizada. Ella no puede verme, porque está a mis espaldas, pero acabo de cerrar los ojos mientras pienso para mi misma: "Ya la has fastidiado Anita, olvidaste mirar hacia el otro lado y te han pillado. Por el tono de la voz es una niña, así que ahora veremos lo que haces"

Me giro despacio para enfrentarme con unos ojos inquisidores, enormes y azules como el mar, una melena rubia, rebelde, rematada por una coleta medio suelta y una cara pecosa que me observa muy seria sentada en su triciclo. Vestida con una camiseta enorme que le sirve de vestido. No tendrá más de 5 años, pero me mira fijamente, ladeando la cabeza, esperando mi respuesta.
- Hola, me llamo Ana, ¿y tú? - le contesto intentando aparentar tranquilidad, aunque el corazón me va a más de 100...
- Me llamo Lucía - me responde alegremente. ¿Donde vas? ¿Te has peleado con alguien? ¡Vas hecha un desastre! - me interroga, muy sería.
- Gracias Lucía - le contesto con retintín un poquito enfadada y sonriendo de medio lado -. Verás, me acabo de despertar ahora mismo, pero tengo que irme a un recado urgente - le explico, mientras voy andando hacia detrás avanzando lentamente, intentando disimular, hacia la puerta del patio.
- Yo de ti, no saldría por ahí - me comenta, señalando la puerta por donde, precisamente, quiero escapar y que ya casi está al alcance de mi mano.
- ¿Y porqué, si puede saberse? - le pregunto mientras alargo mi mano, sonriendo, hacia el pomo de la puerta dispuesta a abrirla de un tirón y salir corriendo poniendo fin a esta conversación "tan agradable".
- Pues porque Rufus esta suelto - me dice señalando con su dedo hacia fuera.

Y justo cuando ya tengo la manivela agarrada con mi mano escucho un rascar peculiar y un gruñido sordo, bajo y amenazante. Siguiendo la dirección que me señala el dedo de Lucia, giro mi cabeza muy despacio para ver, justo al otro lado de la puerta, la cabeza de un enorme mastín negro que me mira amenazante enseñando los colmillos sin estridencias, pero demostrando quien es el dueño de la situación y quien manda en el jardín de esa casa. Durante unos segundos que a mi me han parecido eternos, no he podido apartar la vista de esa mole de perro. Les tengo mucho miedo desde niña y siempre que he podido, los he evitado. Al verme tan quieta Rufus ha considerado que yo no era ninguna amenaza seria y tranquilamente, se ha dejado caer todo lo largo que es, impidiendo que nadie salga por la puerta, frustrando así mis planes de huida. A un lado el mastín, al otro la niña que sigue mirándome y dentro de mi, un pequeño pero insistente dolor de cabeza... No tengo escapatoria. Cansada y aturdida, suelto el pomo, apoyo la espalda contra la pared y voy dejándome resbalar hasta quedarme sentada en el suelo, sin saber muy bien que hacer en esta situación.

Hace calor y aunque la brisa que mueve el visillo es agradable, sentada en el suelo con el bolso encima de mi regazo. El único objeto que me une a la realidad, que puede protegerme y sirve como salvavidas en medio de esta situación tan extraña: con el perrazo al otro lado de la puerta y esa niña mirándome fijamente desde su triciclo. De repente me doy cuenta que no puedo más. Me siento muy cansada.
No es solo por los estragos de una noche que parece haber sido bastante movida, siento que es otro tipo de cansancio más hondo, más antiguo y mucho más demoledor. Una sensación de lasitud extrema se ha apoderado de mi cuerpo e intuyo que él, más sabio, entiende que hemos llegado al límite, al final de sendero que he recorrido este último año. Ya no puedo seguir adelante. Llevo demasiado tiempo huyendo de la verdad, pero ahora ella me ha encontrado y se me muestra con toda su crudeza.

En el trabajo todo va de mal en peor. La crisis nos ha afectado como a todos, pero una nula visión de futuro por parte de mis jefes, una excesiva carga de trabajo mal repartida y el mal ambiente general no auguran un final feliz. No sé cuanto tiempo duraremos pero me siento apenada por todo el esfuerzo, el tiempo y la energía que he puesto en este proyecto.

