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sábado, 25 de octubre de 2014

Tragedia Griega. ( #HistoriasdeBar )

Permitirme que me presente: yo soy la chica que pone todos los días las calles, llueva o nieve, amaneciendo aún sin salir el sol, todos los días a las 5:30 Rita abre puntualmente el bar.
Levanto antes la persiana de lo que consigo quitarme mis legañas, aunque, ahora que lo pienso, de tanto repetir los mismos gestos todas las mañanas, casi los podría hacer con los ojos cerrados: hay que apagar la alarma, recoger los periódicos de la reja, conectar las luces, encender la plancha...

-Todos los sistema encendidos y funcionando - me digo a mi misma interpretando un papel estelar - nivel de potencía correcta capitán. La nave Enterprise esta lista para despegar hacia las estrellas una vez MAHHHHHSSSSSAINNSS¡... (léase un grito desgarrador que rompe la paz de la madrugada)

La sonrisa que esa pequeña broma inventada en la soledad de los días recién amanecidos, haciendo como qué las luces y los pilotos de los distintos aparatos que voy encendiendo forman parte del equipamiento de la famosa nave espacial, se me ha helado en la cara de repente...
-No. No puede ser. ¡Catástrofe!. Muerte y destrucción . Tragedia Griega... La cafetera ... las luces de control... están todas... APAGADAS !Horror¡ - me digo. Me grito mas bien, a mi misma, sola como estoy aún en el bar, mientras miro a mi alrededor buscando consuelo y luego a la cafetera con una expresión, mezcla de incredulidad y terror, pintada en la cara.

Ya que de los muchos y variados problemas que pueden surgir en el día a día de un bar, el que se estropee la cafetera es uno de los mas grave, terribles y desastrosos que pueden suceder. Si no va la tostadora, está la plancha. ¿Se estropea el termo de leche? Caliento con el microondas. ¿Que el exprimidor no funciona? se hace el zumo a mano o se saca un botellín... ¿pero la cafetera? ¿Como se sustituye una cafetera? ¡Eso es, sencillamente, imposible!

La cafetera es la reina del lugar. De hecho casi siempre ocupa su lugar en el centro del escenario: es la contrabarra. Grande, luminosa, incapaz de ser discreta, una vedette sabedora de su poder sobre sus numerosos súbditos: los amantes del café. Ya no se concibe un Bar, a los que también se les llama cafeterías por algo, sin la rotunda presencia de una señora maquina de hacer café. Con más o menos brazos, diferentes tamaños, luces, moderneces o las de aspecto clásico... pero siempre allí. Reinando por derecho propio desde el centro de su pequeño universo cafetero. 

Flanqueada por sus fieles tropas, a un lado los molinillos: normal y Desca, por lo menos siempre suelen ser dos. Al otro el termo de leche y los platos, siempre hay que tener cerca la leche condensada, las cucharas y los azucarillos o la sacarina. Y que me dicen del cajón de los posos. Esa enorme boca negra que traga con todo lo que ya ha sido usado, la materia prima, para hacer el café. No es posible sobrevivir sin la cafetera, a un día de actividad normal. ¿Que hará Emilio, el encargado de la Obra, que es siempre de los más madrugadores? ¿Que haré cuando me pida su cortado descafeinado de maquina, largo de leche... Ponerle delante esa primera taza, cuando la maquina está ya preparada, con la temperatura y la presión correctas, es como el pistoletazo de salida a una nueva jornada. Se lo toma él antes de que me prepare el mio. Me he quedado helada, paralizada, sin saber que hacer. No hay ninguna nota en en tablón, donde mis compañeros de la tarde/noche me dejan las incidencias o faltas que hayan podido encontrar... no sé que hacer...

De repente escucho un vehículo que se acerca y que frena delante de la persiana, aún medio bajada, del bar.
-Que raro -pienso- aún es muy temprano para que vengan los proveedores. El primero es el panadero y viene andando desde la calle de al lado...
-Pam, pan - dos golpes secos suenan en la persiana.
-Rita. ¿Estás ahí? - me pregunta una voz masculina. Soy Andrés, el técnico de la Cafetera.

