Seguimos

Mostrando entradas con la etiqueta #PorelCallejóndelAire. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta #PorelCallejóndelAire. Mostrar todas las entradas

lunes, 22 de julio de 2013

Pequeños placeres cotidianos ( #HistoriasdeBar )

Todas las mañanas aparece por el bar puntualmente a la misma hora. Serio, aseado y formal, con la ropa gastada pero limpia. Apoyado en un bastón, con la carga de los muchos años inclinando su espalda, va directo hacia una pequeña mesa, casi siempre vacía, al final de la barra. No necesito que me diga nada, una mirada es suficiente. Mientras le pongo el café, sus ojos van recorriendo todo el bar buscando el periódico. Si lo encuentra ocupado por algún cliente ocasional, se resigna y espera pacientemente. Pero si es uno de los clientes fijos el que lo tiene en esos momentos hay una regla no escrita dictada por el respeto hacia sus muchas canas, que, en cuanto lo ven buscar con la mirada, les lleva a cederle el turno de lectura a D. Ramón.

-Caramba caballero, no le había visto entrar - miente piadoso Enrique, encargado de las obras del Parking, mientras se levanta y le acerca el periódico. ¿Como estamos?

D. Ramón, agradecido hace un leve gesto con la cabeza, aceptando la invitación y recogiendo su tesoro diario, mientras le contesta:
- Esperando que acabe este dichoso invierno. Este frío, no le hace ningún bien a mis cansados huesos.

Enrique asiente paciente y se vuelve a la mesa. Sabe que ya no verá el periódico esta mañana pero también sabe que el guiño que le he enviado se lo asegura a la hora de comer. Esa es la regla: quien cede el diario a D. Ramón es el siguiente en tenerlo. Mientras voy secando platos después de los almuerzos, me quedo mirando como apura su taza y la lectura, que como él mismo me contó es su única distracción diaria desde que, hace ya varios años, murió su mujer. Tengo entendido que entre las vecinas del edificio donde vive desde siempre, se van turnando para ayudarle a limpiar la casa, lavarle la ropa y atenderlo si se encuentra pachucho.

No es muy hablador, pero alguno de estos días tontos, en los que sin saber porqué la gente se olvida de venir al bar, he tenido la suerte de que me dejara sentarme a su lado y así poder disfrutar los dos. Yo escuchando y el contándome historias. Porque D. Ramón fue, durante mas de treinta años, dueño del único quiosco de los alrededores hasta que abrieron la galería comercial. El ha sido testigo de todos los cambios que se han producido en el Paseo del Olvido. Conoce a todo el mundo y todos lo conocen y respetan. Los mayores de ahora eran los chiquillos que muchos días, cuando no tenían más que para lo estrictamente necesario, sólo podían comerse un caramelo cuando él se los regalaba. Más de uno y mas de dos, han aprendido a leer con él en el quiosco, enseñándoles pacientemente las letras y dejándoles que leyeran gratis los diarios, siempre y cuando no los estropearan. Tebeos, fotonovelas, libros... todos pasaban por el quiosco que, en aquellos tiempos, era el centro de intercambio de cultura de ese pequeño barrio de gente humilde, cuando el centro de la ciudad aún quedaba muy lejos.
Los maestros le pedían los libros de lectura para el colegio y él siempre se las apañaba para conseguir algún ejemplar de más para la biblioteca. En los tiempos difíciles después de la guerra, su trastienda se convirtió en una pequeña librería clandestina. Era el único sitio donde se podía leer a los autores prohibidos y muchos que ahora se las dan de intelectuales, tienen que agradecérselo a su valentía y a su coraje.

Además nunca le faltaba una palabra amable. Siempre sonriente a pesar de ser, junto con Paco el hornero, de los más madrugadores.
- Me gustaba empezar el día leyendo el periódico - me contó - mientras me tomaba el primer café del día. Eran esos momentos de tranquilidad, antes de comenzar la jornada: mi tiempo. Cada día estrenaba un periódico nuevo que venía cargado de noticias, unas buenas, otras no tanto. Pero no solo disfrutaba del diario en si, me encantaba el olor de la tinta fresca, el tacto del papel, el oír crujir las paginas mientras las pasaba despacio, el sabor que se me quedaba pegado a la lengua cuando mojaba los dedos para pasarlas... que tiempos aquellos. Que sensaciones. Ahora viejo, sordo y casi ciego, solo puedo leer los titulares, pero de vez en cuando me llega el olor a tinta fresca, el recuerdo de esos pequeños placeres cotidianos es lo único que nos queda a los viejos.

Sólo faltó a su cita con los periódicos cuando su mujer, cayó enferma.
- No fue mucho tiempo - me dijo bajando la voz, mirando hacia fuera con ojos tristes - toda una vida juntos y en solo tres meses se marchó, y yo me quedé muy solo.
Ese día, fue el único en el que vi una sombra de tristeza pasar por sus ojos. Tan solo acerté a apoyar mi mano sobre la suya, pero él supo agradecerme ese gesto de cariño con una sonrisa.
- Venga D. Ramón, que hoy le invito yo al café, que mañana me voy de vacaciones - le dije levantándome deprisa, con esa falsa alegría que pretende contener las lágrimas.
- Muchas gracias Rita - me contestó sonriendo - esperó que descanses y que te lo pases muy bien - me deseó mientras se levantaba despacio y apoyándose en su bastón, salía del bar. Nos veremos cuando vuelvas.