En lo personal, todo es un desastre. Hace ya demasiado tiempo que no encuentro con quien estar a gusto, lo cual hace que no tenga ninguna gana de seguir esforzarme, con lo cual volvemos al principio... es un círculo vicioso, una historia sin fin. Y los intentos por parte de alguna amiga de encontrarme algún "chico ideal" han acabado, con suerte, en polvo de una noche, un alivio físico pasajero sin visos de continuidad y, a veces, ni siquiera en eso. Con lo que, a mi edad, sin un futuro laboral definido, sin dinero y sin nadie con quien compartir mi vida, me siento muy sola. Es una soledad fría y que procuro sentir distante, porque si me obsesionara con esta situación me volvería loca. Procuro llenarla de actividades, algunas bastante frustrantes o absurdas... Así pues pensé que estas vacaciones con las viejas amigas del pueblo de donde escapé corriendo hace mucho, se presentaron como un "mal menor". Me resultó curioso que tras más de diez años sin venir por aquí, desde que falleció mi madre, sin embargo se acordaban de mi.

Cuando me llamaron hace varias semanas invitándome para celebrar "noseque" aniversario del instituto, no me lo podía creer. Y sin embargo, a pesar de haber tenido un día horrible, sin saber muy bien porqué... acepte su invitación
- Hola Ana, seguro que no te acuerdas de nosotras - me dijo Marisa -. Te hemos localizado por Facebook y queríamos que vinieras a la fiesta que estamos organizando para este verano.
- Pero no tengo casa. Recuerda que cuando murió mi madre, mis primos se quedaron con todo, ya no tengo nada allí - le recordé a mi vieja amiga.
- No tienes que preocuparte por eso, ya te buscaremos un lugar donde dormir- me contestó, alegre por que, al final me había encontrado y convencido para acudir.
Sumida en estos pensamientos, con los ojos cerrados y medio adormecida por el sonido de la respiración del perrazo, me he debido de quedar transpuesta unos instantes y por eso, al principio, no he escuchado la música.
- Suena un móvil - me dice Lucía, despertándome del letargo.
- ¿Un móvil? - le pregunto todavía adormilada.
Me quedo callada e intento reconocer la melodía...
- ¡Pero si es mi móvil! -he gritado al darme cuenta, mientras rebusco desesperadamente en el bolso. Rufus ha levantado un poco las orejas observando la situación y Lucia baila divertida tarareando la pegadiza melodía.

Al final lo encuentro, al fondo como siempre y prácticamente sin batería, pero cuando voy a descolgar la música deja de sonar. Veo que es Marisa y de inmediato le devuelvo la llamada, pero comunica. Cuelgo. Nerviosa, casi desesperada, cuento hasta diez con los ojos cerrados, para dejar pasar un tiempo por si ella termina y aprieto el botón de rellamada.
Sé que solo han sido unos segundos, pero a mí se me han hecho eternos, hasta que por fin he escuchado su voz:
- ¡Vaya, si estás viva! Ja,ja,ja... ¿Como estás perdida? - escucho su risa alegre.
- ¿Como que "como estás"? Marisa estoy metida en un lío - le contesto nerviosa.
- ¿Pero que ha pasado? - me responde extrañada.
- Pues aún no lo sé, estoy en una casa que no conozco, delante de un perrazo negro enorme y hay una niña que...
- ¿Ah... solo eso? - me interrumpe divertida. Haz el favor de levantarte y salir al jardín, anda. Te estamos esperando todos. ¡Tardona!.

Mientras me dice eso, cuelga y escucho a alguien silbar al otro lado de la puerta. Veo que Rufus se levanta y marcha trotando alegremente hacia el fondo del jardín buscando el origen del silbido. Lucía ha dejado su triciclo y sonriendo divertida me pasa por encima mientras me guiña un ojo, abre la puerta y sale corriendo detrás del perro. Sigo sentada en el suelo pero giro el cuello y miro hacia donde se va la niña y veo llegar andando a mi amiga Marisa.
El perrazo ha llegado a su lado y ella, mientras camina hacía la puerta entreabierta, va dándole unas palmaditas cariñosas y rascándole su enorme cabeza.
- ¿Qué? ¿Piensas levantarte y salir a desayunar un día de estos? - me dice sonriente - ¿Vaya nochecita... eh?.
- ¿Pero... pero que es lo qué...? No entiendo nada Marisa - le contesto confusa.
- Anda levántate y sal al jardín. Te lo explicaré todo. Es muy sencillo.
- No puedo Marisa - le digo señalando al perrazo que sigue detrás de ella.
- Claro que puedes salir. Rufus es un pedazo de pan. Ven, no te hará daño - me contesta riendo.