-Ahhhhh!!! - otro grito desgarrado, y el pobre Andrés se debe de haber pensado que me pasaba algo malo, porque ha levantado la persiana de golpe...
-¿Pero que te pasa chiquilla? -me pregunta con cara de susto entrando en el Bar.
-Nada, nada Andrés, es alegría de verte - le contesto mientras me cuelgo de su cuello dándole un abrazo.
-Es que veras... - empiezo a contarle...
-Ya lo sé. ¡No va la cafetera! - me contesta, dejándome con la boca abierta, a mitad de la explicación.
-Verás -me dice mientras delicadamente, me cierra la boca empujando mi mandíbula hacia arriba - ayer por la noche llamé a tu compañero y le dije que la apagara del todo porque hoy, a primera hora os traería el nuevo modelo que nos ha llegado de Italia. Parece ser que intento dejarte el recado en el contestador y te envió un mensaje para que no te asustaras si hoy al abrir, la encontrabas apagada. Como no le contestaste a ningún mensaje, me volvió a llamar a mi, y yo le aseguré que, a primerísima hora, estaría aquí.
-Pero si mi teléfono está - y mientras le digo eso, rebusco en el bolso, para encontrar al fin un cadáver de móvil - ...sin batería!
-No pasa nada - me contesta Andrés, caminando hacia la puerta. En diez minutos está esto arreglado. Ve bajando las sillas que yo me ocupo de todo.

En diez minutos, ayudado por otro amigo que estaba en la furgoneta, los chicos han cambiado las cafeteras y me han dejado un surtido de promoción de sus mejores cafés.
Mientras estaba atendiendo a las instrucciones de Andrés, tan cerca los dos en esa contra barra tan estrecha, me he podido dar cuenta de que me gusta su olor. Está fuerte el chico y las veces que nos hemos tropezado, me ha dejado un poco más de lo normal la mano apoyada en mi cadera. Visto, de cerca, este chico me gusta...

Al terminar sus explicaciones, justo antes de que se marchara y se cruzara con Emilio en la puerta, he salido a despedirlo. reconozco que me he acercado adrede, un poco mas de lo normal para darle un beso en la mejilla y decirle que esta noche, trabajo en el Pub de mi amiga Toni y que si quiere pasarse, está invitado a una copa... y a lo que surja. Me ha encantado ver la carita de susto que se le ha quedado. Decididamente, esta noche toca la minifalda y las botas de caza... Andrés no sabe quien es Rita... por ahora.

Parada en la acera, miro hacia donde sale el sol y veo que sus primeros rayos empiezan a iluminar el callejón del Aire. Respiro hondo, sonriendo, mientras por detrás Emilio, tan renegón como de costumbre ya está recriminándome que no tiene su café delante.
-Calla pesado - le repico- si tu supieras lo que me ha pasado de buena mañana.
-¿Cafetera nueva, eh? -me contesta- a ver si hace tan buen café como la otra...

Mientras le escucho protestar, ya he puesto moa molinillos en marcha y mi móvil a cargar.
Justo a tiempo. Cuatro estudiantes tempraneros entran por la puerta. La mañana será larga, pero voy sonriendo porque, a lo mejor, la noche lo es más. Seguramente hoy tendré que tomar un poco más de café...


lunes, 3 de marzo de 2014

Chocolate con sal. ( #HistoriasdeBar )

Tras un largo día de trabajo, la aburrida y conocida autopista, me devuelve a casa y me permite activar el control de velocidad, que conecte el "piloto automático" y me relaje por fin, conduciendo rumbo sur con el mar a la izquierda y el sol cada vez más bajo en el horizonte. A la altura de Benicassim justo cuando iba a cambiar un aburrido programa de la radio por un CD de Ben Webster, he escuchado una voz que llamó mi atención al mencionar distintos tipos de chocolate. Justo antes de poner el CD, hablaba sobre el Chocolate con Sal...

Ha sido empezar a escuchar "Tenderly" y mi mente se ha puesto a recordar... el paisaje desaparece en otros horizontes que proceden del pasado, y yo ya no estoy conduciendo hacia casa. He vuelto a Formentera, y estoy... estamos en aquella pequeña habitación del Sa Vinha, el hostal de Pepe Mayans en Es Pujols. A esas paredes blancas y al reflejo azul del mar entrando por la ventana. Solo teníamos tres días y habíamos decidido escapar, Rita del bar y yo de la furgoneta y del café... Nos apetecía estar juntos y, sobre todo, solos, por primera vez. Casi todo estaba por descubrir entre nosotros. Nuestros gustos, los defectos. Todo era nuevo y excitante. El Sol, la playa, tu cuerpo, esa sal sobre tu piel y el deseo que florecía en nuestras miradas...

