Fue como una liberación. Me vi reflejado en sus pupilas mientras me
acercaba desde arriba y le sostenía la mirada. Mi mano izquierda en su
nuca, acariciando su pelo corto y mientras mis labios se juntaban con
los suyos, en ese instante, entendí su abandono. Cuanto tiempo habíamos
estado esperando este mismo momento, pero no había podido ser, hasta
hoy.
Esa sensación. La de abrir una puerta que ya no tendríamos forma de
cerrar. Dejarse llevar, sumergirse dulcemente en el vértigo de los
besos, en el aleteo de las manos que se buscan, de los ojos que se
encuentran. El destino nos había vuelto a encontrar. Y los dos, viejos jugadores,
sabíamos que ese instante no tenía precio porque lo más probable es que
no se volvería a producir jamás.
Cinco minutos después, sus ojos me seguían buscando entre la fila de
pasajeros de la sala de embarque. Sabía que me estaba siguiendo con la
mirada, pero no podía volver la vista atrás. Ella todavía tendría que
esperar una hora más a su avión. Los dos, volveríamos a estar separados otra vez. Quizá para siempre. Quizá no.
Solo fueron cinco minutos, pero los tengo gravados a fuego en mi
memoria. Y cada vez que paso por esa terminal, recuerdo el rincón, en el
que durante cinco minutos, pudimos ser felices.
No hay comentarios:
Publicar un comentario