Y en ese momento, como si hubiera entendido a su dueña el perrazo se ha acercado, olisqueado mi mano y sacando su enorme lengua, me ha dado un sonoro lametón.
- ¿Lo ves? - me dice Marisa -. Ya sois oficialmente amigos. Anda ven por aquí, debajo de la acacia está la mesa del desayuno y algunos de tus viejos amigos y amigas...
Al doblar la esquina veo una enorme acacia y, debajo de ella, una enorme mesa con un abundante desayuno preparado. Me doy cuenta de que tengo hambre. Todos los presentes me resultan conocidos y mientras se van presentando, vuelven a la memoria viejas historias del instituto. Media hora después casi todos se han ido, tan solo quedan Marisa sentada a mi lado y Lucía jugando con Rufus por el jardín.
- Ayer te recogimos del último tren, que llego muy retrasado y fuimos directamente a la verbena, de hecho tu maleta sigue en mi coche - me explica -. No habías cenado, tan solo pudiste comer un pequeño bocadillo y creo que traías muchas ganas de fiesta, porque a las dos horas ya estabas bailando encima de una mesa. No tardaste mucho más tiempo en caerte redonda. Agotada. El padre y la madre de Lucia, que son los dueños del bar de la plaza, me ayudaron a meterte en casa y te dejamos en la cama. Pero por lo que he visto, parece que seguiste tú sola la fiesta... No me extraña que no te acuerdes de nada. Hacía mucho tiempo que no veía a nadie emborracharse tan rápido. Creo que tenemos mucho de que hablar, ¿verdad?.
- Calla, calla... que vergüenza - le confieso sofocada.
- No hay nada de lo que avergonzarse - me dice mientras se levanta - recuerda que aquí, estás entre amigos.

Y mientras me dice eso va recogiendo en una bandeja parte de las cosas del desayuno.
- Anda, termina de desayunar tranquila que luego cogeremos la maleta y ordenaremos esa habitación. Ja, ja, ja... - se ríe mientras camina hacia la casa - Será mejor que te des luego una ducha. Tenemos que hablar de negocios.
La brisa del mar sigue soplando suavemente, refrescando el calor del sol que ya está casi en todo lo alto. Con un café en la mano y la espalda apoyada en el tronco de la acacia, me dejo acariciar por los rayos que se filtran a través de las ramas. A lo lejos escucho las risas de Lucia y los ladridos de Rufus que la persigue jugando. Y pienso en que quizá tenga en este rincón que creía perdido en mi pasado, otra oportunidad de empezar, o al menos de descansar durante un tiempo.

De pronto pasan corriendo delante de mi Lucia y el perro jugando a perseguir un preservativo inflado como un globo que la brisa se va llevando lejos, junto a sus risas y mis preocupaciones. Apoyada en el tronco del árbol por unos instantes soy feliz dejándome mecer por la brisa y el calor... lentamente el cansancio acumulado hace que se me vayan cerrando los ojos.
- Pipipipip. Pipipipi. Pipipipi...
El insistente sonido de la alarma me despierta bruscamente. La apago de un manotazo y con un solo ojo abierto, veo que son las 6:45. De repente me incorporo alarmada. Estoy en mi cama, entre mis sábanas, con mi pijama... mi gata está estirándose entre mis pies. ¿Todo lo que acabo de vivir tan solo ha sido un sueño?

No sé donde leí que la mayoría de las personas olvidan prácticamente todo lo que sueñan en los diez primeros minutos después de despertarse, por eso yo siempre tengo un cuaderno en la mesita para anotar lo que recuerdo al despertar. Lucía, Rufus, pueblo, amigos. Anoto esas cuatro palabras que son el nexo entre mi sueño y mi realidad. Entre mi pasado desordenado y un futuro quizá prometedor.
Después, cojo mi móvil, busco los mensajes de Marisa y respondo al último, aquel donde me contaba el proyecto de hacer un hotel rural reformando la vieja casa de sus padres, junto al mar:
- ¿Vienes a recogerme el viernes por la noche a la estación? - escribo -. Tengo que confesar que me gusta esa loca idea tuya. Tenemos que hablar y empezar a pensar en los detalles.

Tu vieja amiga: la nueva Ana.


Comentarios:

Mercè Bonjorn dijo

Ummm
Sugerente inicio que hace q sigas leyendo, la historia evoluciona imprevisiblemente, la descripción de los espacios con espacio para la imaginación y... la intriga y el suspense hasta el final del relato.
Sigue escribiendo para q lectores como yo difrutemos de tu imaginación infinita.
Mer

KHIALMA dijo

Me encanto!!!!! bello!!!