Aquella última tarde la siesta se resistía. Fuera se escuchaban las chicharras y, a lo lejos, las olas rompían contra la playa. Yo me acababa de duchar, intentando mitigar el calor, y al salir del baño con la toalla alrededor de la cintura, allí estabas tú, desnuda y radiante, tumbada boca abajo sobre las sábanas blancas, mordiendo pequeños trocitos del chocolate con sal de las salinas que habíamos comprado esa mañana en el mercado del Pilar. De la Mola...
- ¿Está rico? - te pregunté, mientras me secaba el pelo con la toalla.
- ¡Muy bueno! - me contestaste, sorprendida, girándote un poco y dejándome así, contemplar tu precioso costado. Repasé con la mirada en silencio, la curva de tu hombro, la perfección de tu pecho adornado con ese pezón moreno, erguido  y desafiante, tus caderas y esas interminables piernas. Al llegar a tus pies tu voz me sacó de la ensoñación - si quieres tendrás que darte prisa; es tan fino que, con este calor, se me derrite en los dedos.

Toma - me dijiste, acercándome una pequeña porción.
Y claro que la cogí: pero fueron tus dedos llenos de chocolate mi objetivo. Primero el pequeño trozo, y luego el resto que se había quedado pegado en tu piel por el calor. Extendiendo tu dedo índice y mirándote a los ojos, me dediqué a lamerlo con todo mi entusiasmo. Lentamente, pasé al dedo pulgar y me entretuve entre los otros dedos... consiguiendo llamar tu atención...
- Imagínate - te dije, mientras te ayudaba a darte la vuelta y ponerte boca arriba, cómodamente en la cama - que con el calor que hace... ¿qué sucedería si reparto pequeños trocitos de chocolate por tu todo cuerpo...?.
-No sé... - contestaste con falsa ingenuidad, mientras te acomodabas una almohada - ¿qué crees que pasaría Andrés? - me preguntaste con un mohín, mordiéndote a continuación, el labio inferior...
- Yo creo que si colocamos un trocito aquí, cerca del corazón... Y mientras hablaba cortaba un pequeño trozo que dejé de lado, suavemente, en la cima de tu pecho, apoyado en el pezón que, obediente reaccionó inmediatamente a mi suave caricia - Si te estás quieta no tardará mucho tiempo en derretirse. Entre el calor de tu piel y la calina de mediodía... entonces creo que debería ocuparme de él... - te dije susurrando mientras, mirándote a los ojos, acercaba la punta de mi lengua para lamer tu pezón donde el chocolate había empezado ya, a derretirse...

Recuerdo perfectamente como tu sonrisa me guió para atender el deseo que, urgente, brillaba en tus ojos. Mi lengua hizo que tus pezones reaccionaran inmediatamente. Y fue tu boca y tu propia lengua la que buscó la mía para disfrutar también del sabor del chocolate robado en tu piel.
El calor subió varios grados, cuando se me ocurrió dejar otro trozo cerca de tu ombligo... Recuerdo que ahí se derritió todavía más rápido, y entonces tuve que apurar el último trozo que dejé delicadamente, en la cima de tu monte de Venus. Tu sexo sin vello, suave y tentador, era la superficie perfecta para dejar que el chocolate fuera derritiéndose lentamente, expandiéndose sin pudor. Los juegos, nuestras manos, nuestro sudor, ya habían conseguido elevar la temperatura de tu cuerpo de tal manera que en cuanto la fina lámina de chocolate reposó sobre tu piel, empezó a derretirse. Y claro,... me vi obligado a instalarme cómodamente entre tus piernas. El lugar que siempre había querido adorar de cerca. Fue un placer dedicarme a lamer esa piel tan delicada, a recoger con mi lengua y mis dedos las pequeñas gotas de chocolate que se deslizaban perezosas entre tus labios. Las de tu boca que urgente me reclamaba a veces y las otras que, cada vez más húmedas, eran el termómetro perfecto para medir la temperatura de nuestra pasión.