Hoy termino mis vacaciones pero me he levantado con un mal presentimiento. Al llegar al bar y subir la persiana notaba una opresión rara en el pecho. No he podido resistirme y lo primero que he hecho ha sido abrir el periódico por las páginas de las esquelas. Mi pequeño homenaje a D. Ramón ha sido dejar durante todo el día un café enfriándose en su mesa junto al periódico que, por respeto, nadie se ha atrevido a tocar.


Fotografía vía: Las mil caras de mi ciudad.

viernes, 19 de abril de 2013

Frio. ( #HistoriasdeBar )

El invierno se resistía a marchar y esta primavera estaba demorando mucho su llegada. Así que los cafés con leche era lo que mas me pedían, sobre todo los habituales del primer turno, esos personajes madrugadores que nos ponían en marcha la ciudad todos los días.

-Rita, uno con leche bien caliente y largo de café, que menuda nochecita... -me pidió el encargado de las obras del Parking, entrando de los primeros, como siempre.
- Marchando. ¿Hay sueño Emilio? - le contesté.
- Es que he estado media noche en vela. ¿No te has enterado? - me preguntó mientras le daba el primer sorbo a la taza.
-¿Que ha pasado? - le pregunto.
- En el paseo. ¿No recuerdas que casi ya llegando al rió, hay un restaurante, justo detrás del Callejón del Aire? Hace varios años que un viejo llegó con una furgoneta decrépita, que, a duras penas aparcó en un rincón y ya nunca mas consiguió mover de allí. El dueño del restaurante lo "adoptó" y le dio trabajo: vigilaba el garaje a cambio de la comida. Dormía en la furgoneta y era conocido en todo el barrio por ser buena gente. Nunca se metía con nadie y se le podía ver los días de sol sentado en algún banco del paseo, siempre escribiendo. Pues como había habido unos robos en la obra estos últimos meses, se me ocurrió proponerle que vigilara el recinto por un poco de dinero. El pasaba varrias veces por la noche y le echaba un ojo al material, se sacaba para sus cosas y todos contentos. Pues ayer entraron a robar en la obra, me llamó la policia a media noche y cuando vine a ver que había pasado, no estaba el viejo, me pasé por la furgoneta y allí encontré la puerta abierta y al vejete muerto dentro.

- Vaya! - exclamé sorprendida - ¿que pasó?
- Parece ser que se murió mientras dormía. Así, sencillamente. Era mayor, pero los del Samur no supieron explicárselo. Lo mas curioso era la furgoneta por dentro. Nunca la había visto y me sorprendí mucho al ver que el vejete había convertido esa vieja lata en un hogar. Estaba limpia y pintada. Las ventanas que quedaban con cristal, tenían cortinas. Una tumbona de playa y una vieja colchoneta le servían para sentarse y dormir a la vez, pero lo mas curioso era la sestantería de cajas de cartón... y las libretas...

- ¿Las que? - le pregunté a Emilio, mientras le echaba un trago largo al café.
- ¡Las libretas!. Cientos de ellas. De todos los colores, llenas de una letra menuda y apretada. Parece ser que el vejete escribía. Y mucho. Todas estaban ordenadas, por fecha, metidas en las cajas... Algo muy extraño... La policía las ha dejado dentro de la furgoneta y se la ha llevado al depósito de vehículos con una grua, pero me ha dado tiempo, sin que se enteraran, a coger dos de ellas... las que el viejo tenía en las manos. Tienen una letra difícil de leer, pero curiosamente he logrado entender que una habla de ti, o mejor dicho: de tu padre...

- ¿Como? - le contesto sorprendida - ¿de mi padre?
- ¿Tu padre no se hacía llamar Chico?
- Si. Todo el mundo lo conocía así. ¿Puedo verla? ¿Me dejas? - le pegunto intrigada.
- Claro. Toma. En realidad he venido a traerteleas. Yo ya tengo mala vista, así que, dadas las circunstancias, mejor las lees tú... Y ya me cuentas. ¿Vale?

Y mientras decía eso, apurando el café, Emilio dejó sobre el mostrador unas monedas y dos libretas de gusanillo, una verde y la otra roja. Y se fue... En la portada de una de ellas se podía leer, en una letra menuda "Frio" y en la otra "Chico". Al cogerlas sentí como se me erizaba el vello y un ligero temblor recorrió mi espalda. Había pasado tanto tiempo...

#continuará
 

domingo, 7 de abril de 2013

Soledad y Decepción

En mi barrio de toda la vida hay una calle poco recomendable que va a dar al paseo del Olvido, junto al río. Todos los niños, aleccionados por los amorosos consejos de nuestras temerosas madres, procurábamos evitarla, pero siempre acabábamos transitando bajo sus peligrosos balcones, corriendo en nuestra imaginación innumerables y peligrosísimas aventuras..
Es la calle Melancolía y ella viven dos viejas putas, de las de siempre, de las que parece que estaban allí antes de que hicieran la propia calle que se llaman Soledad y Decepción.
Viven cada una en una esquina de la calle, la una enfrente de la otra y yo las recuerdo siempre sentadas, delante de sus respectivos portales, desde que era niño. Mi madre, cuando teníamos que pasar cerca me obligaba a cruzar hasta la otra acera del paseo, estirando fuerte de mi brazo, para no tener que escuchar, me decía, las palabras malsonantes y los improperios que, con su lengua descarada, soltaban a los incautos o a los extranjeros que se atrevían a pasar cerca de sus esquinas.
… Continuará …[R]