Lamer, chupar, morder... en esos instantes mi mundo se resumía en atender, dedicado, tus necesidades. Tus urgencias eran mis prioridades. Tu respiración alterada y los movimientos de tus caderas se acentuaban a cada caricia de mi lengua sobre tu sexo, buscando tu clítoris que estaba cada vez más caliente y excitado. Deslizaba mis dedos de abajo arriba, buscándolo, acariciándolo con delicadez para luego introducirlos muy despacio en tu sexo, sacarlos mojados de ti y chuparlos con devoción. No podías resistirlo más y te incorporaste, sentándote en el borde de la cama temblando de excitación. Con la piel brillante de sudor, las piernas abiertas y mi cabeza entre ellas. Yo de rodillas, delante de ti adorándote y devorando el poco chocolate que aún quedaba en tu piel... No me hizo falta mucho más para vencer tus últimas defensas. Y al dejarte caer hacia detrás gimiendo de placer, mientras me estirabas del pelo, declarabas tu incondicional rendición y tus ganas de que no terminara nunca esa tarde...

Y en verdad fue una tarde larga y luego una noche fresca, lo que nos ayudó a reponer fuerzas. Un baño a la luz de luna, una cena romántica y de postre... un recuerdo maravilloso.
El saxo de Ben Webster suena junto al piano de Oscar Peterson en Hannover allá por el año 1972 mientras una racha de aire hace que deje de soñar, agarre con fuerza el volante y me vuelva a concentrar en la carretera. No queda nada para llegar a casa. Una ducha, me cambio de ropa y todavía llegaré a tiempo de recoger a Rita en el bar. Mañana libra y creo que le gustará el sitio donde vamos a cenar. De allí a su casa hay un paso y esta vez me he asegurado de comprar suficiente cantidad de Chocolate con Sal...

(Imaginado con la deliciosa complicidad de @eva_bruixa )


lunes, 22 de julio de 2013

Pequeños placeres cotidianos ( #HistoriasdeBar )

Todas las mañanas aparece por el bar puntualmente a la misma hora. Serio, aseado y formal, con la ropa gastada pero limpia. Apoyado en un bastón, con la carga de los muchos años inclinando su espalda, va directo hacia una pequeña mesa, casi siempre vacía, al final de la barra. No necesito que me diga nada, una mirada es suficiente. Mientras le pongo el café, sus ojos van recorriendo todo el bar buscando el periódico. Si lo encuentra ocupado por algún cliente ocasional, se resigna y espera pacientemente. Pero si es uno de los clientes fijos el que lo tiene en esos momentos hay una regla no escrita dictada por el respeto hacia sus muchas canas, que, en cuanto lo ven buscar con la mirada, les lleva a cederle el turno de lectura a D. Ramón.

-Caramba caballero, no le había visto entrar - miente piadoso Enrique, encargado de las obras del Parking, mientras se levanta y le acerca el periódico. ¿Como estamos?

D. Ramón, agradecido hace un leve gesto con la cabeza, aceptando la invitación y recogiendo su tesoro diario, mientras le contesta:
- Esperando que acabe este dichoso invierno. Este frío, no le hace ningún bien a mis cansados huesos.

Enrique asiente paciente y se vuelve a la mesa. Sabe que ya no verá el periódico esta mañana pero también sabe que el guiño que le he enviado se lo asegura a la hora de comer. Esa es la regla: quien cede el diario a D. Ramón es el siguiente en tenerlo. Mientras voy secando platos después de los almuerzos, me quedo mirando como apura su taza y la lectura, que como él mismo me contó es su única distracción diaria desde que, hace ya varios años, murió su mujer. Tengo entendido que entre las vecinas del edificio donde vive desde siempre, se van turnando para ayudarle a limpiar la casa, lavarle la ropa y atenderlo si se encuentra pachucho.

No es muy hablador, pero alguno de estos días tontos, en los que sin saber porqué la gente se olvida de venir al bar, he tenido la suerte de que me dejara sentarme a su lado y así poder disfrutar los dos. Yo escuchando y el contándome historias. Porque D. Ramón fue, durante mas de treinta años, dueño del único quiosco de los alrededores hasta que abrieron la galería comercial. El ha sido testigo de todos los cambios que se han producido en el Paseo del Olvido. Conoce a todo el mundo y todos lo conocen y respetan. Los mayores de ahora eran los chiquillos que muchos días, cuando no tenían más que para lo estrictamente necesario, sólo podían comerse un caramelo cuando él se los regalaba. Más de uno y mas de dos, han aprendido a leer con él en el quiosco, enseñándoles pacientemente las letras y dejándoles que leyeran gratis los diarios, siempre y cuando no los estropearan. Tebeos, fotonovelas, libros... todos pasaban por el quiosco que, en aquellos tiempos, era el centro de intercambio de cultura de ese pequeño barrio de gente humilde, cuando el centro de la ciudad aún quedaba muy lejos.
Los maestros le pedían los libros de lectura para el colegio y él siempre se las apañaba para conseguir algún ejemplar de más para la biblioteca. En los tiempos difíciles después de la guerra, su trastienda se convirtió en una pequeña librería clandestina. Era el único sitio donde se podía leer a los autores prohibidos y muchos que ahora se las dan de intelectuales, tienen que agradecérselo a su valentía y a su coraje.

Además nunca le faltaba una palabra amable. Siempre sonriente a pesar de ser, junto con Paco el hornero, de los más madrugadores.
- Me gustaba empezar el día leyendo el periódico - me contó - mientras me tomaba el primer café del día. Eran esos momentos de tranquilidad, antes de comenzar la jornada: mi tiempo. Cada día estrenaba un periódico nuevo que venía cargado de noticias, unas buenas, otras no tanto. Pero no solo disfrutaba del diario en si, me encantaba el olor de la tinta fresca, el tacto del papel, el oír crujir las paginas mientras las pasaba despacio, el sabor que se me quedaba pegado a la lengua cuando mojaba los dedos para pasarlas... que tiempos aquellos. Que sensaciones. Ahora viejo, sordo y casi ciego, solo puedo leer los titulares, pero de vez en cuando me llega el olor a tinta fresca, el recuerdo de esos pequeños placeres cotidianos es lo único que nos queda a los viejos.

Sólo faltó a su cita con los periódicos cuando su mujer, cayó enferma.
- No fue mucho tiempo - me dijo bajando la voz, mirando hacia fuera con ojos tristes - toda una vida juntos y en solo tres meses se marchó, y yo me quedé muy solo.
Ese día, fue el único en el que vi una sombra de tristeza pasar por sus ojos. Tan solo acerté a apoyar mi mano sobre la suya, pero él supo agradecerme ese gesto de cariño con una sonrisa.
- Venga D. Ramón, que hoy le invito yo al café, que mañana me voy de vacaciones - le dije levantándome deprisa, con esa falsa alegría que pretende contener las lágrimas.
- Muchas gracias Rita - me contestó sonriendo - esperó que descanses y que te lo pases muy bien - me deseó mientras se levantaba despacio y apoyándose en su bastón, salía del bar. Nos veremos cuando vuelvas.

Hoy termino mis vacaciones pero me he levantado con un mal presentimiento. Al llegar al bar y subir la persiana notaba una opresión rara en el pecho. No he podido resistirme y lo primero que he hecho ha sido abrir el periódico por las páginas de las esquelas. Mi pequeño homenaje a D. Ramón ha sido dejar durante todo el día un café enfriándose en su mesa junto al periódico que, por respeto, nadie se ha atrevido a tocar.


Fotografía vía: Las mil caras de mi ciudad.

jueves, 14 de febrero de 2013

San Valentín ( #HistoriasdeBar )

Hoy es un día señalado en el calendario de ventas de las grandes superficies comerciales. Al pairo de demostrar algo que no debería ser demostrado solo hoy, se empeñan en que hagamos alarde de un amor que más bien, creo yo, debería ser callado y cálido y no un huracán que arrase hoy con todo y luego desaparezca en el horizonte hasta no se sabe cuándo, ¿No sería mejor que fuese una suave brisa que, cada mañana despejase dudas e incertidumbres?, me pregunto.

Pero total, ¿y a mí, que mas me da?, pienso mientras vuelvo a escurrir la bayeta y acabo de limpiar las mesas de la terraza, que la obra de al lado me han puesto hechas un asco. Si es que se me va la pinza de vez en cuando. Cualquiera que me vea desde la otra acera pensará: mira, ya está otra vez de buena mañana y pensando en la mona de pascua, con la bayeta en la mano apoyada en la cadera y mirando al infinito elucubrando sus cosas, en su mundo. Trabajar detrás de una barra es lo que tiene... Aprendes a usar los tiempos muertos, pero a veces filosofas demasiado...

-Buenos días.- a mis espaldas, la voz de Luis, me despierta de mis sueños.
-Hola Luis, buenos días. Pasa, siéntate -le contesto- enseguida te pongo el desayuno.
Las pequeñas rutinas cotidianas se imponen a mis ensoñaciones y la maquinaria consigue ponerse en marcha. Cortado largo de café, una tostada con aceite y tomate, dos azucarillos y el periódico. Todos los días lo mismo desde hace mas de un año. Buena gente este Luis. Puntual, aseado, pero con una mirada que, a veces lo he sorprendido fugazmente, me indica una gran tristeza acumulada.

Sin embargo hoy, hay algo distinto.
-Hueles bien. ¿Has cambiado de colonia? - le pregunto cuando me acerco a llevarle el desayuno.
-Pues si. Que detallista eres. -me contesta con una sonrisa de oreja a oreja. Y entonces lo veo a su lado: un pequeño paquete de color rojo atado con un lazo oscuro y... claro: hoy es San Valentín.
- ¡Un regalo! Gracias chico, es todo un detalle de tu parte acordarte del día de hoy - le comento, bromeando
- Uy, disculpa. No. Yo... - tartamudea, indeciso.
- ¡No hombre, no!. ¡Que era una broma!. Tranquilo. -le contesto rápido, para que no siga apurándose. Ahora - insisto suavemente - como no le guste, ya sabes dónde estoy hasta la hora de las comidas,¿ eh? - y le guiño un ojo, riendo.
- Ja,Ja,Ja... Que bromista eres, me contesta, antes de darle un sorbo a su café, rojo como un tomate.

Una vez que le he gastado la broma, me vuelvo a la barra que ya empieza a entrar la parroquia de habituales. Entre cafés y bocadillos, lo veo como alarga el tiempo del desayuno, mirando el reloj de vez en cuando. Y, de repente, alza la nariz de su tostada y sonríe mirando a la puerta. No puedo dejar de seguir las señales de colorines que envían sus ojos y me sorprendo al ver a María en la puerta que como siempre, entra sin saludar, mirando al suelo. Siempre he pensado que menudo hijo de puta tuvo que ser el cabrón de su marido para dejar hecha una piltrafa a una mujer tan bonita. Desde hace varios meses la María que conocíamos todos cayó en un pozo sin fondo y la mujer enérgica, capaz de llevar ella sola el despacho de pan, la que todos saludábamos y apreciábamos, desapareció tras la sombra de la persona que entraba cada mañana a por su café y últimamente a por su copa. Ya se lo había comentado varias veces. Que era muy temprano para empezar el día con una copa de anís, sin comer nada. Pero ella solo me miraba fijo a los ojos y me enseñaba el billete para pagarme. Sin hablar, no hacía falta. Ella había tomado su decisión y su viaje diario hacia las sombras del olvido se alimentaba de ese licor. Todos la compadecíamos y en alguna ocasión algunos habíamos intentado establecer un dialogo con ella, pero nunca contestaba. Había decidido considerarse un muerto andante y hasta que no quisiera o pudiera salir por su propio pie de ese delirio, no admitiría que nadie la ayudase.O, al menos, eso era lo que creíamos todos en el bar.

Hoy ha vuelto a pedirme lo mismo pero cuando me he girado a buscar la copa, he visto reflejado en el espejo a Luis que se ponía a su lado un paso por detrás, silencioso y discreto. Al girarme me ha dado un escalofrió en la espalda, los he visto a los dos juntos por primera vez. El uno tímido, pero erguido, aseado y esperando a que María levantase la vista del suelo para coger su copa. La otra ausente, con una mano dejada caer sobre la barra, la viva imagen de una mujer derrotada por la vida. Entre los dos estaba el pequeño paquete que Luis había dejado en la barra. Le he puesto el café, pero al dejar la copa sobre la barra y antes de que abriera la botella, Luis la ha cogido y me la ha devuelto, enérgico, seguro.
- Hoy, creo que esto no hace falta.- ha dicho con una voz distinta.

María se ha quedado extrañada al encontrar el vacio del aire donde normalmente estaba su anestésico. Yo creo que no lo ha oído y que , por eso, le ha mirado extrañada. Ni fuerzas para protestar tenia.
- Hoy creo que será mejor que tomes esto - le ha dicho Luis, mientras le acercaba el pequeño regalo.
María se le ha quedado mirando como si no lo hubiera visto en su vida, un extraterrestre que había entrado hasta el fondo de su cueva y le hablaba en un lenguaje desconocido. Mientras procesaba lo que Luis le había dicho, ha mirado el paquete.

- Venga mujer - he dicho yo, para romper el incómodo silencio que se había producido en el bar 
- Ábrelo, que me muero de ganas de saber que es. - la he animado desde mi lado de la barra.


Parecía que el mundo se hubiera detenido. Los escasos clientes madrugadores, todos habituales, estaban pendientes de María. Hasta el molinillo de café ha dejado de hacer ruido esperando que ella regresase del fondo de sus sombras y deshiciese el nudo del paquete. María me ha mirado, y le he descubierto unos preciosos ojos verdes. Si esta mujer se cuidase un poco, he pensado...
Luis, a su lado, esperaba quieto. Lentamente, su mano se ha movido hacia el lazo, tocándolo despacio, con la punta de los dedos, como si no fuese real. Ha mirado a Luis y con los ojos le ha preguntado si, de verdad, el regalo era para ella. El, entendiendo sus miedos y su pregunta, solo ha empujado levemente el regalo hacia su mano. Sin palabras, María ha deshecho el lazo de raso y ha abierto la caja.

Dentro dos hermosas magdalenas de chocolate recién hechas, todavía desprendían el olor dulce del cariño con el que habían sido horneadas. El aroma del chocolate y el azúcar, el brillo de la masa esponjosa... Estaban diciendo cómeme...

-Creo recordar que te gustaban. Te vi comerlas más de una vez en el horno - le ha dicho Luis bajito, rompiendo el hechizo. Y me parece que es mejor empezar el día comiéndote una, o las dos si te apetecen, que con una copa de anís. ¿No crees?
María ha tardado una eternidad en reaccionar. Al final ha cogido una y la ha pellizcado para llevarse un trozo pequeño a la boca. Pero la cara le ha cambiado en cuanto la ha probado.
- Las has hecho tu? Le ha preguntado a Luis, sonriendo entre migas...
- Si, esta misma mañana.-le ha contestado él sonriendo de oreja a oreja.
-Están muy ricas. Te han quedado buenísimas - le ha dicho ella, sin poder parar de comer.
- Me alegro mucho de que te gusten.

Y, como suele decirse: un ángel ha pasado por encima de todos nosotros. Si pudiera describir la escena: veríamos a María con la boca llena de magdalena sin poder parar de darle pequeños pellizcos y llevándoselos a la boca con avaricia. Como una niña celosa de que se acabe algo tan rico. Como alguien que ha redescubierto un placer olvidado. Luis mirando como ella se la comía, sonriendo feliz. Los dos descubriéndose con miradas que perdieron, cada uno en su pasado.
-Bueno -he dicho yo, rompiendo el hechizo- se me disuelva la manifestación. Poneros en la mesa que se me va a llenar la barra - les he dicho sonriendo.
Luis ha cogido el café con una mano y el codo de María delicadamente con la otra. Ella agarrada a su regalo se ha dejado llevar hacia la mesa. Antes de sentarse, Luis ha vuelto a la barra y devolviéndome el periódico me ha dicho:
-Creo que hoy ya no lo voy a necesitar.

Una preciosa sonrisa se ha dibujado en su cara cuando le he guiñado el ojo, antes de coger la bayeta, limpiar la barra de migas de magdalena y pensar para mis adentros:
-¡Joder! Se me ha metido algo en este ojo... Cachis... Ya no lo recordaba, pero hay días que me encanta este trabajo.


Imagen tomada del Blog: Alma de Azúcar.